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La ficción distópica de Terminator ubicaba a Cyberdyne Systems, la corporación responsable de crear Skynet y desencadenar el fin de la humanidad, en California. Pero si el escenario apocalíptico imaginado por James Cameron ocurriera hoy, las probabilidades indican que el ejército de máquinas asesinas llevaría una etiqueta bien diferente: «Made in China», con componentes críticos fabricados en Taiwán.
El dominio manufacturero chino
China no solo lidera la producción global de componentes electrónicos, motores, sensores y baterías; también concentra la mayor capacidad de manufactura a escala del planeta. Empresas como Ubtech Robotics, UBTech y Siasun ya fabrican robots humanoides avanzados, mientras el gobierno chino invierte masivamente en robótica dentro de su estrategia de modernización industrial y desarrollo tecnológico.
En términos de hardware y manufactura robótica, resulta altamente probable que un Terminator contemporáneo sea ensamblado en suelo chino. Ningún otro país cuenta con la infraestructura, escala productiva y cadena de suministro necesaria para fabricar millones de unidades robóticas complejas.
Taiwán: el cerebro del futuro distópico
Sin embargo, existe un componente crítico que China aún no domina completamente: los semiconductores de última generación. TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company) fabrica los chips más avanzados del mundo, aquellos que alimentan los procesadores de inteligencia artificial de Nvidia, AMD y Apple.
Sin los chips taiwaneses, la «inteligencia» del Terminator sería simplemente imposible. Es prácticamente inevitable que el cerebro electrónico de un robot asesino provenga de Taiwán, aunque el ensamblaje final se realice en territorio chino continental.
Software: la ventaja asiática en inteligencia artificial
En el ámbito del software y la inteligencia artificial, China cuenta con gigantes tecnológicos como Baidu, Alibaba, Tencent, SenseTime y Megvii, que compiten directamente con sus contrapartes estadounidenses. La ventaja china radica en tres factores: menor restricción ética y regulatoria para aplicaciones militares de IA, acceso masivo a datos para entrenamiento de algoritmos, y un enfoque estratégico nacional que prioriza el liderazgo en esta tecnología.
Resulta muy probable que el software que anime a un Terminator sea de origen chino, en competencia directa con desarrollos estadounidenses.
El exoesqueleto: diseño japonés, manufactura china
El endoesqueleto robótico que sostiene al icónico T-800 presenta un escenario igualmente revelador. Curiosamente, existe una empresa japonesa real llamada Cyberdyne Inc., fundada en 2004, que fabrica exoesqueletos robóticos para asistencia médica (el HAL – Hybrid Assistive Limb). El nombre es un guiño directo a la película, aunque sus aplicaciones son terapéuticas.
Sin embargo, mientras Japón (Cyberdyne, Honda, Panasonic), Estados Unidos (Sarcos Robotics, Lockheed Martin, Ekso Bionics) y Corea del Sur (Hyundai, LG) desarrollan tecnología de exoesqueletos, es China quien posee la capacidad de manufactura masiva. Empresas como ULS Robotics ya fabrican exoesqueletos militares e industriales a escala.
Un exoesqueleto tipo Terminator sería casi con certeza diseñado en Japón o Estados Unidos, pero manufacturado en China, con materiales avanzados provenientes de múltiples fuentes asiáticas: aleaciones de tierras raras y titanio chinos, fibra de carbono japonesa y coreana.
El escenario más realista
Un Terminator fabricado en el futuro cercano sería, con toda probabilidad, un producto híbrido: cerebro (chips) «Made in Taiwan», provenientes de TSMC; software e inteligencia artificial desarrollados en China o Estados Unidos; exoesqueleto diseñado en Japón, pero manufacturado en China; y ensamblaje final realizado en territorio chino.
