Cortocircuitos globales




Y, de pronto, como otra reencarnación de Hitler, aparece un tal Joerg Haider. Y el mundo, descorazonado, estalla en mil rechazos. Y busca los motivos por los cuales un filonazi, o nazi a secas, gana tanto con tan poco en las elecciones legislativas de Austria. Y concluye que su discurso contra la inmigración, presunta causa del desempleo en Europa, rinde más que la prédica de los partidos tradicionales. Y dale que va.

No reparó en un pequeño detalle: Haider, ahora detonante de la amenaza de ruptura de las relaciones de Israel con Austria, apeló en su campaña a dilemas tan concretos como el aburrimiento que provoca el sistema, el nepotismo de los políticos, la falta de certeza sobre el beneficio que reportará a su país la adopción del euro como moneda común de la Unión Europea, y la necesidad de reducir la burocracia estatal y los impuestos. Renovó el nacionalismo. O el nacionalsocialismo, si se quiere, con el antisemitismo implícito como valor agregado.

Es la misma retórica que emplearon en su momento otras derechas extremas, como el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen en Francia y la Alianza Nacional de Gianfranco Fini en Italia. Pero coincide, en esta ocasión, con los atentados contra los cementerios judíos de Berlín (por razones más ideológicas que políticas) y de la provincia de Buenos Aires (por razones más políticas que ideológicas); la sentencia de la justicia croata a 20 años de prisión contra un criminal de guerra como Dinko Sakic, extraditado en 1998 de la Argentina por haber regenteado el campo de concentración Jasenovac, el Auschwitz de los Balcanes, y la apelable extradición a Madrid de Pinochet que rubricó la justicia británica tras el oxidado agradecimiento por Malvinas que le tributó de nuevo la dama de hierro que ya no es, Margaret Thatcher.

Son cortocircuitos globales con eje en Europa y rebote fuera de ella, sobre todo después de las razones humanitarias que derivaron en Kosovo, mientras los gobiernos socialdemócratas de Alemania, Francia y Gran Bretaña, cerca de la tercera vía a la que adhiere Bill Clinton, procuran hallar con los sindicatos una fórmula capaz de paliar el desempleo, como la reducción de la jornada de trabajo. Fórmula que, por cierto, no convence a los empresarios.

Están todos desorientados, ya que, como apunta Alan Touraine, la izquierda, al estilo Clinton, está aplicando políticas de derecha.

Un caso: el canciller alemán, Gerhard Schroeder, impulsó la poda del gasto público, el congelamiento de las jubilaciones, el incremento de los impuestos para las clases populares y su reducción para las compañías, y el aumento del precio de la gasolina, lo que llevó a la derrota a su partido, en elecciones regionales en cadena, frente a una derecha democrática en la que hallan refugio, a veces trampolín, ultras como Haider.

Lo mismo ocurre en la izquierda, pero, hoy por hoy, Haider está más cerca de ser Hitler que Marcos de ser El Che. No por méritos propios, sino por errores ajenos. Es algo así como la expresión del pequeño fascista que todos llevamos dentro. Ese duende, o enano, que señala los desaciertos de los políticos, tildándolos de deshonestos, de mentirosos y de corruptos. Que deslinda responsabilidades. Que infiere que el desempleo y la criminalidad provienen de afuera.

Fue la táctica que usó en las elecciones primarias de 1996 un precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Pat Buchanan, ahora con los reformistas de Ross Perot, aduciendo que los José (mote despectivo de los mexicanos) se aprovechaban del Tratado de Libre Comercio para ocupar puestos de trabajo, con salarios menores, que, en teoría, les correspondían a sus compatriotas. Y fue, sin ir más lejos, la excusa de todos los males que campeó aquí mismo, en la Argentina, discriminando por los rasgos faciales a peruanos, bolivianos y paraguayos por igual.

Una falta de respeto. Y de sentido común. O una salida fácil que encierra, en el fondo, una trama complicada capaz de desembocar en el absurdo reclamo de mano dura. Vivimos al filo de ello. Si no, Patti, Bussi y Rico habrían sido rechazados por la misma gente. Y Haider, en Austria, sería un mono con navaja, no un político carismático, gobernador de Carintia, en un país que se incorporó al imperio de Hitler, en 1938, y que tuvo, entre 1986 y 1992, un presidente considerado paria por haber sido teniente del ejército del Reich, Kurt Waldheim.

No avanzó Haider en las elecciones; o el irónico Partido de la Libertad. Retrocedieron los otros, incapaces, cual fenómeno global, de articular un discurso mejor. Los otros, según analistas de Viena, son los políticos, señalados en forma genérica por la gente como personas de pocos escrúpulos que, en su afán de poder, prometen más de lo que cumplen. ¿Salariazo, dijo?

De ahí, el desencanto (en la Argentina se habla más del golpista paraguayo Lino Oviedo que de los candidatos presidenciales), la indiferencia (¿las elecciones son en el 2003?) y las apariciones de Chávez en Venezuela, de Fujimori en el Perú, de Jesse Ventura (un Karadagian norteamericano) en la gobernación de Minnesota y quizá, dentro de poco, de Schwarzenegger en California. De ahí, también, el fenómeno Haider, de inicial y última letra que coinciden con Hitler, una cuña, ahora, en la alianza gubernamental austríaca de socialdemócratas con conservadores.

Su éxito, aunque haya sido segundo, puede deberse a la decadencia, pero mete miedo. “Estoy horrorizado”, meneaba la cabeza Itamar Rabinovich, ex embajador de Israel en los Estados Unidos y jefe de las negociaciones con Siria entre 1992 y 1995.

En Austria, según me comentaba, la furia nazi hizo estragos y quedan, como en los países vecinos, rencores residuales contra los judíos que expresan los ultras y exhiben  los skinheads (cabezas rapadas).

Hay ahora, por fortuna, una malla de contención que antes no existía. No bien Haider alzó los brazos, los Estados Unidos, Europa e Israel encendieron la alarma contra incendios. Aún no había humo. Significa que el mundo aprendió la lección. Sabe, al menos, lo que no quiere. Debía sonar antes la sirena. Era tarea de los otros.



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