Heredarás la guerra




Ben Laden proclamó el liderazgo de Al-Zarqawi en Irak e instó a boicotear las próximas elecciones de ese país y de Palestina

En enero de 2004, los kurdos interceptaron una carta de Abu Mussab al-Zarqawi; estaba dirigida a Osama ben Laden. Le proponía expandir la red Al-Qaeda en Irak, fomentado una guerra sectaria entre sunnitas y chiítas. El caos, digamos.

No obtuvo respuesta inmediata. Su devoción por la jihad (guerra santa) se vio premiada casi un año después: el mentor de la voladura de las Torres Gemelas exaltó su valor en la cruzada contra los infieles. Entre ellos, el contratista norteamericano Nicholas Berg, decapitado por él mismo frente a las cámaras en mayo de 2004. Iba a ser el primero de una serie de secuestros, torturas y asesinatos después de haberse atribuido en agosto de 2003 el atentado contra la sede de las Naciones Unidas, en Bagdad, en el que murió Sergio Vieira de Mello, enviado especial de Kofi Annan.

En aquella carta, en la cual consignó 25 atentados suicidas en Irak, confesaba Zarqawi, de unos 38 años, que no se sentía digno de desafiar a Ben Laden. No parecía tratarlo como a un líder, sino como a un hermano musulmán o, acaso, como a un virtual competidor. Le daba la opción de “trabajar bajo su estandarte y obedecer sus órdenes” o conservar la amistad a pesar de las diferencias.

Las diferencias databan de Afganistán, nido del régimen talibán, en donde Zarqawi combatió a los soviéticos, como Ben Laden mientras prestaba servicios para la CIA, pero, al parecer, fracasó en el examen de ingreso en Al-Qaeda. Fundó entonces, después de haber purgado cinco años en prisión en su Jordania natal por un atentado fallido contra el edificio del servicio de inteligencia y la embajada norteamericana en Ammán, el grupo Tawhid y Jihad (Monoteísmo y Guerra Santa), amenaza constante de las tropas y los civiles extranjeros en Irak, así como del gobierno interino de Iyad Allawi.

Contra ellos instó a luchar Ben Laden en su último discurso, ofuscado por la omisión del islam como única fuente de la legislación de Irak después del derrocamiento de Saddam Hussein. De ahí, su llamado al boicot para las elecciones del 30 de enero, pautadas por el ex administrador norteamericano Paul Bremer, y su proclamación del “hermano luchador Abu Mussab al-Zarqawi” como “jefe de Al-Qaeda en el país de la Mesopotamia”, razón por la cual, “por su bien, los hermanos de la organización deben escucharlo y obedecerle”.

¿Fue una concesión? En Zarqawi encontró Ben Laden a su príncipe. O, tal vez, al emisario de sus puntuales apariciones en vísperas de elecciones, como en las españolas (con los atentados de Atocha), en las norteamericanas (con un discurso de igual cuño que terminó favoreciendo a su declamado enemigo George W. Bush), en las palestinas (las primeras después de la muerte de Yasser Arafat, previstas para el 9 de enero) y en las iraquíes.

En todos los casos, las palabras han sido las mismas: “Deben continuar con los atentados suicidas; estas operaciones contribuyeron considerablemente a aterrorizar al enemigo, a sembrar confusión en sus filas y a hacer fracasar sus planes”. Los blancos también han sido los mismos: Arabia Saudita, Kuwait, Jordania y Turquía, entre otros.

Ha crecido la lista de “agentes infieles”: Allawi, Mahmud Abbas (candidato palestino), Hamid Karzai (presidente de Afganistán), Hosni Mubarak (presidente de Paquistán) y la monarquía saudita, tildados de “apóstatas”. Y, a su vez, ha crecido el miedo frente al terrorismo: en España detonan explosivos en trenes repletos, en Irak secuestran y decapitan civiles, en Israel se inmolan en autobuses y bares, y en Rusia no vacilan en tomar rehenes en un colegio primario.