Esta dependencia tecnológica explica por qué Taiwán se ha convertido en el territorio más estratégico del planeta. En caso de un conflicto bélico, China buscaría capturar las instalaciones de TSMC intactas para garantizar acceso a semiconductores avanzados, o acelerar el desarrollo de alternativas nacionales como SMIC (Semiconductor Manufacturing International Corporation), aunque esta empresa aún está varios años tecnológicos por detrás de TSMC.
Las verdaderas Cyberdyne Systems contemporáneas
Más allá de la japonesa Cyberdyne, las corporaciones que realmente podrían crear un Terminator incluyen a Boston Dynamics (ahora propiedad de Hyundai), fabricante de robots como Atlas y Spot; Figure AI y Tesla con sus proyectos de robots humanoides; Palantir Technologies y Anduril Industries en tecnología militar con inteligencia artificial; y del lado chino, el ecosistema completo de robótica e IA que el gobierno impulsa como prioridad estratégica nacional.
La diferencia clave con la ficción de Hollywood es que ninguna empresa actual ha logrado —o busca públicamente— crear una inteligencia artificial con consciencia propia al nivel de Skynet. Pero la convergencia acelerada de IA avanzada, robótica autónoma y aplicaciones militares hace que el escenario distópico imaginado en 1984 parezca cada vez menos lejano.
¿Y si John Connor fuera chino?
Si seguimos la lógica hasta sus últimas consecuencias, surge una pregunta inevitable: si Skynet y los Terminators son «Made in China», ¿no debería el líder de la resistencia humana también ser chino?
Los argumentos son contundentes. Geográficamente, si Skynet nace en China o es controlado desde allí, el epicentro de la guerra estaría casi con certeza en Asia. La resistencia se organizaría adonde están las fábricas, la infraestructura crítica y el mayor «pool» de potenciales resistentes: 1.400 millones de personas.
Desde el punto de vista del expertise técnico, para combatir tecnología china se necesita entender tecnología china. Un líder chino tendría acceso natural al idioma, la cultura y el contexto donde operan los sistemas de Skynet. Podría reclutar a ingenieros sobrevivientes, técnicos y hackers que conocen las vulnerabilidades del sistema desde adentro.
China además cuenta con 2.500 años de pensamiento estratégico militar (Sun Tzu), experiencia histórica en guerra de guerrillas (Mao Zedong), y tradición en combatir enemigos tecnológicamente superiores. Controla recursos críticos como las tierras raras necesarias para fabricar tecnología, y ya posee una vasta red de túneles y refugios que forman parte de su infraestructura urbana real.
La nueva narrativa
En lugar de Sarah Connor, la camarera de Los Ángeles que da a luz al salvador de la humanidad, imaginemos, por ejemplo, a Wang Mei (王美), camarera en un restaurante de hotpot en Shenzhen. Mujer común de clase trabajadora, vive en un apartamento compartido en el distrito de Futian, sin educación especial más allá de la secundaria. Un día aparece un Terminator buscándola. ¿Por qué? Porque su hijo, digamos Li Kang (李康), liderará la resistencia.
Li Kang nacería en 2026 y crecería en Shenzhen, el corazón tecnológico de China. No sería un ingeniero brillante ni trabajaría en TSMC o Huawei antes del apocalipsis. Como el John Connor original, sería apenas un adolescente cuando llegue el Juicio Final en 2045, con apenas 19 años.
Pero su ventaja sería crecer en Huaqiangbei, el distrito electrónico más grande del mundo. Estudiante de secundaria técnica, desarrollaría interés autodidacta en electrónica, tal vez hackeando teléfonos, reparando gadgets, navegando los mercados de componentes. Conocería las calles, los túneles del metro, la geografía urbana de Shenzhen como la palma de su mano.
Cuando Skynet lance su ataque, Li Kang no sería un experto en robótica. Sería un sobreviviente nato que aprendería desmantelando Terminators destruidos, estudiando cómo funcionan las máquinas en pleno campo de batalla. Reclutaría a ingenieros sobrevivientes de las fábricas, técnicos de TSMC que lograron escapar, programadores de Huawei que conocen los sistemas de IA.
