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Fiel a su manual de estilo de máxima presión y plazos de ultimátum, Donald Trump ha forzado una frágil tregua de dos semanas con Irán. En realidad, algo más parecido a un castillo de naipes en medio de un torbellino que a un cese del fuego real. El mediador inesperado, Pakistán, único país musulmán con poderío nuclear, se apuntó el presunto éxito diplomático con la ayuda discreta de China mientras Israel, excluido del acuerdo, bombardeaba zonas densamente pobladas de Líbano en el afán de repeler a Hezbollah y de anexar de facto parte de ese territorio.
De prometer que “la ayuda está en camino” a la decisión de cañonear Irán hasta devolverlo a la Edad de Piedra y anunciar que «toda una civilización morirá esta noche», Trump intentó vender una victoria estratégica. Los objetivos militares, según él, habían sido superados a pesar de los kilos de uranio enriquecido bajo siete candados en las bóvedas iraníes y de la tímida apertura del estrecho de Ormuz, cerrado nuevamente. Ambas condiciones, inaceptables para Irán, llevaron a Benjamin Netanyahu a responder con saña contra Líbano mientras el régimen teocrático insistía en atacar a sus vecinos árabes.
En ese juego de realidades paralelas y contradictorias, Irán ha descubierto que posee la llave del grifo energético mundial y, sorprendentemente, Trump parece dispuesto a discutir el peaje en el paso internacional. La dictadura de los ayatolás, más dura de roer que los colectivos chavistas de Venezuela, sale del estallido con una carta más fuerte que su programa nuclear: la capacidad probada de asfixiar a la economía global en su punto más sensible. Seis semanas de guerra no lograron el cambio de régimen, a pesar del malestar social por la inflación y la represión desde finales de 2025, ni la destrucción de sus milicias aliadas.
El alto el fuego puso en un aprieto a Netanyahu para explicar por qué no había sido incluido
Después de las reiteradas amenazas de Trump desde el comienzo de las hostilidades, el 28 de febrero, con la eliminación del líder supremo, Alí Khamenei, como primer paso, Irán se burla ahora de Trump con el acrónimo por el cual siente “repugnancia”: TACO. No proviene del plato mexicano, sino de “Trump always Chickens Out”. En español, “Trump siempre se acobarda”. Lo acuñó Robert Amstrong, columnista del Financial Times, cuando reboleaba aumentos de aranceles para todo el mundo, luego descafeinados. Lo reflotó la oposición demócrata cuando juraba que Groenlandia iba a ser de Estados Unidos a comienzos de 2026.
El alto el fuego, pactado in extremis, puso en un aprieto a Netanyahu para explicar en la Knesset (Parlamento) por qué no había sido incluido. Sobre todo, si el primer ministro israelí convenció a Trump de involucrarse en una guerra ajena contra una tiranía que, más allá de sus consignas contra El Gran Satán desde la Revolución Islámica de 1979, no representaba una amenaza para Estados Unidos. La base MAGA, reacia a involucrarse en conflictos extranjeros, quedó perpleja mientras fermenta la inflación en Estados Unidos por la suba del precio de la gasolina a causa del conflicto. Otro punto en contra en un año electoral.

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