La guerra es la paz




Como si de una pesadilla orwelliana se tratara, el Ministerio de Defensa británico prevé más restricciones a la libertad

Tres décadas después, en este tórrido otoño austral del año 2037, todo el mundo advierte que la maldición del Gran Hermano cayó como un rayo sobre nuestras cabezas. En aquel tiempo, bajo el yugo de Irak, el desafío de Irán y la rutina del terrorismo, la sensación de bienestar no estaba asegurada. Tambaleaba la libertad y, con ella, la democracia. La Europol concluía que la violencia iba a continuar acechando a Europa: en un año, 2006, había contado 498 atentados en su territorio. Titilaba la luz roja. La paz corría peligro. Y el calentamiento global, la otra gran amenaza, era incorporado por primera vez en la agenda del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La furia climática, tan azarosa como la islámica y la separatista, insinuaba sequías, hambrunas y desplazados. Insinuaba, a su vez, temperaturas infernales, incendios forestales, lluvias torrenciales y, curiosamente, sed. Mucha sed. Era el presagio de lo peor, aprovechado como tantas causas nobles por partidos y fundaciones en su afán de ganar adhesiones y recaudar fondos. En 1997, los países más ricos, excepto los Estados Unidos, habían acordado reducir la emisión de gases. En 2005, cuando debió entrar en vigor aquel manojo de buenas intenciones llamado Protocolo de Kyoto, era necesario barajar y dar de nuevo, o volver a empezar con Adán y Eva, para recomponer el hábitat.

En 2007, durante una primavera boreal menos calurosa que este otoño austral, un informe del gobierno británico presagiaba aquello que, tres décadas después, sorprende menos que los chips que llevamos implantados en el cerebro, considerados entonces una locura. Presagiaba el informe la conversión de Irán en una democracia liberal, la pelea de China contra los musulmanes, la proliferación de los ataques terroristas, el incremento de las migraciones, el lanzamiento de naves no pilotadas, la militarización del espacio y, por la bomba de neutrones, el desarrollo de armas electromagnéticas.

El futuro era hoy. O su prolongación. En el país del Gran Hermano, la casa del escritor George Orwell, su creador, tenía más de 30 cámaras ocultas que fisgoneaban sus inmediaciones. En ese país, uno de los pioneros en espiar vidas ajenas, había entonces, hace tres décadas, cámaras camufladas en latas de porotos y en ladrillos viejos para pescar in fraganti a quien osara infringir las normas del vertido de basura.

Sólo en Londres, el promedio era de una cámara cada 15 personas; en 300 ocasiones podía ser captado un individuo en un solo día. Lo cual no garantizaba la estabilidad matrimonial ni la seguridad urbana, como quedó en evidencia en los atentados terroristas de 2005. Las cámaras, primero mudas, se volvieron parlantes y, desde entonces, controlan el movimiento de la gente.

En ese país, el informe en cuestión, preparado por el Centro de Desarrollo, Conceptos y Doctrina del Ministerio de Defensa, procuraba fijar la mirada en nuestro tiempo, de modo de no verse en apuros por los cambios que iban a surgir de la globalización y de otros fenómenos en un mundo que, en este lapso, fomentó más su faz multilateral que la unipolar. Los Estados Unidos, no obstante ello, preservaron el liderazgo, más repartido ahora con China y la India. El contexto estratégico era previsible en tanto y en cuanto ningún demente, que los había y muchos, quisiera interrumpir la colección de almanaques Pirelli.

Según el informe, base de las decisiones posteriores del gobierno británico y de otros, la economía china se aprestaba a superar a la norteamericana. La clase media, resistente como las vías del ferrocarril, iba a ejecutar el papel del proletariado a la usanza de la doctrina marxista frente a la brecha nunca menguante entre ricos y pobres.

Era la única capaz de ser revolucionaria en un mundo que, desde 2010, alberga más gente en la ciudad que en el campo y que en apenas 13 años, desde 2050, tendrá más ancianos que niños. Sobre todo, en Europa. El mayor crecimiento de la población se produjo en Medio Oriente, más del doble que en 2007, y en el África subsahariana, así como en otras regiones subdesarrolladas.

En estos años, conectados como estamos por medio de chips, no mejoró la comunicación entre nosotros mismos. Es una batalla perdida desde antes de la irrupción de los teléfonos móviles y de la primera Internet: en los albores del siglo XX, nadie escuchaba a nadie y, por ello, nadie calzaba los zapatos de nadie. La cultura de la telepatía sintética, por la cual nos hablamos sin mover los labios ni las manos, poco y nada contribuyó a superar un déficit que, después de tanto machacar, pasó a ser parte de la condición humana.

De ella, como decía el informe, comenzaron a valerse los gobiernos, por un lado, y los terroristas, por el otro, para movilizar multitudes (flashmobs, según el léxico militar británico). Periodistas para registrarlo quedaron pocos a raíz de la aparición de ciudadanos con acceso a la última tecnología que ocuparon sus espacios y, más allá del rigor y de la deontología del oficio, ganaron primacía por la posibilidad de obtener primicias de los lugares en los que se producían los hechos.

Pocos, entonces, chequean la veracidad de las informaciones que van y vienen de chip en chip. El sueño de algunos presidentes latinoamericanos pretéritos se hizo realidad. En aquellos tiempos, la línea divisoria entre la noticia y el entretenimiento comenzaba a difuminarse. Tanto nos reímos que, finalmente, los presentadores graciosos de la antigua televisión desplazaron a los presentadores formados. El tiro nos salió por la culata y, en verdad, no costó mucho.

En estas tres décadas, las nuevas tecnologías abarataron las armas. Las de neutrones son las más cuestionadas por su capacidad de emprender limpiezas étnicas sin daños colaterales de edificios, calles y puentes, y por su capacidad de destruir los sistemas de comunicaciones en un área determinada. Lo vaticinaba, también, el informe del gobierno británico, confiado en que la población iraní, tan joven en los tiempos del presidente nuclear Mahmoud Ahmadinejad como la venezolana en los tiempos del presidente bolivariano Hugo Chávez, iba a pavimentar el camino del país hacia la diversidad en desmedro del régimen ortodoxo de los ayatollahs.

En tres décadas, todo atentó contra la libertad y la privacidad en beneficio de la seguridad. Malas noticias para los sindicatos: trabajamos más, pero tenemos menos empleo. Y no ganan los mejores, sino los más rápidos. Los más rápidos en asimilar los cambios mientras promedia esta guerra permanente que, en el newspeak (neolengua) del Gran Hermano, es la paz.

¿De no creer? Somos una especie en movimiento, pero Confucio enseñaba en China que la gente que viajaba era conflictiva, falsa, inquieta y proclive a las conjuras. En el mundo todo, pocos admitieron en un primer momento que un cigarro con alas pudiera volar. En el país de Orwell, el London Times inculcó a sus lectores que un nuevo instrumento llamado teléfono era otro ejemplo del disparate norteamericano.

En la primavera boreal de 2007, el informe prospectivo del gobierno británico nació y murió en ingrata coincidencia con atentados terroristas en Marruecos y Argelia, bajo las narices de Europa. Tres décadas después, en este sofocante otoño austral de 2037, sabemos más, pero creemos menos. Y yo, con estos pelos (implantados a precio promocional con el chip).



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