En el alma sólo tengo soledad




De Salamanca a Mar del Plata, no pocos presidentes están abrumados por el exceso de tiempo que pasan en el exterior

En el fondo, todo presidente está solo y espera. Espera, siempre, una retribución por su labor. Un premio. En apariencia, un premio más claro en democracias consolidadas: que su obra figure en los libros de historia y que su vida útil no termine al final de la gestión. En apariencia, también, un premio menos claro en democracias no consolidadas: que su obra figure en los libros contables y que su vida útil tampoco termine al final de la gestión. Que la gestión nunca termine, en realidad.

¿Por qué, si no, algunos presidentes latinoamericanos, mimados por altos índices de adhesión,  cambian de pronto las reglas de juego, de modo de reincidir con un segundo o tercer mandato no previsto inicialmente? Porque se sienten imprescindibles, tal vez. ¿Lo son? Hasta Alberto Fujimori, símbolo de una era de corrupción, mentiras y videos en Perú, amenazó con un pronto retorno. No al país, del cual huyó  a Japón, sino a la Casa de Pizarro, de la cual renunció por fax.

En sus tiempos, Fujimori se ufanaba de su mote: Chinochet. Le faltaron siete años para igualar los 17 que cumplió Pinochet en el Palacio de La Moneda, por más que, a diferencia de él, haya sido elegido en forma democrática. En una década, de 1990 a 2000, Fujimori, alias Chinochet, no pudo concluir su presunta obra. ¿Quién pudo? Al final de períodos de cuatro, cinco o seis años, con reelección o sin ella, la mayoría de los presidentes latinoamericanos siente que no tiene repuesto o que tiene que ser repuesto. Que se debe a su pueblo o, incluso, que su pueblo se debe a él.

Raúl Alfonsín salió precipitadamente de la Casa Rosada el día que asumió Carlos Menem: tenía cara de haberse olvidado las llaves dentro, observé mientras, como cronista, caminaba con él. En la puerta estaba Daniel Ortega, presidente sandinista de Nicaragua desde 1984 hasta 1990. Iba a perder la reelección frente a Violeta Chamorro. Iba a perder, después, dos elecciones presidenciales más: una, en 1996, frente a Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de arresto domiciliario por corrupción, aunque goce de tanta libertad de acción como Fujimori en Tokio; la otra, en 2001, frente al actual presidente, Enrique Bolaños.

En las elecciones de 2006, Ortega será nuevamente candidato y Alemán será nuevamente protagonista. O, tal vez, candidato. Esa sensación de impunidad contrasta con la realidad. Una realidad mandona. De sueños rotos, eslóganes desechables y promesas archivadas. Y de presidentes que, agobiados por desconfianza en sus segundos si viajan al exterior o por una agenda doméstica no exenta de elecciones y reelecciones, tocan y se van en cumbres entre ellos mismos que, curiosamente, acuerdan ellos mismos.

En Salamanca, durante la inauguración de la Cumbre Iberoamericana,  el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, dijo aquello que antes se pensaba, pero, por respeto, no se decía. Dijo que mantenían tantas reuniones y que eran tan frecuentes que se volvían detestables. Que fomentaban el turismo presidencial. Que era feo ver tantos mandatarios de paseo. Y que, a pesar de los problemas que tenemos en casa, nos pasamos el tiempo, o la vida, de cumbre en cumbre.

De cumbre en cumbre, mientras los pueblos van de abismo en abismo, pasó a ser el latiguillo permanente del presidente bolivariano Hugo Chávez. En la Cumbre del Milenio de 2000 llegó a preguntarse cuántas cumbres organizó el hombre desde la Ultima Cena, en el año 33. Es decir, en 1977 años. Con ese ánimo, o con la ansiedad de Uribe y de otros por marcharse antes de llegar, uno se pregunta qué razón de ser tienen las cumbres, excepto verse las caras, sacarse la foto de rigor y firmar documentos con más cáscara que miga.

A su regreso a Bogotá, Uribe obtuvo su premio. La Corte Constitucional refrendó un pedido del Congreso por el cual podrá ser reelegido en 2006. El fallo, en principio, interpretó la voluntad del pueblo, partidario de la repetición del mandato.

En conclusión, Bill Clinton, con dos períodos cumplidos, y George W. Bush, con el segundo en curso, nacieron en donde no debían. En un país tan aburrido que respeta la letra constitucional sobre la cual juran sus presidentes y que, por ello, no permite que hagan campaña a cargo del Estado mientras desempeñan la labor para la cual, casualmente, fueron elegidos.

En América latina hubiera sido diferente. Tan diferente que no hubieran padecido desde la primera Cumbre de las Américas, realizada en 1994 en Miami, otro latiguillo permanente: la omnipresencia de Fidel Castro, vedada su participación en esos foros por la exclusión de Cuba de la Organización de los Estados Americanos (OEA). En esa cumbre y en otras anteriores y posteriores de nombre diversos no ha habido ser más solitario que el presidente de los Estados Unidos, atado a las sanciones económicas contra la isla, resistidas por la mayoría de los gobiernos de la región.

En Salamanca, en donde no estuvo Castro por temor a correr la suerte de Pinochet en Londres, ni Bush por no pertenecer a la comunidad iberoamericana, los presidentes convalidaron o toleraron el discurso de Chávez sobre su remozado socialismo cristiano, apoyaron su demanda de extradición desde los Estados Unidos del presunto terrorista anticastista Luis Posada Carriles y condenaron el bloqueo contra Cuba.

De cumbre en cumbre, o de abismo en abismo, Chávez no pareció tan abrumado como Uribe, con el cual, más allá de diferencias mucho más profundas que la tradicional rivalidad entre venezolanos y colombianos, coincidió en el tedio por tanta cumbre. La mera mención de la palabra bloqueo contra Cuba, en desmedro de las sanciones, significó un anticipo, quizá, de la Cumbre de las Américas, en Mar del Plata: Bush acusó el impacto de estar más solo que Fujimori, de 68 años, antes de conocer a su novia japonesa, Satomi Kataoka, de 27,  acusada de evadir 4,3 millones de dólares en impuestos durante cinco años.

Con Bush, el discurso antinorteamericano se vuelve espontáneo. Con el legado de los noventa, el discurso contra el Consenso de Washington también se vuelve espontáneo. A propósito: ¿España, anfitrión de la Cumbre Iberoamericana, no intervino en las privatizaciones y Castro, beneficiado a pesar de su ausencia, no se comprometió en ese mismo ámbito a respetar los derechos humanos y las libertades individuales en la isla?

En el fondo, decía, todo presidente está solo y espera. Y, agrego, actúa en consecuencia. De cumbre en cumbre, uno de ellos contó a otro en Salamanca que en un pueblo del interior de su país se encontró con un amigo de la infancia al que no veía desde hacía añares y que, tras la sorpresa, le reprochó sus sucesivos cambios de ideología: que había sido conservador; que había sido comunista; que había sido liberal; que ahora era socialista. El amigo, ofendido, no reparó en su investidura: le dijo que jamás había cambiado de ideología y que, en realidad, había sido muy coherente durante toda su vida. Siempre había querido lo mismo: ser alcalde. Y, después, presidente.



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