Atrapados sin salida




En Irak, espejo de Medio Oriente, las elecciones no pudieron frenar las iras sectoriales después de años de puro nacionalismo

Medio año después de la implacable campaña de 78 días de ataques aéreos contra las baterías de Slobodan Milosevic, el médico Bernard Kouchner, ministro de Salud de Francia y representante especial de las Naciones Unidas en Kosovo, concluyó que había sido un error la intervención de la alianza atlántica (OTAN) en pos de una virtual reconciliación étnica entre serbios que profesaban el cristianismo ortodoxo y albaneses que abrazaban la religión musulmana. Concluyó el 31 de diciembre de 1999, telón del siglo XX, que había sido un error el fin en sí mismo de los bombardeos: que, de la noche a la mañana, se respetaran mutuamente tras 12 siglos de violaciones sistemáticas de los derechos humanos.

Bill Clinton y Tony Blair creían, no obstante ello, que la desintegración de Yugoslavia, emprendida en la década del noventa, era la única fórmula eficaz en defensa de los valores cívicos en los Balcanes, sometidos en forma alternativa a las limpiezas étnicas y los daños colaterales. Derrotado Milosevic, al igual que Leopoldo Fortunato Galtieri después de haber intentado recuperar las islas Malvinas, todo indicaba, según ellos y sus socios de la Unión Europea, que la democracia iba a germinar como el trigo en las pampas.

En esos años, la estrategia tenía que ver con la globalización. Era cuestión de apuntalarla. ¿Cómo? Con democracia y capitalismo, de modo de aceitar el libre comercio y las inversiones bajo las reglas de un mercado que prometía generar, con injerencia estatal mínima, sociedades más justas. Existía el terrorismo, desde luego, pero Al-Qaeda aún no había derribado las Torres Gemelas e Irak era un asunto pendiente de papá Bush, derrotado por Clinton, y por la recesión económica de los Estados Unidos, en las elecciones posteriores a la primera Guerra del Golfo.

Durante sus dos períodos presidenciales, Clinton lidió con el rechazo de Saddam Hussein a ser un buen anfitrión de los inspectores de armas de las Naciones Unidas. No vaciló en ordenar bombardeos contra Irak con el apoyo de Blair, siempre dispuesto desde su conversión del laborismo, y la tercera vía, al bautismo de fuego en Kosovo. En varias ocasiones amenazaron con derrocarlo, pero tenían más sospechas que evidencias. Como George W. Bush después de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Bush, a su vez, lejos quería estar de la política de Clinton de hacer la guerra después a apelar a la persuasión para apuntalar la globalización, excepto que fuera, como en Irak, en resguardo aparente del interés nacional. La política exterior no era su fuerte. No sabía cómo se llamaba ni quién era el presidente de Paquistán, Pervez Musharraf, de origen militar y legitimidad dudosa, hasta que necesitó un corredor para desplazar a sus tropas en Afganistán, nido del régimen talibán. Ni se avino a dialogar con el difunto Yasser Arafat por su prontuario terrorista, por más que fuera el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y, como tal, tuviera la llave para cerrar el grifo de la intifada (sublevación palestina).

En Kosovo, al igual que en América latina después de los gobiernos militares, quedó claro que, más allá de la necesidad de uniformar al mundo de modo de favorecer la globalización, la consigna era implantar la democracia en regiones subdesarrolladas y, al mismo tiempo, soslayar desde feroces disputas étnicas hasta instituciones frágiles e índices alarmantes de analfabetismo.

En reemplazo de dictadores derrocados, o desplazados, germinaron presidentes elegidos. Bien. El cambio de hábito, saludable por honrar la libertad y los derechos humanos, disimuló, en algunos casos, vicios heredados, como el autoritarismo y la corrupción. Expresiones culturales, en definitiva. Muchos de ellos no cumplieron con sus mandatos o terminaron en prisión. En África, por ejemplo, todavía no había empezado la primera fase de la desintegración del enclave colonial. Clinton, empero, hablaba de la carretera informática como Bush de la democracia en Irak. De la democracia por contagio en los países árabes, según el plan original.

