Paraguay: regreso sin gloria




Pocas expectativas despertaron las presidenciales en Paraguay, excepto por la virtual normalización de las relaciones con el Mercosur y la Unasur. No mucho más. La destitución exprés de Fernando Lugo llevó a ambos bloques regionales a suspender al país hasta que se restableciera la democracia. Por el “golpe parlamentario” asumió el presidente Federico Franco, de filiación liberal, antes vicepresidente de Lugo. Un país de por sí aislado quedó aún más aislado. Tan aislado, quizá, que Augusto Roa Bastos, autor de “Yo el supremo”, llegó a definirlo como un agujero en el mapa. La metáfora aludía al desconocimiento de Paraguay tanto en el exterior como en sus confines.

En esos confines, signados por la dictadura de Stroessner, vuelve al poder el inoxidable Partido Colorado. Es el nombre de fantasía de la Asociación Nacional Republicana, muchas veces confundida con el ejército y el Estado al peor estilo del PRI. Sin visos de renovación a diferencia del partido mexicano, los colorados retornan con un presidente electo que es acaudalado y ajeno a la política, Horacio Cartes. Lo llaman el Silvio Berlusconi paraguayo por su enorme fortuna, equiparable con la del presidente de Chile, Sebastián Piñera. Por cierto, los tres han tenido relación con el fútbol: Il Cavaliere es el dueño del Milan, al igual que Cartes del Libertad; Piñera vendió sus acciones del Colo-Colo.

La historia pareció virar con el triunfo de Lugo en 2008. Era la primera derrota en presidenciales del Partido Colorado en seis décadas, incluidos los 35 años de Stroessner. Un obispo proveniente de una de las regiones más pobres de Paraguay, cuya guía era la teología de la liberación y cuyo soporte eran las ligas agrarias, prometía remediar el reclamo de los campesinos: el dos por ciento de la población es propietario del 80 por ciento de las tierras fértiles. Cuatro años después, por la muerte de 17 personas en Curuguaty, al noreste del país, durante una ocupación de campesinos sin tierra, Lugo fue echado en siete días de la residencia gubernamental Mburuvicha Róga (Casa del Jefe, en guaraní).

Más allá de su aislamiento, acentuado por su falta de salida al mar, Paraguay es el cuarto exportador mundial de soja y el sexto de oleaginosa. El reparto de la tierra, inscripto dentro del prontuario de arbitrariedades y violaciones de los derechos humanos de Stroessner entre 1954 y 1989 y también después, contempla miles de adjudicaciones irregulares de las llamadas “tierras mal habidas”. Por ellas reclaman los campesinos, desencantados con Lugo por no haber podido remediar su precaria situación ni aumentarles los impuestos a los terratenientes.

Curiosamente, la expeditiva salida de un presidente más cercano a la izquierda que cualquiera de los anteriores le permitió a Venezuela enrolarse como socio pleno del Mercosur. Su ingreso estaba trabado en el Senado paraguayo, donde no había sido ratificado el tratado de adhesión. En represalia contra el gobierno de Franco, considerado de facto, o en beneficio de Hugo Chávez, los presidentes del bloque regional decidieron de buenas a primeras ir por la libre con la aprobación. ¿Qué ocurrirá ahora? Que el gobierno de Cartes, bendecido por la democracia, pedirá la revisión de la medida, antes sujeta a la aceptación unánime de los Estados miembros.

En Paraguay era cuestión de patear la pelota hacia adelante. Si de eso se trataba, los paraguayos no han tenido otra alternativa. El candidato liberal, Efraín Alegre, ex ministro de Obras Públicas durante el gobierno de Lugo que luego le bajó el dedo, contaba con el llamado “voto útil” de la Unión de Colorados Éticos (Unace). Es el partido del general Lino Oviedo, fallecido el 2 de febrero en un accidente con su helicóptero. No le alcanzó a Alegre en un país que no coincide con su apellido en el cual, más allá de que se hayan medido sus dos partidos tradicionales como favoritos, viejos atajos de la política aún facilitan los votos a pesar del despliegue de meticulosos observadores internacionales.

En agujero del mapa, Oviedo había participado del golpe contra Stroessner y había estado involucrado en un conato de golpe contra el presidente Juan Carlos Wasmosy y en el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña, así como en una masacre conocida como Marzo paraguayo. En este abril, la victoria de Cartes confirma la regla: no hubo derecha ni izquierda, sino una pelea pura y dura por el poder. Durante la campaña no se ahorraron insultos. De Cartes dijo Alegre que “es la reafirmación del modelo del contrabando, la mafia, la piratería”. De Alegre dijo Cartes que no podía “seguir manejando como privado el dinero público”.

Nada nuevo bajo el sol, excepto el regreso sin gloria de los mejores alumnos de la vieja escuela.



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