El peor amigo de mi mejor enemigo




Las sospechas sobre el presidente electo de Irán ponen en un aprieto a Bush, jaqueado por Irak y concentrado en Medio Oriente

En perspectiva, Irán iba a ser una bomba de tiempo. Una bomba atómica, en realidad. Sobre todo, porque iba a terminar el gobierno reformista de Mohamed Khatami, más allá de las sospechas por su respaldo al terrorismo y por sus instalaciones nucleares. Eran sospechas más fundadas que el arsenal de armas de destrucción masiva en poder de Irak. Pero faltaba mucho para las elecciones, faltaba menos para las legislativas de los Estados Unidos y faltaba nada para derrocar a Saddam Hussein. Faltaba más, señor presidente: gracias a la guerra, la democracia iba a prender en el mundo árabe como cactus en el desierto.

Prendió tímidamente. No en forma abrupta, como pretendía George W. Bush. En el ínterin murió Yasser Arafat, Siria debió terminar de apuro la ocupación militar del Líbano a raíz del asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri e Israel comenzó a retirarse de la Franja de Gaza. No hubo, sin embargo, un cambio de mentalidad más rápido que el movimiento de las agujas del reloj. Hubo un repliegue hacia adentro, hacia lo conocido, en lugar de una apertura hacia un estadio desconocido cuyo único rostro en la región eran los soldados norteamericanos, las vejaciones de iraquíes en Abu Ghraib y los traslados de talibanes al limbo legal de Guantánamo.

De ahí, la victoria de un ultraconservador como Mahmoud Ahmadinejad en la segunda vuelta de las elecciones de Irán. La victoria, curiosamente, del peor amigo del mejor enemigo de Bush: la resistencia iraquí. La victoria, en principio, de un fundamentalista ignoto (ganó la alcaldía de Teherán el 3 de mayo 2003, poco después de que estallara la guerra de la coalición contra Irak) que había participado desde el 4 de noviembre de 1979 hasta el 20 de enero de 1981 de la toma de la embajada norteamericana en Irán en demanda de la entrega del depuesto sha Mohammed Reza Pahlavi (protegido de los Estados Unidos) para que fuera juzgado en su país.

El final de aquella odisea, traba para la reelección de Jimmy Carter por haber fallado en una expedición militar que iba a liberar a los 52 rehenes, coincidió con la asunción de Ronald Reagan, republicano de culto. Y coincidió con la revolución islámica del ayatollah Khomeini, germen de hostilidad profunda entre el fundamentalismo islámico y los gobiernos occidentales, especialmente el norteamericano. Y coincidió, también, con la guerra que libró Irán contra Irak hasta 1988.

Con Khatami, Irán no ha vacilado en denostar al Gran Satán, pero, en privado, se mostró neutral durante la persecución del régimen talibán en Afganistán y la invasión en los dominios de Saddam, su viejo rival. Le convenía, en definitiva. Con la victoria de Ahmadinejad, señalado por rehenes norteamericanos memoriosos como uno de los cabecillas de aquellos dramáticos 444 días, Irán no ha vacilado en demostrar que, con el apoyo de los clérigos y del ejército, recobrarán fuerzas los Guardianes de la Revolución en defensa de sus valores y de su petróleo (es el segundo productor mundial de crudo).

A su vez, las negociaciones con Alemania, Francia y Gran Bretaña por el desmantelamiento de las instalaciones nucleares, resguardadas por misiles balísticos capaces de alcanzar a Israel y la mayoría de las bases norteamericanas en la región, serán más difíciles que capturar a Osama ben Laden.

Un año después del traspaso del poder militar al poder civil en Irak, Bush dijo en el discurso que pronunció en Fort Bragg, Carolina del Norte, rodeado de militares, sus únicos incondicionales, que no iba a ceder el futuro de Irak a Abu Musab al-Zarqawi ni el futuro de Medio Oriente a Ben Laden. ¿Cederá el futuro de Irán a un populista intransigente como Ahmadinejad, segundo en importancia después del ayatollah Ali Khamenei, guía supremo de la Revolución?

