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Sus dos predecesores más recientes, Benedicto XVI y Juan Pablo II, viajaron a Estados Unidos antes de ascender al papado
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Sus dos predecesores más recientes, Benedicto XVI y Juan Pablo II, viajaron a Estados Unidos antes de ascender al papado
La “dura venganza” prometida por el líder supremo de Irán, Alí Khamenei, no compensa su propia pérdida. La del general cinco estrellas Qasem Soleimani, comandante de la fuerza de élite Quds de la Guardia Revolucionaria, el único militar en la historia que recibió la Orden de Zolfaghar, establecida en 1856 bajo la dinastía Qajar. “La República Islámica lo necesita por muchos años más, pero espero que, al final, muera como mártir”, le dijo el ayatolá al entregársela en febrero de 2018. Murió como mártir en el aeropuerto de Bagdad tras un ataque con un dron ordenado por Donald Trump en respuesta al asalto contra la embajada de Estados Unidos en Irak. Quizá Khamenei no creyó que las amenazas de Trump fueran verosímiles, como ocurrió al abortar un bombardeo contra Irán con aviones en el aire y buques en posición. Esta vez, tras la evacuación de la embajada de Estados Unidos en Bagdad por la embestida de las Fuerzas de Movilización Popular, formadas por paramilitares chiitas proiraníes, la represalia no tuvo contemplaciones. Dio en la médula (leer más)
Durante décadas, Occidente procuró debatir la guerra en los claustros académicos o en los manuales de inercia doctrinal. Se hablaba de la guerra del futuro como una especulación tecnológica, casi cinematográfica, mientras el relato político vendía la ilusión reconfortante de que la democracia y la globalización eran un camino de ida para consolidar la paz como un estado por defecto. Al calor de la guerra contra Irán, cuatro años después de la invasión rusa de Ucrania, aquellas teorías cayeron en saco roto. La guerra dejó de ser una anomalía. El orden internacional posterior a 1945 ha sido reemplazado por un enjambre de trincheras y algoritmos. La renuncia de Joe Kent al cargo de director del Centro Nacional de Antiterrorismo de Estados Unidos en rechazo a la decisión de Donald Trump de declararle la guerra a Irán forzado por Israel, así como la admisión con más silencios que certezas de su jefa, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, de la ausencia de una amenaza inminente contra el interés nacional tuvo un efecto déjà vu. Que remite (leer más)
En el mundo de la posverdad, la duración de una perorata política suele ser el último refugio de la irrelevancia. Donald Trump soltó en el Capitolio un monólogo de 108 minutos, el discurso del Estado de la Unión más largo de la historia moderna, para elogiarse a sí mismo por haber forjado “la época dorada de Estados Unidos” mientras tildaba de “locos” a los demócratas, aparentemente empeñados en destruir el país. Por fortuna, agregó, “los hemos detenido justo a tiempo”. Gracias a Dios, se persignaron y aplaudieron a rabiar los legisladores republicanos como si estuvieran escuchando el sermón de la montaña en lugar de un informe de gestión. El ruido era necesario para diluir las contradicciones. En la era Trump, el error es la táctica y la expulsión es el mensaje: quien señala la mancha en la alfombra debe salir del recinto. Le tocó por segundo año consecutivo al representante demócrata Al Green por haber exhibido esta vez un cartel en el que recordaba que los ciudadanos no son animales. Fue en respuesta al “error” (leer más)
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