Futuro imperfecto




¿En qué cedieron Blair y Bush que Ahmadinejad no juzgó a aquellos que realizaban espionaje en sus aguas territoriales?

En febrero, la marina norteamericana envió su segundo portaaviones a tres o cuatro olas de Irán. Parecía inminente la represalia por la insistencia de Mahmoud Ahmadinejad en ser el presidente de una potencia nuclear. Su par de los Estados Unidos, George W. Bush, entonado con otra guerra a pesar de no haberles puesto los broches que deseaba a las declaradas contra Irak y contra el régimen talibán en Afganistán, revelaba sus planes con una audacia rayana en la osadía. Hasta dejó trascender el Pentágono que iba a lanzar la bomba atómica B61-11 contra búnkeres subterráneos mientras la Casa Blanca impulsaba una estrategia diplomática con la cual procuraba atenuar las críticas por otra decisión unilateral.

La aviación norteamericana, secundada por espías establecidos en Teherán que se entendían en forma clandestina con opositores al régimen de los ayatollahs, preparaba la lista de blancos con más precisión que Tom Clancy en sus novelas sobre la Guerra Fría. Detrás de los preparativos, Bush no ocultaba sus intenciones: deshacerse de Ahmadinejad como si del difunto Saddam Hussein se tratara e inocular una democracia estable y duradera. Como en Irak. En público, sin embargo, decía que eran especulaciones sin ton ni son. Que era todo una gran mentira, como la posibilidad de que un bombardeo humillara a la jerarquía religiosa iraní y, de ese modo, el pueblo tumbara al gobierno.

Era cuestión de cambiar la estructura de poder, no sólo de deponer a un tirano. Era, según los cerebros de la nueva guerra, un cambio de dirección. En ello convenían aquellos que, volteado y ahorcado Saddam, sostenían que Bush pensaba más en Irán que en cualquier otro país cuando se dejó seducir por la idea del “eje del mal”. Pensaba en Irán y en Siria, no incluido en la primera versión. En ambos casos, por el respaldo incondicional a terroristas del Líbano, Palestina e Irak que no vacilarían en lanzar la bomba, si la tuvieran, contra Israel y los Estados Unidos.

¿Por qué Irán, antes que Siria? Porque Irán, con sus reservas petroleras y sus lazos con China y Rusia, es el mayor obstáculo de los Estados Unidos para dominar el Golfo Pérsico. Y porque, con su apoyo a la mayoría chiíta de Irak por más que la violencia provenga de la minoría sunnita, hizo todo lo posible por estropear la aparente obra benéfica de Bush y Tony Blair desde que se estrenó la segunda parte de la Guerra del Golfo. Gracias a ella, el régimen de los ayatollahs se libró de Saddam. La caída de su estatua, poco después del desembarco, fue más celebrada en Teherán que en Washington. Con discreción, desde luego.

Sordo y mudo ante las advertencias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Ahmadinejad nunca dejó de sonreír. Irán no iba a ser reprendido por la fuerza en tanto la diplomacia norteamericana, asociada con la europea, confiara más en las sanciones económicas que en otra guerra preventiva. La exhibición de poderío militar, así como la amenaza concreta de lanzar la bomba contra las centrales nucleares, era, y es, parte de la persuasión en todos los frentes.

En marzo, las cartas estaban echadas. China y Rusia habían aprobado en el Consejo de Seguridad las sanciones a plazo fijo contra Irán. Bush y Blair confiaban en que la medida iba a ser contundente, sobre todo para los clérigos. La línea dura, resguardada por los Guardianes de la Revolución, necesitaba un aliciente para evitar una ruptura interna.

Gran Bretaña cometió un error. La captura de los 15 marinos en la zona roja puso en vilo al mundo frente a la hipótesis de conflicto que deparaba el nuevo escenario. Antes cercado, Ahmadinejad pasó a ser el dueño de la situación. De él dependía ahora este juego de tira y afloja.

De nada valieron las demandas de la comunidad internacional. Era un asunto bilateral en el cual Bush, por medio de Blair, tenía voz y voto. La liberación de los marinos, precedida de un espectáculo televisivo manipulado en el cual admitieron bajo presión que habían violado el espacio marítimo iraní y que acataban órdenes con las cuales no coincidían, pretendió ser el modelo de la diplomacia pública, y populista, que Gran Bretaña y los Estados Unidos no pudieron aplicar desde que ocuparon Irak.

Ahmadinejad se ufanó de la hospitalidad de su país y, por no juzgar a los marinos británicos a pesar de que estuvieran realizando tareas de inteligencia, de la compasión islámica; le arrebató de ese modo el mote de compasivo a Bush. En coincidencia con el incidente, el ejército norteamericano permitió por primera vez que los cinco iraníes que detuvo el 11 de enero en Erbil, Irak, por presuntos vínculos con la insurgencia de ese país, tuvieran asistencia consular, y recuperó la libertad un diplomático iraní, Yalal Sharafi, secuestrado hacía dos meses en Bagdad. Ambos hechos precedieron el primer contacto del secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y jefe negociador nuclear, Alí Lariyaní, con las autoridades británicas.

Los árabes acusaron recibo del mensaje persa. Era posible enfrentar al Gran Satán con las reglas del Gran Satán. En un mundo dominado por las percepciones, más que por las acciones, la farsa montada por Ahmadinejad tuvo éxito. El frente interno, por el cual estaban preocupados los clérigos, quedó intacto. El otro frente, el externo, quedó debilitado; no sólo para Blair, sino, también, para Bush.

En abril, la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, quiso darle una lección a Bush. Con las conclusiones del Grupo de Estudio sobre Irak bajo el brazo, la demócrata emprendió una gira por Israel, Palestina y Siria durante la cual planteó algo más que un problema de faldas con la secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Planteó la necesidad de entablar diálogos con Irán y Siria, miembros del “eje del mal”, para apurar la retirada norteamericana de Irak en agosto de 2008.

Temió Bush, tan preocupado como el premier israelí Ehud Olmert, que Pelosi hubiera pactado con el diablo. Los contactos en sí mismos eran una mano tendida a Estados que los Estados Unidos e Israel consideran terroristas. Era una señal de debilidad después de tanto esfuerzo por inculcar una señal de fortaleza.

En Irán, los marinos británicos continuaban detenidos. Ahmadinejad tenía capacidad de respuesta a pesar del aislamiento internacional. Londres, a diferencia de Washington, conserva su embajada en Teherán. La usó para paliar la crisis, capaz de derivar en un conflicto de mayor envergadura que, finalmente, resolvió sin otra guerra preventiva.

La vía diplomática había dejado su huella en Corea del Norte, el otro apéndice del “eje del mal”. Kim Jong-Il, más imprevisible que Ahmadinejad, prometió abandonar su programa nuclear a cambio de ayuda económica después de las arduas negociaciones a seis bandas. En ellas, China, más que Japón, Corea del Sur, los Estados Unidos y Rusia, dejó el camino expedito hacia otra forma de resolver, o de encarar, conflictos. No sólo por la vía rápida de los bombardeos (y después vemos).

En apenas dos meses, la flota norteamericana anclada a dos o tres olas de Irán se vio en el medio de un ajedrez tridimensional. En él, según el catedrático norteamericano John Nye, se mueven trebejos militares en el tablero superior, trebejos económicos en el tablero del medio y trebejos transnacionales en el tablero inferior. En el inferior, superadas las novelas de Clancy, surgen los conflictos, aquellos que los estadistas de hoy conjugan en un peligroso futuro imperfecto con pronóstico frecuente de guerra preventiva. Inexacto, por fortuna.



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