Antes de las elecciones, Bush estaba persuadido de que, cualquiera que fuese el resultado, Irán iba a ser una bomba de tiempo. Una bomba atómica, insisto. El proceso en sí había estado empantanado por irregularidades diversas, alentadas por los Guardianes de la Revolución. Es decir, por los partidarios de Ahmadinejad. Era segundo en las apuestas frente al ex presidente reformista Hashemi Rafsanjani, con más votos que él en la primera vuelta. Fallaron las apuestas, empero. O no contaron con las denuncias no atendidas de trucos sucios.

En la campaña, el peor amigo del mejor enemigo de Bush, decidido a preservar la Revolución al extremo de desmantelar la primera campaña publicitaria desde 1979 que mostraba los atributos de un occidental (el futbolista británico David Beckham, concretamente), de imponer la barba y las camisas de mangas largas y de prohibir las comidas rápidas, prometió instaurar una sociedad islámica ejemplar y poderosa, preservar el petróleo como parte del patrimonio nacional y continuar con sus instalaciones nucleares.

En funciones desde el 2 de agosto, sólo una crisis interna, o un golpe de Estado, podría detenerlo. ¿Serían capaces los Estados Unidos de involucrarse en un complot de ese tipo, más propio de la Guerra Fría que de la globalización? En mente de nadie, al menos por ahora, figura una solución al estilo Irak. En especial, por el resultado incierto de la guerra (el último campo de batalla, según Bush) o, acaso, por no estropear aún más su decaída imagen en el exterior.

Con el fútbol, o la diplomacia del fútbol, quiso acercarse el actual presidente, Khatami, a los Estados Unidos; Bill Clinton era aún presidente. Ambos seleccionados jugaron un partido en Francia, en el Mundial de 1998, que Irán, más allá de que haya ganado 2 a 1, quiso capitalizar como un gesto político de acercamiento.

Cuatro años después, en el Mundial de Corea-Japón, Beckham se perfilaba como el nuevo icono de la globalización: su corte de pelo estilo mohicano era incorporado por adolescentes de Tokio, Bangkok y otros sitios remotos. Contra ello, precisamente, se pronunció Ahmadinejad, el único candidato que, en la campaña, habló en contra de las relaciones con los Estados Unidos por temor, en principio, a una virtual contaminación de la cultura islámica y en contra, también, de las Naciones Unidas.

Presos políticos, por ejemplo, no hay en Irán; los hay, repuso, en los Estados Unidos. En la campaña no planteó una revolución nacional, sino mundial. Hijo de herrero, sin cuchillo de palo, Ahmadinejad se enroló en 1986 en el cuerpo de la guardia islámica revolucionaria. Ejecutó operaciones secretas durante la guerra de Irán contra Irak; antes había participado de la toma de la embajada norteamericana.

Khatami, enfrentado con él, bloqueó su ingreso en las reuniones de la Cámara de Ministros, privilegio habitualmente concedido a los alcaldes de Teherán. En ese cargo, una de sus primeras acciones fue asumir la dirección del periódico Hamshahri: despidió de inmediato al editor, Mohamed Atrianfar; luego iba a despedir a su sucesor, Alireza Sheik-Attar, ex viceministro de Cultura y Guía Islámica, por no apoyarlo en las elecciones. Las libertades de expresión y de prensa no son su fuerte, desde luego.

Su fuerte reside en el petróleo, como fuente de ingresos, y en otros dos factores preocupantes para Bush: las sospechas por su respaldo al terrorismo, incluida la resistencia iraquí, y por sus instalaciones nucleares en un mundo que, más allá de los buenos deseos de democracia, está minado de autocracias. El reloj, por más que uno intente adelantarlo, avanza segundo tras segundo. Lentamente. En Irán atrasa: da la hora Khomeini, cual bomba de tiempo. Atómica, creo yo.



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