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Así lo revela un estudio del Instituto Surcoreano para la Política Económica Internacional
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Así lo revela un estudio del Instituto Surcoreano para la Política Económica Internacional
Detrás de las guerras contemporáneas, una persiste en silencio. La de Estados Unidos contra China. Su último frente, menos letal que los de Ucrania y la Franja de Gaza, estalló por el aumento de los aranceles norteamericanos sobre las importaciones chinas. Una medida adoptada por el gobierno de Joe Biden que el régimen de Xi Jinping rechaza de plano. Entre los productos made in China figuran desde coches eléctricos y baterías hasta células solares, semiconductores y minerales críticos. Biden no anuló las subas arancelarias impuestas desde 2018 por su predecesor, Donald Trump, en respuesta al robo de propiedad intelectual. Se trata, a los ojos de Xi, de una manipulación política en vísperas de las presidenciales de Estados Unidos, previstas para noviembre. La suba de los aranceles, poco significativa en términos de intercambio, amenaza con colocar a China en el centro de la campaña electoral norteamericana. Algo intolerable para Xi. La dureza de Biden, concentrado en resguardar el empleo sin desequilibrar la economía ni exacerbar la inflación en un país que vive más pendiente de las (leer más)
La foto de familia del G20 en Buenos Aires tiene una particularidad. Refleja tanto las afinidades y las discrepancias entre algunos líderes como la polarización y el desencanto de varias sociedades. En la foto sonríen aquellos que se han visto beneficiados con esos fenómenos, como Donald Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin y Recep Tayip Erdogan en un mundo que acaba de recibir otro sacudón con el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil. La tendencia se acrecienta en Italia, con Giuseppe Conte en nombre del Movimiento 5 Estrellas de Luigi Di Maio y de la xenófoba Liga de Matteo Salvini y, cual reverso, en Alemania, donde la canciller Angela Merkel cuelga los guantes. Esa foto incluye a dos presidentes en guerra comercial, Trump y Xi; una primera ministra en trámite de divorcio de la convulsionada Unión Europea, Theresa May; un líder de facto, el príncipe saudita Mohamed bin Salmán, acusado por la CIA de haber perpetrado el asesinato de un compatriota suyo, el periodista Jamal Khashoggi, en el consulado de su país en Estambul; el presidente (leer más)
De haber cumplido con sus amenazas, Donald Trump no hubiera cancelado 10 minutos antes un bombardeo contra Irán con aviones en el aire y buques en posición. Tampoco hubiera dado marcha atrás con la imposición de un arancel del cinco por ciento a todos los productos importados de México si no frenaba la migración de centroamericanos. Ni hubiera permitido más ensayos nucleares de Kim Jong-un. Ni hubiera descartado la “opción militar” ante la permanencia de régimen de Venezuela. Ni hubiera soslayado la interferencia de piratas informáticos de Rusia en las legislativas norteamericanas de 2018, revelada por él mismo, sospechoso de haberse beneficiado de ese artilugio en 2016. Así como Trump insiste en la guerra tecnológica y comercial contra China y fustiga a la Unión Europea con su apoyo al Brexit y su reclamo de mayores aportes económicos a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), también aplica en la faz doméstica su táctica, la de la negociación empresarial, en campaña para ser reelegido en 2020 mientras una veintena de precandidatos demócratas procura curarse en (leer más)
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