Es la economía, muchachos




Países como Francia y Alemania han sido las principales fuentes de financiación de los enemigos de los Estados Unidos

Es la economía, estúpido. ¿Volvió Bill Clinton? Calma, republicanos: George W. Bush no ha incurrido en el llamado haiku de George Stephanopoulos para la campaña demócrata de 1992, pero tampoco ha soslayado esa fórmula desde que empezaron los tironeos con la vieja Europa por el destino de Saddam Hussein: en el primer trimestre de 2003, los bancos franceses eran los principales prestamistas de Irak, Irán y Cuba, y los bancos alemanes eran, a su vez, los principales prestamistas de Corea del Norte, Libia y Siria. Ergo, de los enemigos de los Estados Unidos. Del eje del mal y compañía, en definitiva.

De ahí, más allá de la discusión entablada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por la legalidad de la guerra, la renuencia del gobierno norteamericano a convalidar los reparos de Jacques Chirac y de Gerhard Schrsder ante una amenaza que, como muchos, no creían urgente. Y de ahí, una vez capturado Saddam, el apuro de ambos por atar una reducción sustancial de la deuda externa de Irak con James Baker, secretario de Estado de papá Bush y enviado especial del actual Bush, en cuanto el virrey Paul Bremer resumió en dos palabras el desenlace: «Lo tenemos».

Las dos palabras demandaron dos días. En dos días, apenas, Chirac y Schrsder dejaron de lado las diferencias, contentándose y congratulándose mutuamente por la suerte de Saddam con el mismo fervor que Tony Blair y José María Aznar, y cerraron trato con Baker para la renegociación de la deuda de Irak en el Club de París (formado por 19 países acreedores). Tomó la iniciativa el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Dominique de Villepin, de común acuerdo con el Mouvement des Entreprises de France (Medef). La unión industrial francesa, digamos. Esperanzado su presidente, Ernest-Antoine Seilliére, en que el gobierno norteamericano permita, finalmente, que las empresas francesas participen de la reconstrucción de Bagdad y alrededores.

Es la economía, muchachos. Con contratos sabrosos, del orden de los 18.600 millones de dólares, de los cuales han quedado excluidos Francia, Alemania y Rusia, entre otros opositores a la guerra, por decisión de Bush. No estuvieron con nosotros, según el léxico usual desde la reformulación de la doctrina de seguridad nacional.

La realpolitik, empero, ha precipitado todo. La captura de Saddam, el domingo, coincidió con la víspera del plazo establecido por la resolución 1511 del Consejo de Seguridad: el gobierno provisional de Irak, designado bajo la mirada atenta de Bremer y las instrucciones precisas de Bush, debía presentar el lunes una agenda tentativa que contemplara el nuevo texto constitucional y la convocatoria a elecciones.

Saddam, si de teorías conspirativas se trata, bien podía estar guardado en una caja, o encerrado en el hoyo en el cual resultó hallado, hasta que el calendario apresurara su súbita aparición. Tan impactante, con su patético aspecto de vagabundo mientras era examinado como un caballo por un médico (¿o un veterinario?), como sospechosa. En especial, después de las revelaciones sobre los cobros excesivos de Halliburton y de otras contratistas norteamericanas en Irak. ¿Por qué no liar una cosa con la otra? A un país petrolero han exportado gasolina a precios exorbitantes, extrañamente exorbitantes, gracias a los oficios de una familia prominente de Kuwait (agradecida por la liberación en 1991, desde luego).

Las condiciones de los comedores del ejército norteamericano, administrados por Halliburton, eran, según el Pentágono, tan deplorables como las barbas de Saddam. El pavo que llevó Bush en el Día de Acción de Gracias debía ser indefectiblemente de plástico, de modo de no culparlo de malestares posteriores de la tropa. Es broma. De la empresa en cuestión, por medio de una subsidiaria, ha formado parte Dick Cheney, el vicepresidente. Y eso no es broma.

