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Seis años después de la invasión a Irak, Obama confirmó la fecha exacta del éxodo

En noviembre de 2008, tras la victoria de Barack Obama, circuló en algunas ciudades de los Estados Unidos una desconcertante edición de The New York Times que anunciaba el final de la guerra contra Irak, el procesamiento de George W. Bush por alta traición, la clausura de Guantánamo y la creación de un modelo económico saludable. La mayoría hubiera querido que fuera cierto. La portada tenía una pequeña inexactitud: estaba fechada el 4 de julio de 2009, día de la independencia. Por un año y unos días no acertaron las organizaciones no gubernamentales que sufragaron esa réplica casi perfecta del diario en la fecha fijada para el comienzo del retiro de las tropas de Irak: el 31 de agosto de 2010.

No eran “todas las noticias que merecen ser impresas”, como reza el diario, sino “todas las noticias que deseamos imprimir”. El Times auténtico publicó al mes siguiente la primera historia oficial sobre la reconstrucción de Irak: describía los planes inútiles, los despilfarros colosales, las rivalidades burocráticas y las múltiples mentiras que precipitaron el fracaso, valuado en 100.000 millones de dólares. Era el resultado de 600 auditorías y 500 entrevistas realizadas por el inspector del área, Stuart Bowen, abogado republicano designado por Bush. Por ignorancia sobre la sociedad, acosada por la violencia, mucho dinero se evaporó en poder de políticos iraquíes inescrupulosos. La mayoría hubiera querido que no fuera cierto.

Los gobiernos de Bush y Nuri al-Maliki acordaron en noviembre una fecha para el éxodo de Irak de las tropas norteamericanas: el 31 de diciembre de 2011. Obama no hizo más que confirmarla, pero, a su vez, en el discurso sobre política militar ofrecido en Camp Lejeune, Carolina del Norte, ratificó algo aún más importante: sus convicciones. En 2003, en Chicago, señaló en un mitin contra la guerra que la decisión del entonces presidente entrañaba serios riesgos: «Una invasión sin bases claras y sin un consenso internacional amplio empeorará el conflicto de Medio Oriente, hará que el mundo árabe se deje llevar por sus peores instintos y reforzará la capacidad de Al-Qaeda de captar reclutas». Sus presagios se cumplieron.

El informe de Bowen, titulado Duras lecciones: la experiencia de la reconstrucción de Irak, concluía con un corolario acaso más humillante que el par de zapatos lanzado contra Bush en su última visita a Bagdad: «Gastábamos tanto dinero como podíamos y, en cambio, recibíamos tan poco como la gente podía darnos». No era una reflexión personal, sino una cita de la novela Grandes Esperanzas, de Charles Dickens. Todo resultó ser una farsa: el Pentágono exageró el progreso del país para disimular sus deficiencias en la capacitación de las fuerzas de seguridad iraquíes. Los Estados Unidos, según el ex virrey Paul Bremer, no podían abordar una empresa de la magnitud requerida, la mayor desde el Plan Marshall.

Por haber insistido en la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar la invasión y tumbar a Saddam Hussein, Bush tuvo una pésima relación con la inteligencia norteamericana. La guerra, advertían sus informes, engendró una nueva generación de terroristas islámicos y aumentó las amenazas contra los Estados Unidos tras la voladura de las Torres Gemelas.

En tiempos bélicos, decía Winston Churchill, la verdad era tan preciosa que debía estar rodeada de guardaespaldas de mentiras. Cada año, desde 2002, las previsiones agoreras de los espías diferían de la visión optimista de Bush sobre la situación en Irak. El dinero invertido no cubría los daños y los saqueos provocados por la invasión; el dinero fresco, según Bowen, «se dividía en un sistema de reparto controlado por políticos locales y jefes tribales» con carácter mafioso. Un concejal llegó a convertirse en “el Tony Soprano del barrio”: usaban a su contratista o no se hacía el trabajo. Era sólo un ejemplo de la corrupción generalizada.

El retiro de las tropas dispuesto por Obama alivia a los norteamericanos, más empeñados en superar la crisis económica que en derrotar al régimen talibán en Afganistán, pero deshonra la memoria de los miles de muertos en una guerra que nunca creyó decisiva en la lucha contra el terrorismo. Hillary Clinton, su secretaria de Estado, votó por ella en el Senado. Al-Qaeda no tenía una sucursal en Irak antes del derrocamiento de Hussein. Un país hecho trizas, con comunidades enfrentadas, atentados frecuentes, infiltración terrorista y petróleo en baja, no puede ser más que un Estado fallido si no recibe ayuda externa para recomponerse y no aplica un estricto control de esos fondos para evitar desvíos poco claros.

La crisis, por la cual los Estados Unidos invierten sumas fabulosas en resarcirse a sí mismos, pudo ser oportuna para poner las barbas en remojo. En la presentación del presupuesto para 2010, Obama dejó ver su pragmatismo: «Como ocurre en una familia, hay veces en las que puedes permitirte decorar la casa y hay veces en las que tienes que reconstruir los cimientos. Hoy tenemos que centrarnos en nuestros cimientos”. El gasto militar previsto, 130.000 millones de dólares, supone un ocho por ciento menos que en el ejercicio anterior.

El Times auténtico precisó ahora el final a plazo fijo de la guerra contra Irak. Aquel amplio consenso internacional que reclamaba Obama para la invasión es imprescindible para el desenlace. Si no, más allá de haber tomado la decisión correcta, más de siete años de ocupación habrán sido iguales que los desfalcos cometidos por los banqueros de Wall Street: meros errores del pasado que no pueden hipotecar un futuro venturoso, como el reflejado en el diario del 4 de julio de 2009.



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