La confusión está clarísima




Incapaz de formar un gabinete en medio de la crisis, Sharon ha aceptado las condiciones de Netanyahu, ahora canciller

En 20 meses en el poder, con el lastre de más de 1960 palestinos y de más de 640 israelíes muertos en la segunda versión de la intifada, el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, poco y nada ha logrado de su intención original: restablecer la seguridad y la paz. O viceversa, en un círculo perverso en el cual las acusaciones mutuas con el líder de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, sólo han reportado bajas, bajas y más bajas. De un lado y del otro.

Saldo negativo, más allá de las sorprendentes encuestas favorables para Sharon, de un gobierno que empezó con el pie izquierdo, dejando su huella, el 28 de septiembre de 2000, en coincidencia con la reanudación de la sublevación palestina, en las puertas de la mezquita El Domo de la Roca (Al Aqsa, en árabe), sitio sagrado del Islam en donde estuvo el templo de Jerusalén y en donde, según las escrituras hebreas, ha de ser reconstruido.

La meta de Sharon, señalado como responsable de la matanza de refugiados palestinos en Chatila y en Sabra en 1982, entre otras calamidades, era refirmar la soberanía del Estado de Israel sobre el sector oriental de Jerusalén, cerca del recinto en el cual, según la religión musulmana, Mahoma ascendió a las alturas y recibió El Corán. Pero los muchachos de Arafat estaban esperándolo, de modo de disimular el fracaso en las negociaciones de paz en Camp David; fracaso que Bill Clinton no dudó en atribuirle. Y estalló el caos, con 65 israelíes muertos hasta el 7 de marzo de 2001.

Ese día, después de ganar las elecciones, asumió Sharon. Y armó una coalición en la cual quiso involucrar a la derecha del Likud, a la cual pertenece, y al laborismo de Shimon Peres, además de otros partidos menores, en una suerte de resistencia despiadada frente a los ataques despiadados de un enemigo despiadado. No convencional, con bombas entre las ropas, inmolándose en lugares públicos. Una necedad no equiparable con la recompensa de por vida que cobran los parientes. Los padres, generalmente.

Necedad que ha llevado a Abu M. G. Saber, padre de un suicida de apenas 16 años, a preguntarse en una carta publicada el 10 de octubre en el periódico árabe Al-Hayat, editado en Londres: “¿Las vidas de los niños tienen un precio? ¿La muerte se ha vuelto la única manera de restaurar los derechos y liberar la tierra? ¿Y si este es el caso, por qué ni uno solo de todos los jeques que compiten entre ellos emitiendo decisiones religioso-fogosas envía a su hijo? ¿Por qué ni uno solo de los líderes que no pueden refrenarse a sí mismos expresando su alegría y éxtasis en los canales de satélite cada vez que un joven palestino, hombre o mujer, se explota, él o ella misma, envía a su hijo?” Está dirigida a los cabecillas de Hamas y de la Jihad Islámica.

Oídos sordos, y corazones cerrados, ha encontrado el mensaje, entonado el líder de Hamas, Abdel Aziz Rantisi, con el colapso del gobierno de Sharon y con el adelanto de las elecciones legislativas para fines de enero, previstas inicialmente para octubre, ante las condiciones leoninas impuestas por su nuevo canciller, el ex primer ministro Benjamín Netanyahu, después de la salida de los laboristas de la coalición: “Que esto sirva de lección para todos los criminales de guerra –dijo–. Sharon fue elegido por los israelíes con la esperanza de que detuviera la intifada y, en cambio, lo hicimos caer como a todos sus predecesores desde Shimon Peres en adelante”.

Adelante queda detrás, sin embargo. Con Netanyahu, o Bibi a secas, en el primer plano después del  ostracismo. En competencia con Sharon, dentro del Likud, a ver quién rechaza con más énfasis la creación del Estado palestino y, después de las elecciones primarias, quién enfrenta con más posibilidades al candidato laborista, también surgido de las elecciones primarias. Si de Benjamín Ben Eliezer, ex ministro de Defensa, se trata, entrará en la misma carrera con un discurso tanto o más radical que su eventual oponente. O más conciliador, tal vez, si del ex primer ministro Ehud Barak se trata, por más que haya negado su virtual postulación.