Como tampoco es broma que los bancos franceses eran, antes de la guerra, los principales prestamistas de entidades establecidas en países con gobiernos de dudosos modales y frondosos prontuarios: 415 millones de dólares para Irak, 549 millones de dólares para Cuba y 2554 millones de dólares para Irán, según informes del Bank for International Settlements (BIS), de Basilea, desmenuzados por el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, de Madrid. Informes que, sintetizadas las operaciones de 27 países, suponen el 95 por ciento de la actividad bancaria internacional.

Desde su detención, Saddam pasó a ser un trofeo de guerra, más que un prisionero. Malogrado, quizá, por no haber sido hallado en un sitio más decoroso. Más acorde con las circunstancias: repleto de computadoras, teléfonos satelitales, mapas tridimensionales y guardaespaldas corpulentos, de modo de acusarlo de los atentados cometidos por la resistencia iraquí. ¿Qué encontraron los 600 soldados asignados para la misión? Un tirano vitalicio venido a menos que, en tiempos de bonanza, dormía en camas distintas, nunca en sus palacios, y que, aquejado por una luxación de disco, debía nadar en piscinas apenas abría un ojo. Que recibía por avión alimentos frescos (langostas, camarones, pescados, carnes magras y productos lácteos), examinados por sus científicos antes de picotearlos con un poco de vino. Otra de sus debilidades, reñida con el islam.

Lejos estuvo su captura, por sorprendente que haya sido, de justificar la guerra o de pavimentar el camino hacia la paz y la estabilidad de Irak durante la ocupación norteamericana y británica. Esfumó, sí, el halo de impunidad en el cual parecía moverse a sus anchas, temido y amado por su crueldad. Más conmovedora había sido la demolición de su estatua, que selló el final de la guerra.

Por la cabeza de Saddam no pasó la posibilidad de volarse la tapa de los sesos ni de huir a un paraje remoto en el cual, con su fortuna, pudo haberse hecho un lifting con los pómulos de Lawrence de Arabia, la nariz de Aladino y la sonrisa de Nasser. ¿Por qué dijo, al ser descubierto, que era el presidente de Irak y, palabras clave, que quería negociar?

Recuerdos del presidente Bush, obtuvo como respuesta, según el mayor Bryan Reed, oficial norteamericano que ejecutó la operación Amanecer Rojo. Que consistía, en realidad, en arrojar una granada en el hoyo en el cual estaba oculto. Gozó, finalmente, de las prerrogativas de los prisioneros de guerra.

Algo ocultaba, empero. Algo quería negociar. Y algo llevó a Chirac a proponer la condonación de la deuda de Irak en forma simultánea, casi, con Schrsder y con Baker. Es la economía, entonces. O, acaso, la aceptación de la derrota frente a un paradigma de poder poco simpático, poco prolijo y poco equitativo que, poco a poco, deberemos asimilar como propio de unos pocos.

En la política, como en la economía, la visión universal, o amplia, de un bloque se confronta con la visión unilateral, o cerrada, del otro. El Reino Unido, miembro de la coalición, lidera desembolsos en países enfrentados entre sí, como la India y Paquistán, así como en el Commonwealth (sus ex colonias). Nada de ilícito hay en ello. Los bancos franceses han estado presentes en países en los cuales los norteamericanos no han podido soltar un dólar por una ley que, desde la Primera Guerra Mundial, veda transacciones con el enemigo (Trading With The Enemy Act, se llama) o por otra que, desde 1996, veda el tráfico con países en los cuales perduran propiedades expropiadas (caso Cuba, Helms-Burton Act).

Francia se ha convertido en la principal fuente de financiación de 23 de los 57 países a los cuales presta dinero. Entre ellos, Vietnam, Somalia, Sudán, Camboya, el Líbano y la «Francophonie» (sus ex colonias). Proceder que, en términos generales, aplica España: es la principal fuente de financiación de ocho de los 21 países que participan de las cumbres iberoamericanas (con ventaja escasa sobre los norteamericanos en la Argentina y en México). Es la economía, pues. Y la política. Más allá de Clinton y de su haiku. Y más allá de Bush, también.



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