El opio de los pueblos




Un arma nuclear en manos de un grupo terrorista podría provocar la peor catástrofe

Hasta el último fraude electoral, Hamid Karzai, presidente de Afganistán, es el “hombre más chic” del planeta, según coinciden en señalar varios diseñadores de modas encantados con sus sombreros de astracán (piel de cordero de lana muy rizada), trajes italianos y capas bordadas de colores deslumbrantes. En los Estados Unidos empieza a hacerse conocer un mes después de la voladura de las Torres Gemelas. Desde octubre de 2001, la alianza atlántica (OTAN) libra en su territorio dos guerras en forma simultánea: una contra el régimen talibán, semillero de Al-Qaeda, y otra contra los traficantes de opio.

Bien no va una ni la otra. En un país familiarizado con la corrupción, Karzai resulta reelegido en noviembre de 2009 gracias a la renuncia a la segunda vuelta de su rival, el ex canciller Abdulá Abdulá, por falta de garantías para el recuento de los votos. El fraude, denunciado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Unión Europea, no afecta la visión de los Estados Unidos. Lo hace llamar Barack Obama “el líder legítimo de los afganos”; después cambia de parecer. ¿Es una renovada versión de Anastasio Somoza? “Es un corrupto, pero es nuestro hombre”, se anima a definirlo el canciller francés, Bernard Kouchner.

¿Qué gobierna Karzai, hijo de la etnia dominante pashtun como los talibanes? Un país desmembrado cuyo poder político no trasciende Kabul, su capital. Los magnates del opio viven en mansiones y van en limusinas mientras el conjunto de la población subsiste con menos de un dólar diario; apenas un 13 por ciento de las casas tiene electricidad. En esa ruina hecha protectorado por la ONU y la OTAN habita el grupo terrorista que, de adquirir un arma nuclear, sería “la única gran amenaza para la seguridad en el corto, mediano y largo plazos”.

Les transmite ese temor Obama a las autoridades de Paquistán y la India, en Washington, horas antes de redondear la nueva política nuclear en la cumbre de presidentes más grande desde la organizada un par de semanas antes de su muerte por Franklin Roosevelt, en 1945, en San Francisco. Esta vez, cual correlato de los acuerdos firmados con el presidente de Rusia, Dimitri Medvedev,  para reducir el arsenal acumulado durante la Guerra Fría, el plan de los Estados Unidos es neutralizar las reservas de plutonio y uranio altamente enriquecido que puedan ser utilizadas en bombas.

Todas las miradas están clavadas  en Irán y su presidente, Mahmoud Ahmadinejad, tan sospechoso de fraude electoral como Karzai. Pero en Paquistán las instalaciones nucleares han soltado las primeras volutas de vapor de las torres de enfriamiento de un reactor nuevo. Pertenecen a tres plantas en construcción para fabricar combustible para una segunda generación de armas nucleares que, según los acuerdos alcanzados con George W. Bush apenas estalla la guerra contra los talibanes, deberían ser invulnerables ante eventuales ataques.

La concesión de Bush a Paquistán es en virtud del poderío nuclear de la India, su archienemigo. Ni un país ni el otro han firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear. Obama confía en ellos, pero, a su vez, en el cercano Afganistán avisan los altos mandos militares que es imposible “ganar la guerra sólo matando enemigos”. El vicepresidente Joe Biden propone un trueque de las prioridades: Af-Pak (Afganistán-Paquistán) por Pak-Af.

En Paquistán están los santuarios de Al-Qaeda; en Afganistán se libra una guerra. Envuelto en su capa de seda verde, el color de Mahoma y las banderas del Islam, Karzai negocia con los fundamentalistas encaramados en su gobierno que, desligados de Al-Qaeda, han dejado de ser una amenaza para los Estados Unidos. En Irak, con una corrupción tan irritante como en Afganistán, es aceptable una solución de ese tipo porque la gente acepta las reglas democráticas con mejor disposición que el rigor de Saddam Hussein.

Tras los atentados de 2001, Bush no tiene intención de inyectar democracia en Afganistán. La corrupción es asunto de Karzai, cuya obligación es mantener en calma al país mientras avanzan las tropas. “El huésped y el anfitrión deberían saber quién es el huésped y quién es el anfitrión”, fija las normas. El aumento del contingente de la OTAN no sólo involucra a los Estados Unidos. Tony Blair aprueba la participación británica. En tres años de gobierno y en vísperas de elecciones cruciales, el primer ministro Gordon Brown se ve en figurillas para responder por la muerte de 300 efectivos; las bajas norteamericanas son más de 1000.

En el ínterin, según la agencia de la ONU contra la Droga y el Delito, cae el cultivo de opio, pero en esas tierras tiene origen el 90 por ciento de la heroína que se consume en el mundo. Los ingresos ilícitos representan la mitad del producto bruto de Afganistán. El opio del pueblo no es la religión, sino la guerra. En este caso, la otra guerra. Los traficantes no ahorran en sobornos, intimidaciones y armas. De ser nucleares, imaginan, mejor. Una porción de plutonio del tamaño de una manzana podría matar a miles de personas en un instante, mete miedo Obama. Sólo Dios está en todas partes.



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