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El orden internacional que conocimos ha muerto y, como bien señaló en Davos el primer ministro de Canadá, Mark Carney, «la nostalgia no es una estrategia». Es una estrategia, en todo caso, para aquellos que abrazan la consigna Make America Great Again, convertida en una política de Estado en los dominios de Donald Trump. “Recuperemos nuestro hogar” y alusiones al “espíritu de 1776”, clama el Departamento de Seguridad Nacional, regente del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). La narrativa, que roza el léxico de los supremacistas blancos, hace sentir desplazados a los norteamericanos en su propio país.
Desde los noventa, el relato político vendió una ilusión reconfortante: que la democracia, una vez instalada, era un camino de ida. Mientras Occidente se ocupaba de sus crisis domésticas, un fenómeno silencioso y coordinado empezó a gestarse en las sombras del poder global. No era solo el ascenso de líderes autoritarios con patente democrática, sino algo más ambicioso y peligroso: la formación de una suerte de internacional iliberal. Cara y cruz con China, Rusia y sus satélites, aunque en el fondo hicieran lo mismo. No solo están exportando productos; están exportando un modelo de estabilidad para dictadores.
Durante aquellos años, después de la caída del Muro de Berlín, el apoyo financiero incluía un manual de supervivencia democrática: reformas electorales, transparencia y respeto a los derechos humanos. China, Rusia y compañía ofrecen ahora un paquete atractivo para el autócrata moderno: dinero, tecnología y blindaje diplomático. Esta alianza no busca necesariamente imponer una ideología comunista o nacionalista uniforme. Su objetivo es más pragmático: crear un ecosistema global donde ser un dictador sea seguro, rentable y, sobre todo, sostenible. Es la solidaridad de los tiranos hasta que alguno cae en desgracia, como el depuesto Nicolás Maduro.
La nostalgia ofrece certidumbre; permite que diversas generaciones, especialmente las jóvenes, añoren tiempos mejores que, en realidad, no vivieron
En el otro extremo, la campaña gubernamental contra la inmigración irregular que ha puesto en jaque a Estados Unidos lejos está de concentrarse dentro de sus fronteras. Es otro modelo for export marca Trump. Al inusual despliegue de la Guardia Nacional en Washington y otras ciudades se sumaron redadas sin precedente como la de Minneapolis, donde las absurdas muertes a manos de agentes federales de Alex Pretti y Renée Nicole Good, civiles de 37 años nacidos y criados en el país, hicieron saltar las alarmas sobre la anatomía de la nostalgia como bandera política.
Si el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, gran aliado de Trump, aplica la teoría del «gran reemplazo» para convencer a sus compatriotas de que son «extranjeros en sus propias calles», la recuperación cultural declamada por la ultraderecha en Alemania, Francia, Italia y España plantea una crisis de identidad debido a la inmigración masiva. La nostalgia ofrece certidumbre; permite que diversas generaciones, especialmente las jóvenes, añoren tiempos mejores que, en realidad, no vivieron. El mundo en zona cero gestiona la economía y la tecnología sin una narrativa sobre el futuro capaz de superar la idealización del pasado.
El veto se ha convertido en la póliza de seguro de aquellos que violan los derechos humanos
No es una nueva Guerra Fría, porque no hay muros infranqueables. Es una guerra de erosión. Se trata de minar las instituciones internacionales desde adentro hasta que las palabras libertad y justicia sean cáscaras vacías. Si la democracia no vuelve a ser percibida como el sistema que mejor resuelve los problemas de la gente, el modelo autoritario, eficiente en su crueldad y generoso con sus aliados, seguirá ganando terreno. La red ya está tejida. El desafío es saber si el mundo aún está a tiempo de romper los hilos que están envolviéndolo en un nuevo invierno autoritario.
Mientras Estados Unidos y Europa imponen sanciones necesarias, pero insuficientes, el sistema ofrece vías de escape financieras que diluyen su impacto. Del otro lado del mostrador, China no solo vende cámaras; vende sistemas de reconocimiento facial y monitoreo de redes sociales que permiten identificar y neutralizar disidentes antes de que lleguen a la plaza pública en África y Asia. A su vez, codo a codo con Rusia, abre el paraguas protector en el Consejo de Seguridad de la ONU cuando un régimen comete atrocidades. El veto se ha convertido en la póliza de seguro de aquellos que violan los derechos humanos.
Quizás el gran pecado de las democracias liberales haya sido la complacencia. La mayoría pensaba que la interdependencia económica iba a domesticar a los lobos, pero los lobos de un extremo y del otro aprendieron a usar el mercado para afilar sus colmillos. Los puentes comerciales tendidos por el mundo libre en el afán de civilizar al autoritarismo coincidieron con las trincheras digitales y financieras creadas por los autócratas. Si Occidente no despierta de su letargo nostálgico, el nuevo invierno autoritario dejará de ser solo una amenaza. Nada peor que asimilarlo como un signo de la época.

totalmente de acuerdo los que dirigen Occidente vieron que era mucho mas practico lo autoritario que la democracias demasiado desgaste mucho mas practico asi que alla vamos de nuevo un periodo de absoluta oscuridad, triste pero donde manda el dinero lo humano no existe