El paradigma del miedo




Bush y Blair enfrentan cuestionamientos por haberse dejado llevar por informes que no condujeron al arsenal de Saddam

En el comienzo de todo, George W. Bush creó el miedo y la sospecha. E invocó la libertad en sendas operaciones, o guerras, antiterroristas: Libertad Duradera, o Perdurable, en Afganistán, y Libertad Iraquí, de modo de que, más allá del miedo y de la sospecha como correlatos de la voladura de las Torres Gemelas, prevaleciera la libertad como uno de los valores más caros a Occidente.

La libertad, sin embargo, ha mellado otro valor. Tan caro, quizá, como ella: la verdad. Deshonrada, finalmente, en donde iban a aparecer armas de destrucción masiva, arsenales nucleares, misiles Scud capaces de pulverizar Israel, fanáticos decididos a morir matando y pruebas implacables de los vínculos de un dictador impiadoso como Saddam Hussein con un asesino confeso como Osama Ben Laden. Deshonrada, también, la verdad, en los vanos argumentos de Bush ante el Capitolio, de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de Tony Blair ante la Cámara de los Comunes y de José María Aznar ante el Congreso de los Diputados.

¿Era sólo cuestión de vender la guerra en tiempo récord? En principio, seamos sensatos, el trío reunido en las islas Azores (Bush, Blair y Aznar) no pudo dejarse llevar por impulsos, no más, frente al miedo y la sospecha. Una falta de respeto a la inteligencia hubiera sido, por más que la inteligencia norteamericana y británica, justamente, ha demostrado que nada tiene que envidiarle a Mortadelo y Filemón, los superagentes españoles de la TIA, parodia de la CIA, que, bajo el mando del Súper, procuran recuperar el llamado sulfato atómico, creado por el profesor Bacterio y robado por los agentes de la organización mafiosa Abuela.

La abuela de todas las batallas, no la película rodada el año pasado en Madrid después del éxito del cómic desde fines de los cincuenta, vino a confirmar que era una farsa que Saddam haya comprado uranio africano, por ejemplo, como afirmó Bush. Y que la idea de democratizar a los países árabes, lanzada por él, fuera sencilla. En especial, si los soldados mejor entrenados del mundo tienen que actuar pronto, y mal, como policías.

Ni los héroes han sido héroes: terminó siendo un fiasco editorial y cinematográfico la impactante historia de la soldado Jessica Lynch, de 19 años, presuntamente herida de bala, apuñalada en combate y capturada por el feroz enemigo de barba y mal aspecto en una emboscada; volcó el vehículo en el que viajaba, según un informe del Pentágono derivado de una investigación periodística de la BBC, de Londres, enfrentada con Blair.

Ni versión femenina de Rambo hubo entonces en Irak, en donde el aguerrido ejército de Saddam, recordemos, iba a repeler la invasión con sus poderosas armas químicas y con el apoyo incondicional de su socio Ben Laden. Lynch, heroína por un rato, recibió atención médica en un hospital en el cual ni soldados iraquíes había, ni torturas impartían, como decía el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, fomentando con tono de culebrón venezolano el miedo y la sospecha.

Con ellos, cual paradigma, el desafío no ha sido la guerra en sí, sino la construcción posterior de una cultura democrática a punta de pistola. O a la sombra de un cañón que, como sucedió en Kosovo, no mata moscas, ni evita saqueos, ni previene venganzas, ni espanta baazistas (nostálgicos del régimen). Sólo controla movimientos en momentos en que la TIA ya no es la parodia de la CIA, sino una realidad: Total Information Awareness se llama. En español, Conocimiento Total de la Información. Es un dispositivo desarrollado por el Comando de Inteligencia Naval de los Estados Unidos, superior al sistema Echelon, que puede controlar hasta los latidos de los más de 6000 millones de habitantes del planeta y alrededores.

Otro juguete, o la consumación del espionaje, después del fracaso del espionaje. Del tradicional, al menos, sobre el cual Rumsfeld, mientras Bush pasea como el cantante Bono por un país llamado África, no puede dar explicaciones ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado. Sobre todo, después de que el responsable militar de la operación en Irak, Tommy Franks, ha dicho que no entiende por qué Saddam no usó sus mentadas armas químicas. Si las tenía, agreguemos.

Paciencia, pidió Rumsfeld, lamentando la muerte de 31 soldados norteamericanos desde el final de la guerra. Poco convincente ha sonado. Y recibió objeciones ante su demanda de mayores partidas en un súbito despertar de la oposición demócrata frente a las inminentes elecciones de 2004: la invasión a Irak, valuada en 2000 millones de dólares por mes, cuesta casi el doble, con 145.000 soldados desplegados en lugar de los 100.000 estimados inicialmente; la ocupación de Afganistán, en donde tenía su nido el régimen talibán, ronda los 950 millones.

En Londres, la otra sucursal del miedo y la sospecha, Blair cambió en forma drástica su discurso: ya no habla de armas químicas, sino de programas de armamento. ¿Por qué el apuro, entonces?, se preguntó el líder del Partido Conservador, Iain Duncan Smith, apurando, a su vez, una investigación judicial sobre la información manejada por el gobierno y sobre el papel de los servicios secretos.

La amenaza, como dijo Robin Cook, ex ministro de Relaciones Exteriores que dimitió a su cargo de líder de los Comunes en protesta por el apoyo de los laboristas a la guerra, nunca existió. Y el paradigma, entonces, se centró en el miedo y la sospecha, reduciendo a cero el papel de los inspectores de las Naciones Unidas.

Seamos sensatos, sin embargo: supongamos que Bush, Blair y Aznar ocultan un gran secreto. Que las armas químicas, así como la exportación de democracia a los países árabes, eran meras excusas para operaciones de mayor envergadura, capaces de preservar la libertad aún a costa de faltar a la verdad, o de mentir, con tal de no cejar en el esfuerzo filantrópico, y titánico, de crear un mundo mejor. Sin déspotas como Saddam, ni criminales como Ben Laden.

¿Son razones suficientes para declarar una guerra, vulnerando soberanías políticas más allá de las urgencias políticas (posicionamiento geoestratégico, tal vez) y, acaso, de las apetencias económicas (petróleo, tal vez)? Si un satélite puede poner el ojo sobre la nuca de cualquiera de nosotros, ¿era necesario semejante despliegue para hallar dos camiones que, al parecer, eran usados como laboratorios móviles de armas químicas?

Por un asunto más banal, Bill Clinton preservó durante meses una mentira absurda, infantil casi, exponiéndose a ser depuesto en un juicio político. Su confesión coincidió con un ataque contra Saddam, el as de la baraja. Una suerte de comodín, en 1998, de modo de desviar la atención de la opinión pública hacia su desprecio permanente a las resoluciones de las Naciones Unidas desde el final de la primera Guerra del Golfo. Otro prófugo, después, como Ben Laden.

¿Cuántos soldados muertos están dispuestos a tolerar el norteamericano y el británico medios con tal de imponer la democracia en Irak, Irán, Siria, Corea del Norte, China, Cuba, Marte y Júpiter? Ni uno, digamos, salvo que Mortadelo y Filemón, en apariencia más astutos que los agentes de la CIA y del Intelligence Service, recuperen el sulfato atómico y, con él, algo de confianza. O de certeza, de modo de que prevalezcan, en el comienzo de todo, la libertad y la verdad sobre el miedo y la sospecha.



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