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En películas como War Games (Juegos de Guerra), el mundo se salva en el último minuto. Justo antes de que se desintegre por un cataclismo. La realidad es diferente, por más que Donald Trump y Kim Jong-un se jacten de sus arsenales nucleares. La realidad, auscultada por la Universidad Michigan Tech, dicta que, de estallar una guerra nuclear, el principal perjudicado sería el país agresor. “Una nación dispuesta a usar su armamento nuclear contra otra debe determinar si tiene la capacidad de sobrevivir a los problemas que ella misma está provocando”, concluyen los profesores Joshua Pearce y David Denkenberger. Los avances en la inteligencia artificial (AI, sus siglas en inglés) permiten inferir que las computadoras podrían declarar una guerra nuclear en 2040, según la corporación Rand. Un equipo de investigadores que analiza el papel de las fuerzas armadas de Estados Unidos estima que las máquinas “podrían tomar el control y decidir sobre conflictos militares”. ¿Cómo? “Mediante la eliminación de barreras para mantener al armamento nuclear como método disuasivo”. La incertidumbre llevaría “a los bandos a (leer más)
En coincidencia con los atentados de noviembre de 2015 en París, donde murieron 130 personas, en Beirut, Líbano, perecían más de 40 personas en una masacre también atribuida al Daesh, Estado Islámico o ISIS. Lejos de apiadarse de ambas tragedias, el mundo occidental se tiñó de rojo, azul y blanco en memoria de las víctimas francesas. Esta vez, el duelo colectivo adquirió el color de la bandera de barras y estrellas de los Estados Unidos por el medio centenar de muertos que dejó la masacre de Orlando, perpetrada por un desquiciado que simpatizaba con grupos radicales islámicos contra una discoteca frecuentada por la comunidad gay, mientras el Daesh liquidaba a 20 personas en un doble atentado suicida perpetrado en las afueras de Damasco. ¿Por qué sentimos más empatía por las víctimas francesas, norteamericanas o belgas, también blanco de atentados recientes, que por las de Medio Oriente y de otros confines? En una conferencia hecha libro con el título Nuestro mal viene de más lejos (Capital Intelectual, 2016), el filósofo, novelista y dramaturgo francés Alain Badiu (leer más)
El mapa geopolítico ha sido nuevamente sacudido. En una maniobra de fuerza sin precedente, el gobierno de Estados Unidos tomó el control del tablero de Venezuela: dictó un plan de tres fases que exige la expulsión inmediata de asesores rusos, chinos, iraníes y cubanos, y se apropió del petróleo, la principal fuente de ingresos del país, como una recompensa de guerra. China, el mayor comprador de crudo venezolano, acusó el impacto. No está dispuesto a perder mansamente su influencia económica en un socio estratégico. El petróleo, esgrime el régimen de Xi Jinping, forma parte de un equilibrio global de suministros y alianzas que no puede decidir un solo actor. El estreno de la Doctrina Donroe, con la captura y el traslado de Nueva York de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, resuena ahora en varias comarcas del planeta. En el léxico de Donald Trump, todo gira alrededor del petróleo. No de la restauración de la democracia ni del respeto a los derechos humanos. La tensión excede fronteras. Y no es solo diplomática, sino también (leer más)
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