México, lindo y herido




La ley de Arizona contra los inmigrantes soslaya los 28.000 muertos por el narcotráfico

Desde finales de 2006 son 28.000 los muertos en México a causa de la guerra contra el narcotráfico. Es estremecedora la cifra, así como la saturación de las morgues en la frontera con los Estados Unidos. Esa ingrata circunstancia coincide con la amarga batalla por la ley de Arizona que, cual flecha envenenada, pretende desanimar a los inmigrantes. Es cada vez más difícil para ellos establecerse sin los papeles en regla más allá del borde (frontera) tras aventurarse por el desierto o el río detrás de desaprensivos coyotes o polleros.

Si no son traicionados por esos guías clandestinos, más de 600 grupos racistas como el Ku Klux Klan, los Guardianes de la Frontera y los Minutemen procurarán impedirles el paso, según el Southern Poverty Law Center (Centro Sureño para Estudios Legales sobre la Pobreza). Cada año aumenta un 20 por ciento el índice de crímenes cometidos por esos forajidos. Dan asco. Parece provocarles un extraño placer el vil deporte de cazar inmigrantes.

El incremento de las muertes y las restricciones lejos están de ser una barrera para aquellos que dejan detrás una realidad peligrosa. Como nunca, sicarios de la droga se atreven a atacar ahora a las fuerzas federales mexicanas. Lo hacen con explosivos plásticos de uso militar como el C4. Es usual en  grupos terroristas como Al-Qaeda, así como la metodología del coche bomba a la usanza de Irak. De ese infierno quieren huir muchos. El miedo abona la desesperación.

No todos son de México. Provienen de diversas latitudes de América latina sin más alternativa que cruzar el territorio, y sortear enormes riesgos, en su afán de arribar a los Estados Unidos. La crisis económica ha dinamitado varios puestos de trabajo. Dios proveerá. No cesa el éxodo.

Frente a ello, la gobernadora de Arizona, Jan Brewer, confiere amplias facultades a la policía para actuar con mano dura contra los inmigrantes ilegales. Todo sospechoso de violar la ley corre el riesgo de ser expulsado. Cobra relevancia el sheriff del condado de Maricopa, Joe Arpaio, tan famoso por sus redadas que, se rumorea, un cartel mexicano ofrece un millón de dólares por su cabeza.

En medio de la locura desatada el 23 de abril por la firma de la polémica ley de Arizona, la abanderada del Motín del Té, Sarah Palin, ex candidata a vicepresidenta, defiende con fervor patriótico a la gobernadora Brewer, republicana como ella: “Va a hacer lo que sea necesario, seguir litigando, para que nuestras fronteras sean más seguras. Tiene los cojones que le faltan a nuestro presidente para representar a todos los norteamericanos, no sólo a los ciudadanos de Arizona, en nuestro deseo de hacer que las fronteras sean más seguras y que sea la inmigración legal la que ayude a edificar este país”.

Pronuncia Palin en dificultoso castellano la palabra “cojones”, prueba de un léxico fino y fluido que excede a Alaska. El escaso valor atribuido a Obama coincide con el despliegue en la frontera de 1200 efectivos de la Guardia Nacional. Es en respuesta a un viejo anhelo del senador republicano John McCain, su rival en las presidenciales de 2008. Coincide, también, con la decisión de la jueza federal Susan Bolton de impedir que la policía de Arizona compruebe el estatus migratorio de la gente. En los Estados Unidos sólo se pide la licencia de conducir o una credencial con foto a la gente de a pie si paga algo con un cheque.

Del otro lado de la frontera, la brutal ejecución de Rodolfo Torre Cantú, candidato a la gobernación de Tamaulipas por el opositor Partido Revolucionario Institucional (PRI), se inscribe como otro capítulo en la antología de la violencia política, marcada desde 1994 por el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Peores desafíos no pueden enfrentar México y su presidente, Felipe Calderón: desde combates armados en medio de la calle hasta cuerpos mutilados y amenazas contra la libertad de expresión.

El cartel de Sinaloa, regenteado por Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo, se atribuye el secuestro de periodistas en el Estado norteño Durango. Lo hace para intimidar a los otros bajo la suposición de que el miedo creará autocensura y, de ese modo, será más fácil la difusión de la propaganda criminal. En el primer semestre de este año son asesinados 10 periodistas en México. Once han desaparecido. Son 54 las agresiones contra la prensa.

La jueza Bolton es nombrada en 2000 por Bill Clinton. Bien hace ahora en suspender los artículos más mandones de la ley de Arizona. Le da aire al gobierno de Obama. Le da aire también a México, donde la prensa se ve obligada a replantearse sus coberturas como ha ocurrido en otros tiempos en Colombia. Organizaciones comprometidas con la libertad de expresión como el Foro de Periodismo Argentino (Fopea) abrazan la premisa de la prensa mexicana de defender a capa y espada “tu derecho a saber y mi derecho a informar”.

Es una sensación incómoda, como la suerte encomendada a la Virgen de Guadalupe mientras tu vida no puede transcurrir en el país que conoces de pequeño ni continuar en el que te expulsa de grande. Es lo que te toca por estar en el borde y, de ser periodista, osar contarlo.



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