Lo peor de cada casa

Si toda política es local, regla que rige en Estados Unidos, la posición externa de Argentina desconcierta a propios y extraños




Fernández y Putin: derechos humanos al margen

El legislador demócrata Tip O’Neill, presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, acuñó una frase que terminó siendo el título de un libro de su autoría y una regla de la política norteamericana: All Politics Is Local (Toda política es local). Tan local es la política que define no sólo el interés nacional, sino también la proyección internacional. En Argentina, donde efectivamente toda política es local, las decisiones y los pronunciamientos del presidente Alberto Fernández parecen estar dirigidos al núcleo duro de su coalición de gobierno en desmedro, en ocasiones, de países clave para resolver problemas crónicos, como la deuda externa.

La bandera de los derechos humanos, cual moneda de cambio, flamea según la dirección del viento. La abstención en la Organización de los Estados Americanos (OEA) frente a la resolución de condena del régimen autocrático de Daniel Ortega, en Nicaragua, echa luz sobre la dimensión de la política local. Pudo tratarse de una maniobra política con el guiño del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, para incomodar al secretario general de la OEA, Luis Almagro, emparentado por sus detractores con Estados Unidos, pero desnudó la facilidad con la cual serpentean ambos gobiernos.

En Nicaragua, mientras la OEA debatía la resolución de condena, había 124 presos políticos

Tanto Argentina como México llamaron ahora a consultas a sus respectivos embajadores en Nicaragua, de modo de rever su posición o de aplacar el disgusto que provocaron fronteras adentro. ¿Qué significa eso en la jerga diplomática? Que el embajador le informe sobre la situación al ministro del área y reciba instrucciones.

La política y la diplomacia no siempre coinciden. Almagro carga con un par de cruces. La antipatía del expresidente depuesto boliviano Evo Morales, huésped en México y en Argentina antes del triunfo de su delfín, Luis Arce, y la de otro régimen autocrático, el de Nicolás Maduro, por el cual, según Fernández, ya no hay que preocuparse porque “ese problema”, el de los derechos humanos, “fue desapareciendo”.

México tiene una tradición de no injerencia en los asuntos internos de otros países. Se trata de la Doctrina Estrada, de 1930. Una norma vetusta frente a la responsabilidad de proteger a las poblaciones frente al genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad que aprobó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 2005. La alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, instó al régimen de Ortega a adoptar reformas que garanticen las presidenciales del 7 de noviembre y derogar las leyes contrarias a la libertad de asociación y de expresión.

La dictadura militar argentina cometió crímenes de lesa humanidad del calibre de los que se le adjudican al régimen de Maduro

En Nicaragua, mientras la OEA debatía la resolución de condena, había 124 presos políticos, según el Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas. Entre ellos, precandidatos presidenciales, exviceministros, exlíderes del oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional y dirigentes estudiantiles y de movimientos sociales. En Venezuela quedan 320 personas en esa condición, calcula la organización no gubernamental Foro Penal. Argentina se retiró el Grupo de Lima, creado para arrimar a las partes venezolanas en pugna, en una fecha emblemática: el 24 de marzo, aniversario del golpe de 1976.

La dictadura militar argentina cometió crímenes de lesa humanidad del calibre de los que se le adjudican al régimen de Maduro. Su par Ortega, acusado en 1998 de violar a su hijastra, Zoilamérica Ortega Murillo, exiliada en Costa Rica, hija de su mujer, Rosario Murillo, la segunda o acaso la primera al mando, aceita su cuarto período como presidente encarcelando opositores.  El zigzag internacional de Fernández desconcierta a propios y extraños. Quizá tanto como la alabanza exagerada e innecesaria que recibió el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.

Eso de “los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos en los barcos de Europa” dejó perplejo a Sánchez y a medio mundo. No sólo por habérselo atribuido erróneamente a Octavio Paz, premio Nobel mexicano, cuando se trataba de la letra de una canción del músico argentino Litto Nebbia, sino por la indignación gratuita que provocó en Brasil y en México. Por fortuna, como aclaró Fernández el Día de la Bandera, “tenemos descendientes que se convirtieron en afroamericanos”.

Después de todo, como le dijo Fernández al camarada Putin, “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”

Frases desafortunadas que pudieron haber pasado inadvertidas si Argentina o su coalición de gobierno fuera coherente después de haberse jactado de alzar como nadie, excepto Raúl Alfonsín con el juicio a las juntas militares, la bandera de los derechos humanos. Fernández, carne y uña con Lula, logró levantar ampollas y, milagro, unir a los brasileños con la réplica irónica del controvertido  presidente Jair Bolsonaro: “¿No dirán que fue racista contra los indígenas y los africanos que formaron Brasil? Pero yo digo: el barco que se hunde es el de Argentina«.

La postura argentina sobre Nicaragua contrarió al gobierno de Joe Biden. Poco importa más allá de que necesite su apoyo para negociar la deuda con el Fondo Monetario Internacional. Tampoco importan las loas de Fernández al presidente de Rusia, Vladimir Putin, proveedor de la vacuna Sputnik a cambio de una central nuclear flotante en el Río de la Plata que preocupa a Uruguay, socio incómodo del Mercosur. Después de todo, como le dijo Fernández al camarada Putin, “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”. ¿Culpa del conejo Bugs Bunny, “un gran estafador»?

En su discurso de apertura de la 47ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Bachelet se mostró “consternada” por las leyes de Rusia que limitan el derecho de expresar opiniones críticas en vísperas de las parlamentarias del 19 de  septiembre. Una mordaza para el movimiento del opositor Alexei Navalny, encarcelado luego de ser envenenado. También se mostró “impactada” por los «reportes de serias violaciones de derechos humanos» contra la minoría musulmana uigur de la provincia de Xinjiang, China. Grandes amigos de la coalición de gobierno argentina, complaciente frente a los atropellos en la provincia de Formosa, denunciados por Bachelet.

Nicaragua y Venezuela no parece que violen los derechos humanos, pero en Colombia y Chile primó la “violencia institucional”

Como toda política es local, Nicaragua y Venezuela no parece que violen los derechos humanos, pero en Colombia y Chile, donde indudablemente hubo excesos en la represión policial durante las protestas populares, primó la “violencia institucional” e Israel se pasó de la raya con el “uso desmesurado de la fuerza” contra Hamás en la Franja de Gaza. Juicios inobjetables en caso de equilibrar la balanza a favor de los derechos humanos, no de los gobiernos de turno o de las necesidades de la política local.

El apuro de Fernández en felicitar a Pedro Castillo como presidente electo del Perú antes de su proclamación oficial provocó una nota de protesta del actual mandatario, Francisco Sagasti. Fernández no tuvo el mismo apuro en felicitar al ex primer ministro portugués António Guterres por la renovación de su mandato por otros cinco años como secretario general de la ONU.

Un desliz o, tal vez, la muestra cabal del sesgo local, casi provinciano, de la política exterior argentina. Corta de miras, pendiente de las vacunas de Rusia y de China, así de las cubanas, aún no probadas ni aprobadas, para solucionar la madre de todos los problemas: cómo distraer a los indios, atravesar la selva y atracar los barcos antes de las elecciones primarias de septiembre y de las generales de noviembre. La única política. La local a secas.

Jorge Elías

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