Conminados a la dureza están todos, sean de derecha, sean de izquierda, por la fenomenal racha de atentados suicidas frente a la ineficacia de las réplicas de Sharon, caracterizadas por los asesinatos selectivos (imitados por la CIA con el misil que lanzó contra el auto en el que iban seis miembros de Al-Qaeda, en Yemen, matándolos, el domingo) y por el cerco de Arafat. En Israel han derivado en la agudización de la crisis frente a la mediación cansina de George W. Bush y de su gente, inclinados radicalmente hacia un lado, o radicalmente en contra del otro, a pesar del riesgo que implica después de la voladura de las Torres Gemelas.

Con las cartas echadas después de las vanas negociaciones con nacionalistas y con ultrarreligiosos con los cuales pretendía llenar el vacío que habían dejado los laboristas por discrepancias con el presupuesto, Sharon aceptó el llamado a elecciones. Lo aceptó como una decisión responsable, no ideal, sobre todo en vísperas de la aparente represalia de los Estados Unidos contra Irak.

Trunco su objetivo, no tuvo más alternativa que pedir al presidente de Israel, Moshe Katsav, que aceptara la dimisión de su gobierno y que decretara la disolución de la Knesset (Parlamento). La otra opción hubiera sido acatar las demandas de los ultrarradicales de la Unión Nacional-Israel Beituni, partidarios de enterrar definitivamente los acuerdos de Oslo, por más que estén en franca agonía, y la proclamación del Estado palestino. Semilla, de haberlo tolerado, de un enfrentamiento con Bush.

Un riesgo, pero, a la vez, una oportunidad. Aprovechada, en la emergencia, como una forma de conservar el respaldo de Bush: “No cambiaré las líneas generales de mi gobierno ni minaré nuestros entendimientos estratégicos con los Estados Unidos”, dijo Sharon. Una forma, también, de diferenciarse de Netanyahu. O de sacar ventaja ante el inminente comienzo de una campaña en la cual dos hombres en el gobierno defienden y critican al gobierno con tal de quedarse en el gobierno.

Roto el cerco, Arafat ha insistido en más de una ocasión, desde las ruinas de su cuartel de Ramallah, que la intifada debe continuar hasta que los chicos, y los compañeros de colegio de los mártires, hagan ondear la bandera palestina en Jerusalén.

Oídos sordos, y corazón cerrado, también, ante el dolor del padre que se atrevió a expresarlo: “Yo digo muerte, no martirio –continúa la carta de Saber–. Cambiando y embelleciendo el término, o pagando unos cuantos miles de dólares a la familia del hombre joven que se ha ido y nunca volverá, no alivian el susto o alteran el fin irrevocable. Las sumas de dinero para las familias de los mártires causan más dolor de lo que sanan; ellos hacen sentir a las familias que están premiándolas por las vidas de sus niños”.

Tributo a la nada, en definitiva, por más que Alá sea el depositario de la vida como ofrenda mientras Netanyahu despotrica contra Sharon por la falta de seguridad y de una política económica coherente: “De los cuatro últimos jefes de gobierno, soy el único que dejó el país en mejor estado del que estaba cuando asumí”, se ufanó en una entrevista con The Jerusalem Post.

Incitó, o provocó, asimismo, a Arafat. Con la amenaza de expulsarlo si Bush descarga su ira contra el régimen de Saddam Hussein. “Nadie me echará de mi tierra”, obtuvo como respuesta. Renuente Netanyahu a rubricar el plan de paz respaldado por los Estados Unidos, la Unión Europea, las Naciones Unidas y Rusia que había convalidado en forma tentativa Sharon. Favorito para las primarias del Likud a pesar del balance magro de 20 meses en el poder. O de más de 2600 muertos de un lado y del otro. Señal de que, cual reflejo de Medio Oriente, la confusión está clarísima.



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