Cumbres borrascosas




Jiang Zemin quería dar una buena impresión. La mejor posible. No fuera que Bill Clinton se llevara una postal distorsionada de China. País respetuoso de las libertades individuales, por cierto. Tanto que el régimen comunista, con tal de no incomodarlo en su primera visita, a mediados del año pasado, detuvo a algunos de los disidentes que intentaban plantearle un asunto tan superfluo como la apertura democrática. Una herida abierta, o una cuenta pendiente, desde la masacre de la plaza Tiananmen, en 1989.

Es, más o menos, lo mismo que pretende Fidel Castro, en Cuba, durante la IX Cumbre Iberoamericana: tapar la realidad con un dedo. Es decir, que los disidentes no incomoden a los  mandatarios extranjeros con trivialidades, como la democracia, mientras pronuncian discursos que promueven bostezos y firman documentos que no leen sobre tópicos de tanta envergadura como el efecto de la globalización en la vida moderna. O, acaso, la importancia del agua en la navegación.

A tal extremo puede llegar la farsa, en algunos casos, que Castro se comprometió hace unos años, en una de estas cumbres, a respetar la democracia, el Estado de Derecho y el pluralismo político. Tanto hizo por ellos que perdura en sus dominios la purga para todo aquello que no tenga el color político del gobierno, según el informe anual de Human Rights Watch. La llaman delito de propaganda enemiga.

La democracia según Castro no es la democracia según Carlos Menem (ausente con aviso en la Cumbre, solidario con su par chileno, Eduardo Frei, por la detención de Pinochet en Londres por orden de la justicia española). Ni es la democracia según Hugo Chávez o según Alberto Fujimori, con los bemoles que pueda tener en Venezuela, por la posibilidad de que el presidente se perpetúe en el cargo hasta el 2013, o en el Perú, por la posibilidad de que el presidente insista con un tercer mandato que tiene vedado.

A Castro, siempre víctima, nunca victimario, le vino de perillas que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) haya renovado en vísperas de la Cumbre, por octavo año consecutivo, la condena contra el embargo comercial que mantienen los Estados Unidos sobre sus costas desde los tiempos de Kennedy. Es el único mandamás latinoamericano que ha sobrevivido, en las últimas cuatro décadas, a todos los presidentes norteamericanos y que, coherente consigo mismo, no ha dejado de achacarles sus quebrantos. De ahí que los gatos cubanos sean también únicos y maúllen distinto: “¡Miaaami!”.

Miami, precisamente, se ha transformado de refugio de balseros en polo de poder. Y ese polo de poder, personificado por años en el clan Mas Canosa, se rehúsa a negociar un centavo con Cuba mientras Castro siga en pie, o vivo, a pesar de que sus familiares hayan quedado anclados en la isla.

En la dureza se asienta el embargo. Pero el embargo en sí ha demostrado que tuvo más efecto boomerang que otra cosa, permitiéndole a Castro ampararse en él con tal de seguir adelante con sus planes. Lo condenaron casi todos, hasta el Papa en la visita que hizo a la isla en enero de 1998, pero no cambió en absoluto.

Peor aún: el derribo de una avioneta de la organización humanitaria Hermanos al Rescate, en 1996, derivó en su endurecimiento, vía ley Helms-Burton, circunstancia que benefició a Clinton en el raíd de las elecciones primarias en busca de su reelección mientras, al mismo tiempo, Henry Kissinger y otros republicanos emprendían una vana cruzada con tal de aliviarlo y de permitir que empresarios norteamericanos pudieran invertir en la isla.

Por el embargo, Cuba exige a los Estados Unidos una indemnización de 181.000 millones de dólares. Una cifra astronómica que, en principio, está condenada a naufragar como muchos de los balseros que se exponen a ser carne de tiburones en su azaroso derrotero por el Caribe rumbo a Miami. En donde, por si fuera poco, no son recibidos con flores y ron.

Castro teme ahora que la Cumbre se le vaya de las manos. Que los disidentes se reúnan finalmente con los mandatarios extranjeros. Que echen todo a perder. Es un riesgo, claro, pero ninguno de sus huéspedes, salvo que prime en ellos la amistad o la deuda personal con el anfitrión sobre otros valores, parece compartir el concepto de democracia que impera en la isla.

Así como es un riesgo que sus huéspedes, distraídos, se pierdan la impactante teoría Castro sobre la globalización: “Que cada cual se enfrente según su conciencia a las cifras irrebatibles y las realidades palpables que demuestran el desarrollo acelerado de una especulación financiera universal e insostenible, la vulnerabilidad creciente de las economías, la destrucción de la naturaleza, el porvenir incierto y el abismo a que nos conducen el neoliberalismo ciego e incontrolable y un globalismo aplastante y brutal, bajo la égida de la potencia más poderosa y egoísta de la historia”. Los Estados Unidos, por supuesto.

En el medio, como si nada, prevalecen curiosidades, o paradojas, mientras Berlín sigue festejando, diez años después, la caída del Muro. La globalización es, en realidad, puro desconcierto. Quedó claro en la Internacional Socialista. Y, antes, durante la gira de Zemin por Londres y París: líderes democráticos como Tony Blair y Jacques Chirac debieron avalar la represión policial contra gente que expresaba su malestar por la presencia del presidente chino.

Campea algo así como una doble moral, en especial después de la lección de derechos humanos que quiso dar la alianza atlántica (OTAN) en Kosovo. Zemin, sí; Milosevic, no.

En América latina, Castro y Pinochet no son iguales, pero, en el fondo, comparten horrores. Uno, por ser de izquierda y permanecer en el poder, aún puede ir de aquí para allá y oficiar de anfitrión de presuntos pares surgidos de otro modo; el otro, por ser de derecha y ostentar un título hecho a medida, senador vitalicio, tiene Madrid, no Santiago, como destino casi fijo o final de carrera.

¿Es más odioso Pinochet que Castro? Tal vez, pero la tortura en Cuba no parece ser cosa del pasado, como en Chile. El reporte de Human Rights Watch señala, por ejemplo: “Las autoridades penitenciarias insistieron en que todos los detenidos (por razones políticas) participaran en sesiones de reeducación política, como gritar ¡Viva Fidel! o ¡Socialismo o muerte!”. ¿Importa acaso que la tortura provenga de la derecha o de la izquierda? Es tortura a secas. Y duele del mismo modo. Por más que Castro, como Zemin, no quiera incomodar a sus huéspedes.



1 Comment

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