Una voz en el teléfono




Blanco de una broma, Morales se alegró de haber hablado con Zapatero, defensor de aquello que criticó en la campaña

LA PAZ.– Si Evo Morales estuviera tan comprometido con la causa de Túpac Catari, aquel cacique que se sublevó contra los españoles, sitió la ciudad de La Paz durante 109 días y murió en noviembre de 1781 descuartizado por cuatro caballos que jalaban en direcciones opuestas, ¿se habría sentido feliz de haber recibido un llamado telefónico del presidente del imperio pretérito, José Luis Rodríguez Zapatero, y habría pregonado a los cuatro vientos que iba a ir a Madrid más temprano que tarde?

No sabía que era una broma. Su cara denotaba alegría. La misma, tal vez, que Néstor Kirchner después haber hablado en sus primeros meses de gestión, también por teléfono, con George W. Bush; con el real, en su caso, portador de aliento ante la negociación inminente de la deuda externa con el Fondo Monetario Internacional. O la misma, tal vez, que Hugo Chávez y Fidel Castro, convencidos, primero uno, después el otro, de que dialogaban entre sí, no con un impostor del programa El Vacilón de la Mañana, de una emisora de música salsa de Miami.

Morales cayó en la trampa tendida por la radio española Cope, propiedad de la Iglesia Católica. Cayó en la trampa tendida por un imitador de Zapatero y, también, cayó en la trampa tendida por los destellos de su abrumadora e histórica victoria en las elecciones de Bolivia. No fue blanco del periodismo, aclaro, sino del humorismo. Lo cual dejó mucha tela para cortar sobre la ética y demás.

En el diálogo con el presunto Zapatero, empero, reveló que el secretario de Estado para Asuntos Exteriores de España, Bernardino León, estaba pendiente de su triunfo en las elecciones y que, de concretarse, iba a hacer lo posible para doblar la ayuda económica que su país presta a Bolivia. Sobre una mesa despoblada, mientras tanto, Morales trazaba ante la prensa internacional su perfil ideológico, más identificado con la causa de Túpac Catari que con los dividendos de Repsol.

¿Dónde había quedado la dinamita de la campaña, diseminada contra las compañías extranjeras que explotaban los recursos naturales y hambreaban a su pueblo? ¿Y el nacionalismo, tan arraigado en su discurso que había sembrado un tendal de dudas sobre la seguridad jurídica por su decisión de revocar los contratos firmados por los gobiernos anteriores? ¿Y el compromiso con sus hermanos aymaras, quechuas y de otras etnias, ansiosos, como la Central Obrera Boliviana (COB), de cobrar los cheques por los servicios prestados en las elecciones antes de que su firma estuviera registrada en el Palacio Quemado?

Por una broma de mal gusto, más que por inexperiencia, ingenuidad o apuro, Morales dejó al descubierto que las incógnitas sobre el futuro de las compañías españolas radicadas en Bolivia no eran más que leyendas de campaña y que el gobierno de Zapatero estaba al tanto del juego, tan usual en una instancia crítica como las elecciones, de dejarse golpear para permitir que el otro capitalice votos.

Después, si el resultado bendecía sus aspiraciones, León iba a terciar para doblar la apuesta en el país más pobre de América del Sur, consecuente, en realidad, con los negocios que hizo su gobierno con el principal sostén de Morales en la región, el presidente bolivariano Hugo Chávez. Con él pactó la mayor venta de equipos militares en la historia de la democracia española.

¿Por qué, entonces, Morales fue tan descortés con su rival, el ex presidente Jorge Tuto Quiroga, al cual omitió en la lista de agradecimientos después de haber recibido felicitaciones de él en su aceptación de la derrota, y se ufanó del llamado telefónico del presunto Zapatero, supuestamente más dañino para los intereses del país y de su gente que el otro, boliviano al fin?

Kirchner se apresuró a felicitarlo antes de que se conociera el resultado de las elecciones, Lula le envió prudentes saludos por medio de su asesor Marco Aurelio García (presente en todas las crisis desde la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada), Fidel Castro se frotó las manos y Chávez celebró su victoria como si fuera propia. Era coherente, pues, que Zapatero, aliado de todos ellos, hiciera teclear su número de teléfono para invitarlo a España, más por oposición a Bush, como convino Morales con el impostor durante el diálogo radial, que por adhesión a la rebelión de indígenas y campesinos, despojados de sus tierras y sometidos desde la conquista.

Después de haber aclarado su posición sobre la Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en términos más razonables que el rechazo que recibió en la IV Cumbre de las Américas, Lula quiso preservarse. O salvar su imagen: dejó que García, su emisario, coronara con flores el triunfo de Morales en lugar de llamarlo por teléfono, como el presunto Zapatero.

En la campaña, durísimo contra Bush y los Estados Unidos, Morales clausuraba sus discursos con una consigna: «¡Kausachun coca, wanyachun yanki! (¡Que viva la coca, que mueran los yanquis!)”. ¿Era sólo el grito de los oprimidos? La hoja de coca, arraigada a la cultura del Altiplano, no es cocaína, desde luego. Y Bolivia tampoco es culpable del consumo de la droga en el exterior ni de las magras ofertas que recibió de los Estados Unidos por la sustitución de cultivos, emprendida hasta por la fuerza, pero, como presidente electo, no ignora su incidencia en ese mercado. Ni el as en la manga que representa si de negociar se trata.

En Bolivia, Morales demostró que era lo nuevo y Quiroga, a pesar de ser tan joven como él, demostró que era lo viejo. El blanco que, en un universo indígena curiosamente no cruzado con colonizadores españoles que iban sin mujeres a diferencia de los padres fundadores de los Estados Unidos, creía que con espejitos de colores iba a preservar el mito de la superioridad. O, acaso, del miedo al cambio. No resultó, agotada su imagen, después haber sido presidente por un rato a causa de la enfermedad que provocó la muerte de Hugo Bánzer, y agotada, asimismo, la imagen de los partidos políticos tradicionales que nutrieron sus filas.

¿Primó la identificación de cada uno de ellos con Chávez y Bush, respectivamente, o la competencia entre Petrobras, Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y Repsol, entre otras compañías, sobre una tierra arrasada con un sótano rico en reservas energéticas?

La política tiene esas cosas. Endiosa y desencanta al mismo tiempo. Hace creer que dos más dos es tres hasta vivar el tres y negar el cuatro. Hasta vivarlo con el entusiasmo de la masa, siempre dispuesta a creer, como todos, que hay algo mejor. Que los pobres vivirán con dignidad, que los analfabetos sabrán leer y escribir, y que la corrupción dejará de estropearnos los mejores sueños.

La broma, recurso reñido con el buen periodismo, dejó entrever, sin embargo, que la resistencia de Túpac Catari poco y nada tenía que ver con Morales. Y que la sublevación no era su fuerte, sino su excusa. O la arenga de una campaña de hacha y tiza con desenlace heroico en la cual los mejores sueños derivaron, de pronto, en las peores presiones por el pago de los servicios prestados y el peso de las palabras empeñadas. Empañadas, quizá.



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