Casa tomada




Con su desproporcionada réplica a Georgia, Rusia fijó el límite de Occidente

Poco antes del crepúsculo del siglo XIX, el zar Alejandro III vislumbró el amanecer del siglo XXI: “Rusia sólo tiene dos aliados verdaderos: su armada y su ejército”. En uno de ellos, el ejército, confió Vladimir Putin para desbaratar el plan del presidente de Georgia, Mikhail Saakashvili, de poner el pie en la provincia de Osetia del Sur, protegida por las fuerzas rusas desde 1992. Un año antes, en medio del colapso de la Unión Soviética, Georgia había declarado la independencia. El ahora primer ministro, sin las facultades presidenciales con las cuales reprimió durante su gestión a los rebeldes chechenos, no obró como el antecesor del actual mandatario, Dimitri Medvedev, sino como su jefe. O, acaso, como el zar.

Osetia del Sur y Abjasia, otra provincia clave por la energía que recorre sus entrañas, gozan de una independencia de facto, no reconocida por Georgia. Desde la independencia de Kosovo, en los Balcanes, alentada por la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos, ambas regiones del sur del Cáucaso reciben apoyo político y financiero de Rusia, de modo de preservarlas en su patrimonio. Como presidente, antes, y como primer ministro, ahora, Putin nunca ocultó su interés en restaurar el poder estatal y redimir el orgullo ruso, dañado por el bochornoso final del imperio soviético.

El problema son los modales. Rusia aplica fórmulas del siglo XIX en el siglo XXI. La otra parte, Georgia, también. Un saldo impreciso de muertos y desplazados en menos de una semana debieron figurar en primer término en el presupuesto, más allá de la necesidad de Saakashvili, cercano a la UE y los Estados Unidos, de dar un golpe de efecto, o soltar un globo de ensayo, el día de la inauguración de los Juegos Olímpicos en Pekín, donde Putin y George W. Bush trazaron el límite entre Rusia y Occidente. Uno, disparado como un misil hacia la zona del conflicto, y el otro, partidario del agresor al igual que la UE, pudieron haber evitado esta guerra.

Rusia y Georgia se pasaron de la raya. Saakashvili, con tropas comprometidas en Irak por las cuales recibió la bendición de Bush para incorporarse a la alianza atlántica (OTAN), cometió un error de cálculo deliberado. Putin, enfrentado con la UE por ese motivo y con los Estados Unidos por su afán de instalar el escudo antimisiles en países que pertenecieron a los dominios de Rusia, como Polonia y la República Checa, se dejó llevar por la paranoia y respondió en forma exagerada. Tan exagerada que no pareció actuar en defensa de sus protegidos, Osetia del Sur y Abjasia, sino, con demora, en respuesta a la independencia de Georgia.

Cada bando tendrá su visión de la guerra. Georgia dirá que reaccionó ante las provocaciones de los separatistas de Osetia del Sur, sostenidos por Rusia. Y Rusia dirá que reaccionó ante las provocaciones de Georgia, sostenida por la UE y los Estados Unidos, pero, en su caso, vulneró la Carta de las Naciones Unidas y los principios de cooperación y seguridad de Europa.

En el fondo, Rusia afirma su nacionalismo en el escudo de armas zarista, un águila de dos cabezas. Una cabeza fomenta el separatismo en Osetia del Sur y Abjasia; la otra lo aplasta en Chechenia. De igual modo se comporta con la autodeterminación: la apadrina en las dos regiones en conflicto; la aborrece en Kosovo, donde defendió hasta las últimas consecuencias al difunto presidente serbio Slobodan Milosevic.

Como en Casa tomada, el cuento de Cortázar, Putin teme que los intrusos se apropien de las habitaciones que pertenecieron a Rusia. Nada peor para él que la presión de la UE y los Estados Unidos sobre una ex república soviética como Georgia, que actúa a su aire y pone en riesgo las ricas reservas de gas y petróleo de la región.

Mientras el presidente Medvedev disfrutaba de sus vacaciones en el Volga, Putin tuvo la oportunidad de mostrarse hacia adentro y hacia afuera como el poder real, momentáneamente cedido, en apariencia, a su inexperto delfín. Resolvió el asunto como la crisis chechena: a sangre y fuego, amparado en la posibilidad de sortear sanciones por el veto de Rusia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Quedó claro: fijó un límite preciso a la ampliación de la OTAN y la UE, y a la incumbencia de los Estados Unidos.

En esas latitudes, la inestabilidad, la corrupción y la desigualdad, así como la falta de partidos políticos consolidados, azotan a otros consentidos de la UE: Polonia, la República Checa, Rumania, Lituania y Hungría. Sus ciudadanos, según Gallup, están menos satisfechos con la democracia que los latinoamericanos.

Putin se ve a sí mismo como un modernizador que echa mano, por momentos, de la dictadura de la ley, versión Stalin, y, por momentos, de las reformas capitalistas, versión Yeltsin. Eso tiene que ver con la historia. Hasta 1914, la mayor parte de Europa central, oriental y sudoriental no estaba formada por Estados nacionales, sino por imperios: el de los Romanov, el de los Habsburgo y el otomano. Eran multinacionales, pero tenían numerosos grupos étnicos que conformaban sociedades agrícolas.

Alejandro III era “el zar de los campesinos”. Nunca toleró una opinión contraria. Ni una agresión. Esta vez, la injustificada decisión de Georgia desencadenó la reacción desproporcionado de Putin, cual tributo al pasado de gloria. Las raíces étnicas y nacionalistas no dejaron de ser fuertes, así como el carácter, a pesar de los sucesivos cambios que sufrió esa porción del planeta desde la conversión de los imperios tras la Primera Guerra Mundial. Tampoco dejaron de ser fuertes la armada y el ejército, los verdaderos aliados en los cuales, desde el siglo XIX y aún antes, Rusia puede confiar.



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