La tregua de cristal
Fiel a su manual de estilo de máxima presión y plazos de ultimátum, Donald Trump ha forzado una frágil tregua de dos semanas con Irán. En realidad, algo más parecido a un castillo de naipes en medio de un torbellino que a un cese del fuego real. El mediador inesperado, Pakistán, único país musulmán con poderío nuclear, se apuntó el presunto éxito diplomático con la ayuda discreta de China mientras Israel, excluido del acuerdo, bombardeaba zonas densamente pobladas de Líbano en el afán de repeler a Hezbollah y de anexar de facto parte de ese territorio. De prometer que “la ayuda está en camino” a la decisión de cañonear Irán hasta devolverlo a la Edad de Piedra y anunciar que «toda una civilización morirá esta noche», Trump intentó vender una victoria estratégica. Los objetivos militares, según él, habían sido superados a pesar de los kilos de uranio enriquecido bajo siete candados en las bóvedas iraníes y de la tímida apertura del estrecho de Ormuz, cerrado nuevamente. Ambas condiciones, inaceptables para Irán, llevaron a Benjamin Netanyahu (leer más)
