Segundo mandamiento: no desconfiarás de mí




La alta participación de los iraquíes en las elecciones sirvió para que Bush elevara la apuesta por la democracia en Medio Oriente

Prudente nunca ha sido. Menos iba a serlo ahora, reconciliado en parte con el espejo y, sobre todo, con aquellos que no toleraron sus arrebatos después de la guerra en Afganistán. En Irak, George W. Bush recreó uno de los estigmas de Vietnam: “Tenemos que destruir la villa para poder salvarla”, de modo de “ganar los corazones y las mentes”. ¿Era el deseo de los iraquíes, por más valentía que hayan demostrado con su elevada participación en las primeras elecciones después de la era Saddam Hussein? Querían deshacerse de él, desde luego, pero ignoraban el precio. Es decir, la transición de una dictadura a un lío.

De ese lío no sólo pretenden salir ellos, incómodos con la ocupación extranjera y con la irrupción terrorista, sino, más que nadie, los norteamericanos. Pero Bush, entonado con la reelección en casa y con la elección fuera de ella, ha seguido adelante con sus planes: extender la democracia en los países árabes. Y no ha vacilado en lanzar advertencias contra Irán (alentó a su pueblo a derrocar al régimen) y contra Siria (acusó al gobierno de usar al Líbano como plataforma desestabilizadora), así como contra Arabia Saudita y contra Egipto, aliados en situaciones difíciles. Los instó a respaldar su causa en el virtual acuerdo entre israelíes y palestinos.

Si Irak fuera el paradigma, la secuencia no variaría demasiado: los gobiernos de Francia, Alemania y Gran Bretaña, entre otros, han procurado persuadir al régimen de Irán sobre el peligro de su programa de armas nucleares; ¿yo, señor?, no, señor, obtuvieron como respuesta; aténganse a las consecuencias, ha sido la réplica.

Aténganse, entonces, a la posibilidad de que Donald Rumsfeld recargado, con mayor poder en el Pentágono, ejecute órdenes supremas después del eventual fracaso de la diplomacia frente a la tozudez de los mullahs, considerados enemigos de los Estados Unidos y de Israel, y la ansiedad de muchos iraníes de liberarse de ellos.

Desde 2002, Irán forma parte del eje del mal con Irak y con Corea del Norte. Desde antes figura en la lista negra de países que apoyan organizaciones terroristas; entre ellas, palestinas e islámicas. Más bosques busca uno, más lobos encuentra, sin embargo: de los atentados de Osama ben Laden pasamos a la tiranía de Saddam y, con él fuera de juego, a las decapitaciones de Abu Musab al-Zarqawi.

Hasta el discurso del Estado de la Unión, el primero de Bush en su segundo período, el debate no giraba alrededor del ingreso en Irán, sino de la salida de Irak, en donde la mayoría chiita, encabezada por el gran ayatollah Alí al-Sistani, alentó a la gente a votar por un gobierno libre. Libre, en especial, de sunnitas, nostálgicos de Saddam, y de kurdos.

¿En qué medida apuntala la democracia el paradigma de Irak si, en medio de una guerra civil como correlato de la invasión extranjera, alienta la creación de una mayor fragmentación étnica y religiosa, como en la vieja Yugoslavia? La vieja Yugoslavia, dominada por un déspota como Slobodan Milosevic, requirió los bombardeos de la alianza atlántica (OTAN) para frenar las limpiezas étnicas en Kosovo.

En otros tiempos, la reina Cristina de Suecia mandó construir un cañón con el cual solía disparar balas diminutas a las pulgas e Iván el Terrible, zar de Rusia, ordenó matar un elefante porque no le había hecho reverencia. Frente a las causas fallidas de Irak, empezando por las informaciones falsas sobre las armas de destrucción masiva, y el rechazo a la guerra de gobiernos no sospechosos de apañar terroristas, Bush desplazó sus cañones (contra una pulga como Saddam) y, en sentido figurado, ordenó matar elefantes (Francia y Alemania, entre ellos). Era el primer mandamiento de su primer período: ante la duda, no vacilarás en atacar.

Después, encerrado en su juego de hacer prevalecer el patriotismo frente a las Naciones Unidas en vísperas de calar hondo entre grupos nacionalistas y religiosos norteamericanos en su campaña por la reelección, procuró abrir una hendija hacia la participación en la reconstrucción de Afganistán y de Irak. De ahí, la virtual reconciliación con España: José Luis Rodríguez Zapatero, cara y ceca con José María Aznar, cumplió con su promesa de retirar las tropas de Irak; ahora, encantado por el coraje de los iraquíes en las urnas, se mostró dispuesto a formar policías, jueces y funcionarios de ese país.

Antes, por más que las elecciones hayan sido obra de la resolución 1546 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por la cual votó su gobierno, Rodríguez Zapatero era escéptico. Tan escéptico que, en su afán de legitimarse frente a un pueblo sacudido por los atentados de Atocha, no apostaba medio euro por un desenlace positivo en un escenario tan negativo.

¿El tiempo terminó dándole la razón a Bush? No la razón, sino, al menos, el rédito político de la crisis que fabricó: “No creían en mí, muchachos –pudo haber refutado a sus detractores–. Ni en mí, ni en el pueblo iraquí, protagonista de una ejemplar fiesta democrática”. En saco roto quedaron, entre otros detalles, los 9000 millones de dólares repartidos por la antigua administración norteamericana de Irak, llamada Autoridad Provisional de la Coalición (CPA), entre funcionarios fantasmas de ministerios iraquíes. El dinero provenía del programa Petróleo por Alimentos, de las Naciones Unidas.

Frente al dilema planteado por el vecino Irán, la estrategia no ha cambiado: el gobierno norteamericano, abatido por los avances escasos frente a la evidencias de cooperación paquistaní en el diseño de la bomba más temida, recurrió a los europeos. Estaba agotada la instancia de la Agencia Internacional de Energía Atómica. La mediación no satisfizo al gobierno de Ariel Sharon, siempre temeroso de que los misiles alcancen su territorio, pero reflotó la vía diplomática ante la movida más costosa: otra guerra.

La cara oculta de la guerra en sí, redefinida como guerra preventiva, es el daño infligido a quienes uno quiere defender o liberar, como en Vietnam. Lo cual, al igual que en Kosovo, provoca daños colaterales. En cantidad de muertos, más de cuatro Torres Gemelas cayeron en Irak, así como más de 1400 soldados norteamericanos y otros tantos de la coalición. Las batallas contra la milicia de Moqtada al-Sadr y el espanto de la cárcel de Abu Ghraib contribuyeron a fomentar el rechazo a la ocupación.

Más libertad ha implicado, en el tránsito, mayor inseguridad. Inclusive para los norteamericanos, atemorizados por las armas de destrucción masiva, primero, y por las réplicas a raíz de la invasión, después. Atemorizados por un presidente que ha sido más eficaz en crear crisis que en manejarlas: “Los terroristas nunca dejan de pensar nuevas formas de dañar a nuestro pueblo y a nuestra gente; nosotros, tampoco”, dijo el 5 de agosto de 2004.

Reconciliado en parte con el espejo y con los demás, Bush fraguó el segundo mandamiento como prólogo de su segundo período: no desconfiarás de mí. Dios nos pille confesados.



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