Como te digo una cosa te digo la otra




La crisis de Medio Oriente, por la que se retiraron los delegados de los Estados Unidos y de Israel, dividió las aguas

Siete son los colores del arco iris, las vidas del gato y, curiosamente, los muros y las puertas que rodean el infierno en La Eneida, de Virgilio. Siete son las letras del nombre Beremiz, El hombre que calculaba, de Malba Tahan; Siete Penas es la hostería en la cual se aloja. Y siete, o setenta veces siete, son los días invertidos en una conferencia mundial que, se suponía, iba contribuir con un grano de arena a la demolición del racismo, pero terminó aportándole otro ladrillo.

Y levantó un paredón, el lunes, con el retiro precoz de los delegados de Israel y de los Estados Unidos de la III Conferencia Mundial contra el Racismo, organizada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en  Durban, Sudáfrica, por haber ligado el sionismo al racismo. Como si el planeta, después de las intolerancias que supimos conseguir, y concebir, girara alrededor no del Sol, sino de Medio Oriente. Eclipsado por diferencias políticas y regionales, no de piel. Ni de fe. En su laberinto: la intifada (sublevación palestina).

Fue una provocación gratuita. Y absurda. Pero los delegados de más de 150 países y de casi 3000 organizaciones no gubernamentales compusieron después, borrador tras borrador, un párrafo que pretendió ser esclarecedor. Capaz de hacer vibrar las siete notas musicales al unísono: «Somos conscientes del hecho de que la historia de la humanidad está llena de atrocidades que son el resultado de graves violaciones de los derechos humanos, y creemos que mediante el recuerdo de la historia se pueden aprender lecciones para evitar futuras tragedias». Como te digo una cosa te digo la otra, en definitiva.

Puras piruetas semánticas con tal de conciliar, o de negociar paños fríos, mientras en Medio Oriente, virtual eje del planeta, y del problema, Yasser Arafat ve decaer su liderazgo en la Autoridad Nacional Palestina (ANP), con encuestas que revelan más respaldo a los atentados suicidas contra blancos judíos que a una eventual tregua, y Ariel Sharon no depone su dureza ni su plan de asesinatos selectivos de cabecillas islámicos radicalizados.

No es menos atroz la esclavitud que el antisemitismo. Palabra acuñada en 1879 por Wilhelm Marr, un alemán de sentimientos poco nobles que reemplazó por ella el término judenhass (odio hacia el judío). El odio ganó los debates. Con tiranteces entre delegados que, en su primera intervención, pusieron la religión sobre la política, omitiendo deliberadamente la religiosidad popular, más que la religión en sí, como causa, entre otras, de la incomprensión en Medio Oriente. Sin reparar, por ejemplo, en que los terroristas islámicos alzaron las banderas religiosas desde la primera intifada mientras la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Arafat, semilla de la ANP, se ha mantenido como un movimiento secular de orientación socialista.

¿En qué habrán pensado los delegados mientras redactaban el documento en el que tildaban a Israel de Estado racista y usurpador, cual Holocausto a la inversa? Por actitudes similares, los Estados Unidos habían desertado en 1978 y en 1983. Querían que no hubiera dos sin tres, entonces. O que la tercera fuera la vencida. Por más que, desde hace rato, toda resolución internacional que no tenga el aval de ellos sea apenas una carta de intención. Como el Protocolo de Kyoto, contra el calentamiento global, vaciado de contenido, y de efectividad, por George W. Bush.

Desde la guerra de 1967, Israel ha recibido ayuda económica y militar norteamericana mientras la Liga Arabe ha nutrido, con recursos escasos, las arcas de los palestinos. Sometidos a estrictos controles en la Franja de Gaza y en Cisjordania. Necesitados, asimismo, de trabajo más allá de sus límites, salto abrupto del desierto a la pradera.

Siete días de conferencia, o setenta veces siete, y poco o nada, sin embargo. Siete, también, son los únicos astros conocidos en la antigua Babilonia: el Sol, la Luna, Venus, Saturno, Mercurio, Marte y Júpiter. Siete son los locos de Roberto Arlt y los enanitos de Blancanieves. Y siete son los pecados capitales: orgullo, ira, avaricia, lujuria, envidia, gula y pereza.

Que han confluido en otra oportunidad perdida. Siete días que prometían ser pintorescos, si se quiere. En el país del apartheid, nada menos, de modo de rever el pasado y apuntar al futuro. Con un secretario general de la ONU de origen africano, Kofi Annan, al igual que el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, el primero en la historia. Caso omiso han hecho de la aspiración de Nelson Mandela: tapizar el mañana en lugar de asfaltar el ayer.

Temerosos, algunos, de tropezar con siete suelas en las arrugas de la alfombra. Debajo de la cual persisten crímenes espantosos, de lesa humanidad, que podrían significar reparaciones judiciales y económicas. Los  negros tienen tanto derecho a reclamar indemnizaciones por la esclavitud como los judíos por el Holocausto.

Causa que apoyó el sionismo desde sus comienzos, casualmente. El fundador del movimiento, Teodoro Herzl, escribió en 1902: «Hay todavía un problema racial, desgraciado, no resuelto. Sólo un judío puede comprender la profundidad de este problema. Me refiero al problema de los negros. Justamente me vienen a la mente precisamente todos aquellos terribles episodios del comercio de esclavos, de seres humanos que por el mero hecho de ser negros fueron robados como si fueran ganado, tomados prisioneros, capturados y vendidos. Sus hijos crecieron en tierras extrañas, fueron objeto de desprecio y de hostilidad porque su contextura era diferente. No tengo vergüenza en decir, aunque podría exponerme al ridículo, que una vez que vea la redención de Israel, mi pueblo, desearía asistir a la redención del pueblo negro».

Pretérito sobre futuro ha dado como resultado la conjugación imperfecta del racismo, despeinada en revisiones más dignas de composiciones escolares que de plataformas políticas. O bases de lanzamiento de un mundo mejor. En el cual la piel o la creencia no sea factor de discriminación. Ni, menos aún, de calamidades. De omisiones. De mentiras. De máscaras. Y de cortinas de humo. Quedaron de lado, o en un segundo plano, las razones de otras intolerancias frecuentes, y urgentes, como la pandemia del sida o, aterricemos, la pobreza.

Siete son los años que han durado en Medio Oriente los acuerdos de paz de Oslo. Los palestinos ganaban autonomía en algunas áreas a cambio del reconocimiento del Estado de Israel. O, al menos, de su derecho a existir como correlato de cinco guerras desde la división del territorio, en 1947, por decisión de la ONU.

Oslo pudo ser un fracaso, pero atenuó la violencia entre el 13 de septiembre de 1993 y el 28 de septiembre de 2000. Siete años. Como siete son las maravillas del mundo y los días que, en Atenas, debía esperar el recién nacido para recibir un nombre. El siete, según Beremiz, surge de la suma del tres, considerado divino, y del cuatro, símbolo del mundo material; lo adoran desde siempre cristianos, judíos, musulmanes, idólatras y paganos de toda laya.

Siete son las vacas que cuenta José en su premonitorio sueño bíblico. Siete son las virtudes: tres teologales (fe, esperanza y caridad) y cuatro cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). Y siete, después de siete días perdidos, o setenta veces siete, son las letras que continúan componiendo el dilema irresuelto: racismo.



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