En el nombre del hijo




EN una honda depresión cayó el dictador sirio Hafez al Assad cuando murió su hijo favorito, Basel. Fue, en cierto modo, el comienzo de su propia muerte. De la muerte de una ilusión: que el mayor de sus cachorros se afilara las garras como un león. Como él, en realidad. Pero la ilusión descarriló en un accidente de tránsito, cerca del aeropuerto de Damasco. Convocó entonces, en 1994, a otro hijo, Bashar, estudiante de oftalmología en Londres, más identificado con las melodías de Phil Collins que con las trompetas del Palacio del Pueblo.

Es más difícil asumir la muerte ajena que la propia. Sobre todo, si altera los planes de los deudos. Assad murió dos veces, en verdad, pero, aunque ya no esté, continúa rigiendo los destinos de Siria: el parlamento reformó a imagen y semejanza de Bashar la letra constitucional de modo de que, a los 34 años,  pueda asumir el poder, vedado antes hasta los 40.

Se hizo la voluntad de Assad, en definitiva, acechado en vida, y post mórtem, por su hermano Rifaat, exiliado en Europa desde que Bashar, nombrado coronel de la guardia presidencial, cumplió en 1999 con su primera misión de alto riesgo: atacar el palacio de su tío, a orillas del Mediterráneo, con la premisa, o la excusa, de terminar con el tráfico de drogas y con el comercio de armas.

Rifaat, sin embargo, pretende vender cara su derrota y, muerto Assad, promete volver a Damasco y destronar a su sobrino. Ni los hijos, primos de Bashar, dan crédito a sus palabras. Las tropas dejaron de responderle, por más que haya comandado en 1982 la fuerza de choque que, con bayonetas y granadas, se abrió paso por las cuevas subterráneas de Hama y aniquiló a 20.000 musulmanes suníes que se habían alzado contra el régimen.

Poco después de la masacre, aprovechando un infarto de su hermano, Rifaat pobló las calles de Damasco de carros de combate y de brigadas especiales, llamadas panteras rosas, en un vano intento de dar un golpe de Estado. A los ruegos de Naisa, la madre de ambos, le debe haber sido perdonado.

La sangre tira, pero también separa. Bashar, como los reyes Abdalá II, de Jordania, y Mohamed VI, de Marruecos, representa la nueva guardia árabe, virgen del odio ancestral contra los judíos que abrigaban sus mayores. Pero, a su vez, es el heredero de la resistencia de su padre a una paz negociada con Israel en tanto y en cuanto Siria, su país, no recupere sus posiciones en las Alturas del Golán tal cual estaban antes de junio de 1967. Es decir, de la Guerra de los Seis Días. Con el control absoluto del Mar de Galilea, su fuente principal de agua dulce.

La muerte no mejora biografías; sólo agrega el último dato. En tres décadas, Assad pudo transformar a Siria en un coloso de Medio Oriente después de haber sido manipulado por los Estados árabes poderosos que no hacían más que desestabilizarlo mientras alentaban golpes frecuentes, pero, al mismo tiempo, en alianza con la Unión Soviética, ensalzó una élite de comandantes alawitas, religión minoritaria que profesaba, y 15 agencias de seguridad. Centró en ellos su poder. E implantó un régimen de terror. De una brutalidad implacable, según Human Rights Watch y otros organismos de defensa de los derechos humanos, con estado de sitio permanente, partido único, presos políticos, torturas, prensa sometida y libertades restringidas.

Assad, al igual que Saddam Hussein en Irak y Moammar Kadhafi en Libia, pertenecía a la camada de generales de orientación anticolonialista y antimonárquica, contraria a la creación del Estado de Israel, que sobrevino después de la Segunda Guerra Mundial. En especial, en los 60 y en los 70. Camada de la cual también proviene Yasser Arafat, líder de la Autoridad Nacional Palestina, tildado de traidor, e inclusive expulsado de Damasco, por haberse embarcado en forma unilateral en el proceso de paz con Israel bajo la mirada atenta, e interesada, de los Estados Unidos.

Nadie falta en los funerales de los líderes como Assad, salvo alguien que lamente con sinceridad su muerte. En Damasco, de hecho, estuvieron sus amigos y sus enemigos. Entre ellos, Arafat, ausente desde las exequias de Basel, el cachorro que no llegó a ser león. Han sido testigos, en un país en el que están prohibidas las reuniones públicas, de una multitud que coreaba: “Después de Alá, Bashar”. Señal de aceptación en casa, después de una purga de funcionarios y de militares corruptos que dispuso él mismo, y de avales en el exterior, con la bendición de los primos árabes, de los vecinos  europeos, de Israel y de los Estados Unidos.

Pero los avales no son cheques en blanco. Dependen de una paulatina apertura democrática y económica, de la racionalización administrativa del Estado y de la reforma de un sistema bancario que no existe, así como de la negociación con Israel sobre las Alturas del Golán, de una decisión sobre los 21.000 soldados que permanecen en el Líbano (controlado por Siria desde 1976) y de la continuidad, o no, del respaldo a la guerrilla islámica Hezbolah en el sur de ese país después del retiro de las tropas israelíes, el 25 de mayo, tras dos décadas de ocupación.

En 1991, Assad sorprendió a Medio Oriente en particular y al mundo en general con su apoyo a los aliados occidentales en la guerra contra Irak. Mató dos pájaros de un tiro: enjuagó la imagen siria de Estado terrorista en Washington, no borrada del todo, mientras gozaba de los bombardeos contra su rival regional y, asimismo, rezaba por la puntería de los artilleros de Saddam en la represalia misilística contra Israel.

Jugó a dos puntas, como siempre. Fiel a la estrategia con la cual manejó los hilos del país desde que asumió el poder en 1971, tres años después de derrocar al gobierno de Yusuf Zeayen y dos años antes de amenazar con otra guerra la existencia de Israel.

Assad no aplicó el modelo stalinista a ultranza como Saddam. Fue algo así como un padrino de la mafia que castigaba con dureza la traición y repartía con astucia las recompensas entre fieles e infieles. El control del contrabando en la frontera con el Líbano, por ejemplo, quedó en manos de facciones no alawitas, en un país dominado por los suníes, que no debían reportarle fidelidad étnica, sino política. Más redituable, por cierto. Réplica, salvando las distancias, de las asignaciones de cuotas de ese tipo de comercio, y de otros peores, con las cuales Stroessner acalló a sus opositores durante su dictadura vitalicia de 35 años en el Paraguay.

El tío Rifaat, mientras tanto, sigue conspirando con tal de no perder su cuota de poder en Siria, por más que haya sido expulsado de la vicepresidencia de la república por su hermano. Estuvo en Rabat, en los funerales del rey Hassan II, de Marruecos, y procuró hablar con su sucesor, Mohamed VI. Los rasputines reales, concientes de la maniobra, bloquearon todo contacto. Pero mandó a Sumo, uno de sus hijos, a Gaza, de modo de acordar con Arafat un frente común contra Assad, aún con vida. Falló también.

No advirtió que Bashar, comandante máximo del ejército después de haberlo despojado de sus pertenencias en Siria, estaba cada vez más identificado con las trompetas del Palacio del Pueblo que con las melodías de Phil Collins.



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