Matan a pobres corazones




En una posguerra que no tiene aspecto de tal ha habido 3000 bajas de civiles iraquíes, tres veces más que las norteamericanas

Sorprendido por un ataque contra una comisaría de Najaf, en agosto, el primer ministro de Irak, Iyad Allawi, pidió ayuda a George W. Bush. Las tropas norteamericanas respondieron de inmediato con bombardeos, desplazamientos de tanques y asaltos de infantería en un cementerio en el cual, entre tumbas y catacumbas, habían hallado refugio las milicias radicales chiítas.

¿Eran ellas? En medio del fuego cruzado, Allawi declaró que el clérigo Moqtada al-Sadr, líder de la insurgencia, no era el responsable, en realidad, sino presuntos delincuentes liberados por Saddam Hussein. E invitó a participar de las elecciones de enero a su enemigo aparente. Insinuó, a su vez, que el gobierno de Irán estaba detrás del ataque, instituyó la pena de muerte, expulsó del país al corresponsal del canal de televisión qatarí Al-Jazeera y, cual broche, convalidó la orden de arresto que uno de sus jueces había dictado contra su primo y rival político, Ahmed Chalabi, antes apadrinado por el ex virrey norteamericano Paul Bremer, apenas regresara a Irak.

Al-Sadr, impopular entre los suyos, resultó herido en un combate previo. Y, por esa razón, no había tenido más alternativa que acordar una tregua. No era, en efecto, el autor del caos en Najaf, pero había elegido esa ciudad clave del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén en orden de importancia, en donde yace Alí, el fundador del chiísmo, como foco del conflicto. Si resultaban dañados los sitios sagrados, la cólera de los iraquíes contra las tropas norteamericanas estaba asegurada.

El regreso desde Londres del gran ayatolá Al Sistani como eventual mediador no pudo frenar la violencia. Allawi, marcado por el mote de títere de Bush, utilizó la rápida intervención de las tropas norteamericanas con apoyo de las iraquíes como una señal de fuerza para ejecutar una delicada operación política: acorralar a su enemigo, Al-Sadr, y, al mismo tiempo, debilitar a su rival, Chalabi. Pero cometió un error: soslayó a Abu Musab al-Zarqawi, jordano, lugarteniente de Osama ben Laden, acusado por la CIA de haber decapitado al norteamericano Nicholas Berg ante las cámaras y de haber tramado la masacre de Atocha con una célula marroquí de Al-Qaeda, entre cuyos planes figuraba trasladar el foco del conflicto a Bagdad.

Bush, concentrado en su carrera por la reelección en los Estados Unidos, respetó el juego: Allawi, más que nadie, necesitaba legitimarse a sí mismo, restaurando la ley y el orden, frente a sus compatriotas, deseosos del final de una guerra en la cual las tropas iraquíes, desarticuladas por Bremer, habían comenzado a actuar en forma conjunta con las norteamericanas. La operación de Najaf, sin embargo, deparó un saldo indeseado: aumentó el número de adhesiones de Al-Sadr. Sin haber movido un dedo, curiosamente.

En ese enjambre, la jihad (guerra santa) no respetaba calendarios ni promesas electorales: los ataques sincronizados contra templos de credos diferentes han procurado señalar que la única condición para barajar y dar de nuevo no es la liberación de Saddam ni el restablecimiento del régimen, sino el retiro de las tropas extranjeras, empezando por las norteamericanas. Posibilidad rechazada hasta por el adversario demócrata de Bush, John Kerry, convencido de que sería más irresponsable que la guerra en sí.

La guerra permitió que se filtrara en Irak aquello que no existía: el terrorismo. En ocasión del tercer aniversario de la voladura de las Torres Gemelas, el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, admitió que no había armas de destrucción masiva ni nexos entre Saddam y Ben Laden. Los atentados con coches bombas y los secuestros extorsivos ejecutados por el grupo de Al-Zarqawi han dejado en evidencia que la resistencia, contra la cual no puede Allawi, no era patrimonio de Al-Sadr.

O que, en todo caso, el chiísmo radical, así como los viejos compañeros de ruta de Saddam, se ha visto obligado a pactar con Al-Qaeda con tal de pegar donde más duele a los invasores: las instalaciones petroleras, de modo de encarecer la ocupación y de aumentar los riesgos para los contratistas (razón de los asesinatos a sangre fría de camioneros y cocineros extranjeros), de perjudicar el abastecimiento de crudo (y de encarcecer el precio) y de afectar la provisión de electricidad. Sin ella, las fábricas no abren y, sin producción, falta trabajo.

