Impacto andino




BOGOTÁ.– A la sombra de los Andes, en pueblos dejados a la buena de Dios, aparecen de pronto unos tipos amables, vestidos de civil y desarmados que se detienen a hablar con la gente en sus escasas veredas sanas. Tienen una virtud: saben escuchar. Pero entre pausa y pausa también saben meter sus bocadillos sobre la injusticia social y sobre la necesidad de terminar con la inseguridad (sea delincuencia común, sea abigeato). Están entrenados para ello.

La gente, desconfiada al principio, comienza a sentirse contenida. Es, en la mayoría de los casos, la primera vez que unos forasteros que dominan su lengua (compatriotas que no viven en el pueblo) demuestran interés en sus problemas. Van tomando nota, mientras tanto, del estado de las calles y de las obras públicas, si las hay, y evalúan, sobre todo, el proceder de la policía.

Del balance de esas pláticas informales surge el presupuesto de la ocupación gradual del pueblo. Será financiada, si cuadra, con el secuestro de un hacendado. Del primero de la zona, en realidad. Tarea fácil para una organización como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), con 36 años de experiencia en el rubro.

Sigue, entonces, la segunda fase de la operación, llamada de orden público. Es decir, el desalojo a tiros de la policía y, una vez tomada la comisaría, la limpieza de los delitos de todo tipo. Tarea fácil, también.

Es el momento, entonces, del asentamiento. Del arribo de las columnas que impondrán el orden. O el desorden. Columnas a las cuales la gente, seducida por la presunta eficacia de la nueva administración comunal, deberá responder. Con creces, en algunos casos, mientras manejan sus recursos y, en definitiva, sus vidas, así como procura hacerlo el reverso, o la réplica, de la misma moneda, los paramilitares, frente a la ausencia de toda ley.

De esa estrategia rural, con la cual no acertó en sus años el Che Guevara en Bolivia, la guerrilla colombiana ha nutrido su fortuna y, de paso, ha ganado adeptos. Que suman miles en sus filas y, fuera de ellas, otros tantos que no portan armas. De ahí, la creación de un partido político clandestino, el Movimiento Bolivariano para la Nueva Colombia, de modo de estar a la altura del diálogo de paz con el gobierno de Andrés Pastrana sin perder el espíritu subversivo. Y, asimismo, de llenar un vacío: la inserción de las FARC en las ciudades.

A ellas apuntó desde sus orígenes la otra marca registrada de guerrilla colombiana, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), más guevarista con su teoría del foquismo y, a la vez, más elitista. En términos prácticos, unos, las FARC, procuran representar a los campesinos y los otros, llamados elenos, procuran representar a los estudiantes.

Uno de los inspiradores del ELN, el cura Camilo Torres, murió con aura romántica a principios de 1966. Era su primer combate. Acaso no llegó a disparar un solo tiro, pero adquirió estatura de mito, como el Che, en los círculos que se llaman a sí mismos progresistas en América latina y en Europa. Sus blancos son, por lo general, oleoductos y represas, pero, como los otros, amasan millones de dólares con los secuestros de terratenientes y de empresarios, supuestos enemigos de los jornaleros y de los peones que viven en los pueblos.

Los pueblos, sin embargo, fueron quedándoles chicos. Comunicaciones del segundo de las FARC, Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, interceptadas por organismos de seguridad, revelaron la intención de tomar el país. Textuales palabras. Y, en caso de fallar, de convencer a los gobiernos del Perú y del Ecuador de permitirles un repliegue táctico en sus territorios. Dicen ellos mismos que son anteriores al diálogo de paz (¿de paz?), pero los paramilitares, el otro cáncer colombiano, no descartan como refugio el sur de Bolivia.

¿Qué podría suceder si no prospera el proceso en el cual Pastrana deposita  todas sus fichas con el aval de Bill Clinton? Un eventual desbande, en tanto las FARC y el ELN se mantengan en sus trece por separado y los paramilitares no den el brazo a torcer, transformaría el pacto andino en un impacto andino. Con consecuencias dramáticas fuera de Colombia.

Ya es una región golpeada por el narcotráfico que, aún no resuelto el dilema guerrillas-dictaduras, puede ser propensa a repetir desatinos. Nada peor mientras las sospechas de corrupción debilitan al gobierno de Pastrana, en particular, en beneficio de los sectores en pugna. Fuera del sistema, por decisión y por convicción, todos ellos.

No son los Balcanes, pero tampoco ahorran méritos. De arriba hacia abajo, del Norte hacia el Sur, Chávez no puede ocultar su simpatía con la causa de las FARC (lo cual significa un grano en la nariz de Pastrana); Noboa, el presidente del Ecuador que surgió como consecuencia de un golpe de Estado, trata de sofocar malhumores militares; Fujimori pudo descabezar a Sendero Luminoso y al Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, pero está más ocupado ahora en perpetuarse en el poder que en espantar fantasmas, y Bánzer levantó hace un rato, no más, el estado de sitio en Bolivia.

Denominadores comunes de la región son el desencanto de la gente con las reformas económicas y la terrible asociación libre del político con el corrupto. Presidentes ajenos a los partidos tradicionales, como Chávez y Bánzer (ex golpistas) y Fujimori (ídem, pero de civil), han demostrado, no obstante ello, que ser outsiders no garantiza que no terminen copiando los peores ejemplos de los comités más cercano a sus domicilios.

Por algo ardió Chiapas en 1994, aunque los zapatistas de Marcos sean, en verdad, una banda minúscula en comparación con las FARC y el ELN. Siguen existiendo porque el gobierno de México no ha querido eliminarlos y porque, en definitiva, sólo han hecho la revolución por Internet.

En Colombia, con un promedio aterrador de 25.000 muertes violentas por año, el conflicto lleva medio siglo. Es una guerra, por más que Tirofijo no sea Fidel Castro (y haya sido desahuciado por él) y Gabino, el jefe de los elenos, no sea el Che. La diferencia con las crisis de El Salvador, de Guatemala y de Nicaragua, después de la caída del Muro de Berlín, radica en que los ejércitos de esos países no podían con los insurgentes (de izquierda en El Salvador y Guatemala; de derecha en Nicaragua) y ellos, por su parte, tampoco podían mantenerse mucho más en pie. O en guerra. La única alternativa era negociar. No es el caso de las FARC, por cierto.

Las instituciones de América latina, volcadas hacia un presidente fuerte y un Congreso obediente (o débil, o clausurado), demuestran su impotencia frente a los reclamos de gente cada vez más descreída que, en esos pueblos dispersos a la sombra de los Andes que han sido dejados a la buena de Dios por el Estado, termina colaborando con grupos marginales que, al menos, parecen estar de su lado. La necesidad siempre tiene cara de hereje.



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