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Durante décadas, Occidente procuró debatir la guerra en los claustros académicos o en los manuales de inercia doctrinal. Se hablaba de la guerra del futuro como una especulación tecnológica, casi cinematográfica, mientras el relato político vendía la ilusión reconfortante de que la democracia y la globalización eran un camino de ida para consolidar la paz como un estado por defecto. Al calor de la guerra contra Irán, cuatro años después de la invasión rusa de Ucrania, aquellas teorías cayeron en saco roto. La guerra dejó de ser una anomalía. El orden internacional posterior a 1945 ha sido reemplazado por un enjambre de trincheras y algoritmos.
La renuncia de Joe Kent al cargo de director del Centro Nacional de Antiterrorismo de Estados Unidos en rechazo a la decisión de Donald Trump de declararle la guerra a Irán forzado por Israel, así como la admisión con más silencios que certezas de su jefa, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, de la ausencia de una amenaza inminente contra el interés nacional tuvo un efecto déjà vu. Que remite a 2003, cuando dimitió Richard Clarke, zar antiterrorista de George W. Bush, por la convicción de que la dictadura de Saddam Hussein era tan nefasta como el régimen de los ayatolás en Irán, pero no poseía armas de destrucción masiva.
Coincide, a su vez, con el momento de mayor aislamiento de Trump tanto en su país como en el exterior, empezando por aliados tradicionales
La salida de Kent, ex boina verde vinculado con extremistas de derecha, no ha sido solo una baja a causa de la guerra. Representa una gran fisura dentro del gobierno mientras aumenta la presión del movimiento conservador MAGA entre los partidarios de la mano dura en Medio Oriente y aquellos que apoyaron la promesa de abstenerse de involucrar a Estados Unidos en conflictos extranjeros y, sobre todo, duraderos. Coincide, a su vez, con el momento de mayor aislamiento de Trump tanto en su país como en el exterior, empezando por aliados tradicionales como la OTAN, Reino Unido, Canadá, Japón, Australia y Corea del Sur, entre otros.
El paradigma militar, expuesto en Irán con la onda expansiva en los países vecinos y las consecuencias económicas para todo el planeta del cierre de facto del Estrecho de Ormuz, quedó en manos de un pequeño círculo de asesores de Trump. Kent, como Clarke al filo de la segunda guerra contra Irak, debía analizar y revelar amenazas terroristas. Irán era una amenaza para Trump e Israel, no para Estados Unidos. Lo corroboró Gabbard en el Congreso al negarse a afirmar el peligro que entrañaba para su país el programa nuclear de los ayatolás. Quizá como Irak para Bush, según Clarke en su libro Against All Enemies (Contra todos los enemigos).
Si la idea era deponer al régimen teocrático y forzar un cambio del sistema de gobierno, el tiro les salió por la culata
Si la idea era deponer al régimen teocrático y forzar un cambio del sistema de gobierno, el tiro les salió por la culata. Los bombardeos de Estados Unidos e Israel; la eliminación del ayatolá Ali Khamenei, y la coronación de uno de sus hijos, Mojtaba, a pesar de la premisa constitucional de no recrear una dinastía tras la caída del último sha en 1979, reavivaron la línea dura en el poder y el nacionalismo en el pueblo a pesar del quebranto económico por el cual estallaron a finales de 2025 las protestas reprimidas por la Guardia Revolucionaria.
En la puja por la sucesión, Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, representaba, si cabe, el ala moderada. Le había encargado el difunto Khamenei, antes de la guerra, que negociara con Estados Unidos. Murió tras un ataque aéreo de Israel después de perder frente a los radicales del régimen en su afán de impedir la elección del hijo de Khamenei. El efecto déjà vu de Irak se codea con el efecto bumerán en Irán frente a un fantasma para los norteamericanos. El de la guerra de Vietnam. En 1966, George Ball, subsecretario de Estado de Lyndon Johnson, renunció por razones parecidas a las de Kent y Clarke.

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