Y, con un 50 por ciento de desempleo, y sin luz, ni refrigeración, ni calefacción, la ira de la gente, comprometida con su religión, su tribu y su nacionalidad, coincide en un solo rostro: Bush, incapaz de saldar la deuda interna después de haber provocado el descalabro a control remoto. Más solo que la luna en su cruzada: las Naciones Unidas han tomado distancia después del crimen de Sergio Vieira de Mello, el 19 de agosto de 2003. De legitimidad de la comunidad internacional, entonces, no goza la ocupación.

Frente a ello, con Al-Qaeda infiltrada, Allawi no ha tenido mejor idea que contraponer los 3000 mártires muertos y los 12.000 heridos desde la caída de Saddam como consecuencia de los atentados frecuentes a las 1000 bajas norteamericanas, barrera psicológica para el gobierno de Bush. Tres por uno, en definitiva, que no han contribuido a elevar su magro índice de popularidad, del dos por ciento.

Sobre Allawi, seglar chiíta, pesaba un pasado baasista (cercano a Saddam) que después, con el respaldo del servicio de inteligencia británico MI6 y de la CIA, convirtió desde el exilio en Londres en golpes de Estado fallidos por medio de su Acuerdo Nacional Iraquí, fundado en Arabia Saudita, sin predicamento en Irak. Credenciales democráticas no tenía, pero el gobierno de Bush necesitaba un hombre fuerte que no vacilara en imponer la ley y el orden. Un Saddam sin bigotes, vamos.

A poco de asumir el cargo, el 28 de junio, dos días antes de lo previsto, entre los iraquíes circularon historias que fueron cautamente desmentidas: que hizo fusilar a dos sospechosos de terrorismo delante de sus narices, que ejecutó a balazos siete prisioneros y que amputó la mano de otro con un hacha. Dijo Allawi que no eran ciertas, pero, gracias a ellas, se ganó la fama de duro e implacable en materia de seguridad. Condición sine qua non para las elecciones de enero.

La precipitada transferencia de la soberanía, con la partida de Bremer entre gallos y medianoche, determinó el final de la fase política de la ocupación en un país azotado por una violencia endémica, una economía estancada, una sociedad diezmada y un Estado en coma. La coalición había comenzado a desgajarse en abril con el retiro de las tropas españolas como correlato de la asunción del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero tras los atentados de Atocha.

¿Qué salió mal, entonces? Casi todo. En primer lugar, haber subestimado a los iraquíes. En segundo lugar, haber ignorado su poder decisión, por más que padecieran los rigores de una dictadura despiadada. En tercer lugar, haber creído que la caída de Saddam iba terminar con los problemas. En cuarto lugar, haber asociado factores políticos (la necesidad de Bush de no ser un lame-duck, pato rengo, en el último tramo de su gobierno) y factores económicos (los beneficios para Halliburton, la compañía que regenteaba el vicepresidente Dick Cheney, en los contratos de reconstrucción) con una causa que presumía de justa y filantrópica. En quinto lugar, haber profundizado la herida del 11 de septiembre de 2001 entre Occidente y Oriente, fomentando la jihad en una región propensa a ello. En sexto lugar, haber recurrido a los primos Allawi y Chalabi, defensores de las hipótesis falsas sobre las armas de destrucción masiva y sobre los nexos del régimen con Al-Qaeda, para instaurar una democracia sin visos de ser ejemplo en los países árabes. En séptimo lugar, no haber reparado en que, después de una guerra, la base de la normalidad era la seguridad.

En marzo, las milicias radicales de Al-Sadr se atribuyeron el asesinato de Sayyid Farqad al-Qizwini, el clérigo chiíta que defendía la causa norteamericana. Bremer ordenó la clausura de un periódico afín, Hawza, pero no supo prevenir, así como el gobierno de Bush, que el arribo de Allawi no iba a atenuar las hostilidades ni iba a impedir la expansión de Al-Qaeda. Menos aún que llevaba consigo un agenda política propia, inoportuna en medio del fuego cruzado de la llamada Cuarta Guerra Mundial.



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