La elección de los blancos blandos o débiles ya no repara en los tabúes frecuentes (no siempre respetados), como las mujeres y los niños. Del otro lado, las vejaciones de prisioneros iraquíes en Abu Ghraib y el limbo legal de los detenidos afganos en Guantánamo tampoco han dejado mucho resquicio para educar con el ejemplo.

En los sesenta, los terroristas árabes secuestraban aviones; la diferencia con Al-Qaeda radicaba en que pretendían salir con vida una vez satisfechas sus demandas. En los setenta, el IRA utilizaba coches bombas en Gran Bretaña e Irlanda del Norte, al igual que ETA en España. En los ochenta, los chiítas libaneses proiraníes tomaban rehenes. En los noventa, los atentados apuntaban contra embajadas y edificios públicos. En 2001, la inmolación usual en Medio Oriente alcanzó a los Estados Unidos: “Feliz aquel que participa con su alma y su dinero de esta guerra, y que nos proporciona a sus hijos”, según Ben Laden.

Hasta ese momento, Zarqawi (Hamid Fadeel al-Khalayleh, en realidad) era un terrorista de corto vuelo: asediaba turistas israelíes y norteamericanos en Jordania. Cobró altura poco antes de la invasión de Irak, en febrero de 2003: el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, cometió el error de llamarlo “socio y colaborador” de Ben Laden y de creer que era “el siniestro nexo” entre la red y Saddam. Nexo nunca demostrado, así como una intervención quirúrgica realizada en Bagdad, después de la guerra en Afganistán, en la cual dijeron que debieron amputarle una pierna; la CIA comprobó en el video de la decapitación de Berg que tenía las dos, intactas.

Su cabeza, no obstante ello, pasó a valer 10 millones de dólares para el gobierno de Bush, cotización elevada después al precio del kilo vivo de Ben Laden: 25 millones.

Zarqawi, con un sitio propio de internet, se ha valido de los medios de comunicación como ningún otro terrorista. Los miembros de Tawhid y Jihad, asociados con otros grupos, como Ansar al-Islam, se resistían a formar parte de Al-Qaeda. Discrepaban con el objetivo primario: no debían ser los norteamericanos, considerados “enemigos lejanos”, sino los jordanos y los judíos. De ahí, las diferencias con Ben Laden mientras coincidían en Afganistán.

Hasta que anunciaron que “Tawhid y Jihad, su príncipe y sus soldados, han declarado su obediencia al líder Osama ben Laden”. Amer al-Azizi, marroquí, de 36 años, lugarteniente de Zarqawi, organizó en España la reunión en la que Mohamed Atta y otros miembros de la red rubricaron el plan para el 11 de septiembre de 2001 y, después, obró de puente con Zarqawi para los atentados de Atocha, el 11 de marzo de 2004.

En febrero de 2002, una corte jordana condenó a Zarqawi, en ausencia, por un atentado fallido contra turistas norteamericanos e israelíes; había sido coordinado con Abu Zubaydah, hombre de Al-Qaeda. En otro juicio, también en ausencia, fue hallado culpable del asesinato del diplomático norteamericano Laurence Foley en Ammán. En su prontuario iban a figurar vínculos con grupos afines en Turquía, en donde atentaron contra una sinagoga en noviembre de 2003, y con los rebeldes chechenos, autores de la masacre del colegio de Beslán.

En su credo, “la religión es más valiosa que nada y tiene prioridad sobre la vida, la salud y los niños”. En la prisión de Swaqa, al borde del desierto, pasaba horas inclinado sobre un ejemplar del Corán: procuraba memorizar sus 6236 versículos. La jihad, a sus ojos, recobró la gracia en Irak, enclavado entre precintos sagrados: Arabia Saudita y la mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén, piedra de toque de la segunda intifada desde septiembre de 2000. Piedra de toque, también, de  un príncipe que se inventó a sí mismo con la mano derecha. Con ella, sólo utilizada para estrecharla y, a la usanza árabe, para comer, decapitó a Berg; con la izquierda, curiosamente, escribió, y firmó, la carta para Ben Laden.



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