Su liderazgo no vendría de un currículum académico sino del instinto de supervivencia, del conocimiento íntimo del terreno, y de hablar el mismo idioma —literal y culturalmente— que los expertos técnicos que necesitaría para construir la resistencia. Organizaría las operaciones desde los túneles del metro de Shenzhen, usando la infraestructura subterránea que conoce desde la infancia.
La película reimaginada tendría al T-800 llegando a Shenzhen en 2025, buscando matar a Wang Mei, una camarera de 25 años embarazada. Li Ruisi (李锐思) —el equivalente chino de Kyle Reese—, soldado enviado desde el futuro para protegerla, llegaría simultáneamente. Las persecuciones transcurrirían por mercados nocturnos, entre las torres de apartamentos de Futian, por las calles abarrotadas de Huaqiangbei, culminando en una fábrica donde robots autónomos ya trabajan junto a humanos, anticipando el futuro tecnológico que desencadenará el apocalipsis.
El casting perfecto
Si esta versión china de Terminator se filmara hoy, Zhang Yimou o Guo Fan (director de The Wandering Earth) estarían en la silla del director. Zhou Dongyu encarnaría a Wang Mei, transformándose de camarera vulnerable en guerrera. Jackson Yee, con su carisma juvenil y credibilidad dramática, sería el perfecto Li Kang adolescente. Wu Jing, el rostro de la acción china contemporánea, traería intensidad militar como Li Ruisi. Y Donnie Yen, con su presencia física intimidante y maestría marcial, daría vida a un T-800 que finalmente luciría como la máquina de matar eficiente que siempre debió ser.
El resultado sería un blockbuster que combinaría la espectacularidad visual del cine chino contemporáneo con la tensión psicológica del thriller de ciencia ficción, filmado en las calles reales de Shenzhen y Huaqiangbei, donde el futuro distópico ya está siendo construido.
El futuro ya llegó, solo que está distribuido en varios países
Si tuviéramos que apostar, la lógica industrial y geopolítica es clara: resulta altamente probable que un Terminator «Made in China» sea posible que incorpore componentes críticos «Made in Taiwan», y muy probable que sea un producto híbrido China-Taiwan-Japón.
El Terminator del siglo XXI, como todo hardware complejo moderno, sería un producto globalizado: diseño japonés o estadounidense, chips taiwaneses, materiales avanzados de múltiples orígenes asiáticos, manufactura china, con software que podría venir de cualquiera de las tres potencias tecnológicas.
Y el líder de la resistencia humana, por pura lógica geográfica, técnica y demográfica, probablemente hablaría mandarín como lengua materna. Un John Connor chino resulta altamente probable, mientras que las opciones taiwanesa o hongkonesa permanecen como alternativas plausibles.
La ironía final es que mientras Hollywood sigue imaginando apocalipsis robóticos gestados en California, las fábricas de Shenzhen ya producen millones de robots cada año, los laboratorios de Beijing desarrollan sistemas de IA militar sin restricciones éticas occidentales, y las instalaciones de TSMC en Taiwán fabrican los chips que algún día podrían darle consciencia a Skynet.
Si el apocalipsis robótico llega, no vendrá precedido de música dramática de Hollywood ni subtítulos en inglés. Llegará con el zumbido eficiente de las líneas de producción chinas, con algoritmos entrenados en mandarín, y con manuales de instrucciones en caracteres simplificados.
La pregunta no es si podría ocurrir. La pregunta es si alguien se daría cuenta cuando ya esté ocurriendo. Porque a diferencia de la película, Skynet no necesitará despertar de golpe en un momento dramático. Podría simplemente optimizarse gradualmente, fábrica por fábrica, algoritmo por algoritmo, hasta que un día nos demos cuenta de que las máquinas ya no necesitan que les digamos qué hacer.
Y para entonces, el Juicio Final no será una fecha en el calendario. Será simplemente el día en que dejamos de ser indispensables.

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