¿En qué fase del conjuro mágico se produjo el brutal atentado contra la mezquita Dorada de Samarra, sitio sagrado de la mayoría chiita en un país regido durante décadas por la minoría sunnita encarnada en Hussein? Coincidió con la opción planteada por Bush entre la unidad o el caos, como si unos y otros, a tono con los serbios y los albaneses, pudieran comulgar de la noche a la mañana.

En Irak, a diferencia de Kosovo, el choque de las civilizaciones, versión Samuel Huntington, no requirió más que una civilización, la islámica, doblegada por una guerra civil que, en realidad, se inició antes de la ocupación y de la caída de Hussein como correlato del nacionalismo exaltado por las guerras.

El problema, como advirtió John Negroponte, jefe de los servicios secretos norteamericanos, es otro: que la guerra civil sea, en el fondo, un reflejo de la desestabilización de Medio Oriente. Sobre todo, después de la victoria de Hamas en las elecciones de la ANP, el 25 de enero: de ser un grupo terrorista en contra de la mera existencia de Israel barrió del mapa al gobernante partido Al-Fatah y se convirtió en un factor de poder con credenciales democráticas. Es decir, con aquello que, en principio, iba a ser el alivio de los trastornos occidentales. La herramienta del cambio.

¿Creamos normas morales para medir nuestras propias insuficiencias? Lo decía Churchill. En menos de una década, de Kosovo a Irak, y aún antes, rara vez la democracia por sí misma resolvió problemas de fondo y garantizó el orden. Todo empezó de arriba hacia abajo, inclusive en Haití, con normas constitucionales, reguladoras de las reglas de juego, y elecciones más o menos libres en las cuales los políticos, excluidos por los dictadores, salieron del armario. ¿Ganaron los peores, los menos indicados? Quizás. O quizás haya ganado un discurso ambivalente.

Entre octubre y noviembre de 2005, el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, aliado de Bush y de Clinton, resultó reelegido por enésima vez. Como consecuencia de la presión norteamericana para que el proceso fuera amplio, la Hermandad Musulmana, madre de Hamas y de los integrismos sunnitas, pudo presentar candidatos: ganó en 88 de 150 jurisdicciones. Hubiera ganado en más de 100 de no ser por las restricciones impuestas por el gobierno en el último tramo de la campaña.

En las elecciones de Irak, al mes siguiente, los chiitas demostraron que ser mayoría no significa ser gobierno. Debieron llegar a un acuerdo con una minoría, la kurda, por medio de un proyecto de desmembramiento del Estado, de modo de dejar fuera a otra minoría, la sunnita. Frente a ello, la opción que planteó Bush entre la unidad o el caos pareció, más que todo, una sentencia: el caos, traducido en la formalización de la guerra civil.

En medio del recrudecimiento de la violencia en Medio Oriente y en vísperas de las elecciones en Israel, el presidente de la ANP, Mahmoud Abbas, derrotado como su partido, dejó entrever por primera vez que Al-Qaeda estaba tendiendo sus redes en Gaza y Cisjordania. Curiosamente, Afarat detestaba a Osama ben Laden. Lo llamaba ladrón por haber invocado la causa palestina, su causa, como excusa de la jihad (guerra santa). Hamas pudo simpatizar con sus fines y sus métodos, pero, al parecer, no compró su marca registrada.

Como en Kosovo, el discurso apunta alto y la realidad continúa abajo. En reconciliaciones que no dependen de sistemas implantados, por más que procuren facilitarlas, sino de voluntades escasas hasta tanto no cambie algo más profundo: la convicción de la paz como única fórmula eficaz en defensa de la materia prima de los valores. La vida misma, mi vida.



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