Después de que un joven marroquí viera frustrado su plan de provocar una matanza en un tren con destino a París, las autoridades europeas confrontan la difícil disyuntiva sobre las medidas adicionales que podrían tomar para enfrentar ese tipo de ataques, sin paralizar los espacios públicos ni incluir vigilancia intrusiva
Soy periodista, escritor y presentador de radio y televisión con una carrera galardonada en asuntos internacionales y análisis político y económico. He trabajado en medios líderes de Argentina, Iberoamérica, Estados Unidos y España, incluyendo el Grupo Prisa, Fox News Latino, Worldnet Television, Radio Continental, el diario La Nación, la Televisión Pública Argentina y el Canal de la Ciudad, en los que he liderado equipos periodísticos. Dirijo el medio digital El Ínterin y soy analista en organizaciones defensoras de la libertad de prensa y los derechos humanos. Fui corresponsal en Estados Unidos, México y Canadá, y enviado especial a zonas de conflicto y elecciones de varios países en los cuales he mantenido entrevistas con más de 50 presidentes y primeros ministros.
Veinte treguas unilaterales, más allá de las multilaterales y de las bilaterales, son las que se concedieron los mandatarios del G20 en la cumbre realizada en Buenos Aires. Cada una de esas treguas deparó un alivio temporal de los sobresaltos domésticos, de los cuales ninguno se siente indemne. La tregua más mentada, la de Donald Trump y Xi Jinping en su guerra comercial, resultó ser el broche de una cumbre signada por asuntos delicados, como el proteccionismo, la migración y la pobreza, para los cuales también se estableció una tregua. Quizás hasta la próxima cita en Japón, en 2019, o la siguiente, en Arabia Saudita, en 2020. Tomar nota, como reza el documento final, significa dilatar el tratamiento. O, como en el caso de la histórica final de la Copa Libertadores de América entre River Plate y Boca Juniors, frustrada en Argentina por las fallas de la seguridad, patear la pelota hacia adelante y al costado. El costado del Atlántico, España, cuyo presidente, Pedro Sánchez, aprobó de buen grado que se juegue en el Estadio (leer más)
En Davos, Suiza, el presidente de China, Xi Jinping, sorprendió al mundo. Pasó a ser la voz cantante de la globalización. El defensor menos pensado. Era, a comienzos de este año, una apuesta fuerte en medio de las turbulencias provocadas por la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit) y el discurso proteccionista de Donald Trump. Una cuña para afianzarse como polo de poder, en realidad. Libre y comercio no parecían encajar en el léxico del secretario general del Partido Comunista Chino, declarado hexin (núcleo) por los suyos. Un título honorífico por el cual alcanzó la estatura de líderes históricos, como Mao Zedong, Deng Xiaoping y Jiang Zemin. Cuatro meses después, en Xi’an, antigua capital de China, Xi relanzó el Cinturón y la Ruta de la Seda. Lo arroparon delegados de un centenar de países, incluyendo 28 jefes de Estado. Entre ellos, Mauricio Macri y Michelle Bachelet por América latina, así como Vladimir Putin y Mariano Rajoy. Otra apuesta fuerte. Esta vez, con la promesa de un plan de obras de infraestructura abierto (leer más)
Donald Trump nació en Queens, condado de Nueva York rodeado de islas. Su madre, Mary Anne MacLeod, vino al mundo en una isla. La de Lewis, en el norte de las Hébridas Exteriores, Escocia. No es extraño que Trump, después de haber amasado su fortuna en el negocio inmobiliario, pretenda comprar una isla. No cualquiera. La más grande del mundo: Groenlandia, territorio autónomo perteneciente al reino de Dinamarca. Era uno de los sueños de otro presidente de Estados Unidos, Harry Truman. Su oferta, 100 millones de dólares, no prosperó en 1946. Tampoco prosperó la de Trump, más cauto a la hora de ponerle precio. “Groenlandia no está en venta”, repuso su primer ministro, Kim Kielsen. Telón para la fugaz negociación entre un país enorme con islas de diversos tamaños y un país pequeño cuya capital, Copenhague, se encuentra en la isla de Selandia. Las otras islas, la inmensa Groenlandia y la diminuta Feroe, entre el Reino Unido, Noruega e Islandia, componen el reino. Trump puso el ojo en Groenlandia, peñasco helado con valor geoestratégico y (leer más)
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