La teoría de los radicales libres




En medio de la crisis por el secuestro de un soldado, Israel quedó aún más involucrado en la interna palestina

En discusión estaba el Documento de los Presos. Cuatro semanas antes del secuestro del soldado israelí Guilad Shalid, el presidente Mahmoud Abbas y el primer ministro Ismail Haniyeh, enfrentados entre sí, debatían desde sus respectivas trincheras la demorada creación de un Estado palestino que tuviera las fronteras previas a la guerra de 1967. Si Hamas aceptaba esa premisa, reconocía en forma implícita al Estado de Israel. En forma implícita e indirecta, y sin convicción alguna, el nuevo poder palestino iba a afirmar aquello que siempre negó: la existencia del otro.

El otro, empero, acechaba con tanques, tropas y blindados en la Franja de Gaza, desalojada en agosto de 2005 como primera fase del plan unilateral de desconexión, o de devolución de territorios, que inauguró Ariel Sharon y abrazó su sucesor, Ehud Olmert. Era la señal más clara de que no iba a dejar a su merced al soldado Shalib ni iba a dejar impunes las muertes de dos de sus compañeros en el mismo ataque.

Era, también, la señal más clara de que tanto él como su ministro de Defensa, Amir Peretz, y su canciller, Tzipi Livni, necesitaban rubricar un mensaje: Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), era el responsable de la suerte de Shalib, pero Hamas, o su facción armada, era el culpable de todo y, sin embargo, era la única vía para hallar una solución menos drástica que el uso de la fuerza y la detención de ministros y diputados.

La Jihald Islámica, tan renuente a aceptar la existencia de Israel como Hamas, rechazó el Documento de los Presos. El gobierno de Abbas se había apresurado a celebrarlo con optimismo excesivo. Tan excesivo que llegó a llamarlo acuerdo nacional. ¿Lo era? Era, más que todo, un consenso fingido, de modo de mostrar un presunto gobierno de unidad y, sobre todo, de recuperar la ayuda económica internacional.

Con el Documento de los Presos, impulsado desde la cárcel israelí de Hadarim por Maruan Barghuti, militante de Al-Fatah como Abbas, no había consenso, sino negociación. Y la negociación no prosperó. Como no prosperó, al menos inmediatamente, la teoría de los radicales libres: esa que dicta que la participación en elecciones de grupos no comprometidos con la democracia y la paz obliga a sus dirigentes a ser moderados si pretenden obtener más votos.

Ely Karmon, experto en terrorismo del Centro Interdisciplinario de Herzliya, de Israel, salió desencantado del cine: había visto Munich, de Steven Spielberg. No le gustó nada, confesó. Nada de nada: en la película, me dijo, parece que las muertes de inocentes son errores de los israelíes en lugar blancos de los terroristas.

En Israel, la extensa vigilia por el coma profundo de Sharon derivó en una súbita confianza en su última creación: Kadima, alianza de conservadores y laboristas que ganó las elecciones y apuntaló a Olmert. En Palestina, a su vez, Hamas ganó las elecciones: no por el rechazo a los virtuales acuerdos de paz, sino por la corrupción de la ANP, según Gavri Bargil, secretario general del Movimiento Kibutziano de Israel.

En un papelito, acompañado por el representante de Meretz en la Argentina, Moshé Rozén, y por el  director del periódico Nueva Sión, Guillermo Lipis, garabateó Bargil: donde se presentaban cuatro candidatos por Al-Fatah y uno por Hamas, ¿cuál ganaba? Ganaba el candidato por Hamas. ¿Ganaba el rechazo a la corrupción, latente desde los tiempos de Yasser Arafat, o el rechazo a la existencia de Israel? Ganaba la urgencia, más que la ideología.

La ideología, no obstante ello, chocó con la urgencia. Y chocó con las divisiones de Hamas: en especial, entre aquellos que concilian el nacionalismo con la creación de un nuevo Estado, como Haniyeh, y aquellos que pretenden construir una sociedad islámica de coraza dura con el respaldo de Irán, como Khaled Meshal, líder de esa fracción exiliado en Damasco.

En ello terminó terciando el gobierno de Olmert. Aún más, quizá, que en las diferencias entre Abbas y Haniyeh. Entre ambos no tuvo opción: se inclinó por el presidente palestino. Y el presidente palestino, en lugar de ser su socio, se ganó el mote de títere. Tanto respaldo fue contraproducente para él: Hamas, no Al-Fatah, secuestró al soldado Shalib. ¿Responsabilidad de Abbas? Desde luego, pero en Palestina, conociendo el paño, ningún acto de esa naturaleza es consecuencia de una decisión individual.

En su libroCoalitions between Terrorist Organizations: Revolutionaries, Nationalists, and Islamists (Choques entre organizaciones terroristas: revolucionarios, nacionalistas e islámicos), Karmon plantea tres actores recurrentes en cuestiones vinculadas con atentados terroristas: un Estado nacional, una organización intermedia y un grupo local. Como una organización intermedia, más allá de que sea un partido político, identifica a Hamas desde el momento en que, al igual que Al-Fatah, preserva su fuerza de choque con un núcleo armado, entrenado y militante.

            En círculos diplomáticos de los Estados Unidos y de Gran Bretaña hubo una mirada conciliadora, o esperanzada, hacia Hamas apenas ganó las elecciones de enero. Vislumbraron la posibilidad de que, como uno de los radicales libres, fuera convirtiéndose, a largo plazo, en una expresión de justicia, reforma democrática, responsabilidad y transparencia en la política palestina.

Evaluaron: ¿deberíamos considerarlos socios? Era un poco apresurado: en su carta fundacional, nunca modificada, Hamas sostiene que Israel crecerá y existirá hasta que el islam lo elimine como a sus predecesores. En su momento, Arafat comulgaba con idénticas ideas.

Luego, en los noventa, aceptó la existencia del otro, pero, al mismo tiempo, toleró el rechazo de Haniyeh y compañía al proceso de paz en tanto no dinamitaran los acuerdos de Oslo y no terciaran en la política doméstica de la ANP.

Un año y medio después de su muerte, el Documento de los Presos cayó en la misma incertidumbre que siempre reinó en Palestina, secuestrada a sí misma por la miseria, el desamparo, la corrupción y los tiros por elevación contra sus contradicciones. Y las ajenas. En ellas, todos quedaron presos de los radicales libres.



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