Un largo camino a casa




Bush evitó condicionar el retiro de las tropas al calendario, pero cuenta con un plan con miras a las elecciones de 2006

En febrero de 2003, Abu Musab al Zarqawi, lugarteniente en Al-Qaeda, comenzó a hablar en frío de lo ardiente. Hasta entonces, al borde de la guerra sin fin, el único escollo en Irak de la coalición liderada por los Estados Unidos era un tirano que no daba crédito a la posibilidad de que guardara relación con aquello que George W. Bush más detestaba: el terrorismo, inducido, en su caso, por la posesión de armas de destrucción masiva y por los vínculos con Osama ben Laden. Hipótesis, ambas, refutadas por la insoportable levedad de las evidencias que propiciaron la invasión del país, el derrumbe del régimen y el estreno de la insurgencia.

Sobre ello no hubo en Bush, ni en su gobierno, medio gramo de arrepentimiento. Sabía que Irak, tras la guerra, iba a convertirse en un santuario del terrorismo y que, de ese modo, más difícil iba a ser el retiro de las tropas. Sabía, también, que el sello Al-Qaeda, impreso con decapitaciones, agresiones y secuestros, iba a generar más rechazos que adhesiones a la intención de expandir la democracia en el mundo árabe a cambio de prevenir atentados a domicilio.

El resultado no prometía ser rápido, sino gradual. Tan gradual, tal vez, como el aumento de la desconfianza entre propios y extraños hacia el objetivo mismo de la guerra. Su razón de ser. Blanco de todo tipo de especulaciones: desde delirios de ultraconservadores consustanciados con el dogma político y religioso hasta negocios de compañías petroleras y reconstructoras ávidas de abrirse camino en el desierto.

El fracaso no era una opción, según la estrategia nacional para la victoria en Irak que trazaron en aquel febrero de 2003 los señores de la guerra y que preservaron durante casi tres años bajo siete candados. Ni el fracaso ni la deserción eran una opción. Precipitada la deserción, al menos como reacción inmediata, ante el abrumador saldo de muertos y heridos que enarboló Cindy Sheehan, madre de un voluntario de 24 años caído en combate, como fundamento de sus vigilias a la vera del rancho de Crawford, Texas. Bush no se apiadó de ella por temor al costo más temido: el repliegue de las tropas frente a una causa lejana y perdida.

Signos de ello dio finalmente una oposición aún aturdida por la derrota en las elecciones de noviembre de 2004. Un año tardaron los demócratas en suscribir la proposición del representante John Murtha, coronel retirado de la infantería de marina condecorado por su servicio en Vietnam, de hacer volver a los soldados a casa en un plazo de seis meses.

Frente a ello, Bush estaba persuadido: tenía un plan para reducir más de una tercera parte de la dotación en Irak, de 159.000 efectivos, por medio de la redistribución de las tropas desplegadas en 26 países. Entre ellos, Gran Bretaña, Corea del Sur, Italia y Polonia. ¿La razón de ambos apuros? Ni los muertos, ni los costos: las elecciones de medio término de noviembre de 2006 en los Estados Unidos, acechadas por un creciente descontento con el curso de los acontecimientos.

Bush, empero, debía dar una certeza de su decisión, de la cual siempre se mostró orgulloso y preso a la vez. Debía exaltar su argumento bélico: que el terrorismo y la violación de los derechos humanos al amparo del régimen de Saddam Hussein eran motivos más valederos que la posesión de armas de destrucción masiva o los vínculos con Ben Laden para derrocarlo, atraparlo, enjuiciarlo y condenarlo. Eran motivos más valederos desde el momento en que los otros, casualmente, habían sido reprobados por gran parte de la comunidad internacional y de la oposición interna antes del desembarco.

La comunidad internacional, sin embargo, no pudo permanecer ajena a asuntos tan delicados como aquellos que, en teoría, las tropas de la coalición iban a reparar en Irak. Y el canciller británico, Jack Straw, en nombre de la presidencia de turno de la Unión Europea, cursó un pedido de aclaraciones al gobierno de Bush sobre los presuntos vuelos, con escalas en el continente, en los cuales personal de la CIA habría trasladado en forma ilegal detenidos que iban a ser interrogados en prisiones especiales, también instaladas en el continente. En la estrategia nacional para la victoria en Irak no figuraba esa alternativa, ni, menos aún, las torturas psicológicas en Abu Ghraib.

En la Academia Naval de Annapolis, Maryland, Bush glosó los progresos alcanzados en el entrenamiento de las tropas iraquíes, custodias de su endeble democracia, y se rehusó a poner fecha en el calendario. En el calendario del retiro efectivo, digo, ceñido a la lucha permanente entre la decisión y la realidad. Una corrió a la cola de la otra. Por una, no obstante ello, surgió la otra. Y la otra, la realidad, llevó a tener más presente a Al Zarqawi que a Ben Laden.

La decisión tendió a Bush una trampa. La decisión y el colapso inesperado frente a un ejército tan irregular como los pilotos que volaron las Torres Gemelas, los autores de la masacre de Atocha y los británicos que atentaron contra Londres. En la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría, modelos a los cuales apelaron sus estrategas, no había coches bomba o suicidas a granel, sino enemigos que, más allá de las crueldades mutuas, compartían códigos en común en territorios delimitados.

En Irak falló la inteligencia. Falló la inteligencia en el sentido más amplio de la palabra. ¿Qué respuesta iba a dar el terrorismo, si del terrorismo se trataba, a una guerra contra el terrorismo? Terrorismo a secas, incluso en donde no había más terrorismo que el propinado, y sustentado, por el Estado.

¿Falló la inteligencia sólo por no haber acertado con las armas de destrucción masiva y con el vínculo de Saddam con Ben Laden? Falló, en realidad, por no haber advertido que los nostálgicos del Partido Baath no iban a ofrecer resistencia en un sitio tan obvio como Bagdad, sino en enclaves más conocidos por ellos que por los invasores, y por haber creído que la mayoría de la población, de raíz chiita, iba a confiar el liderazgo en exiliados que aquilataban más resentimientos que buenas intenciones.

La insurgencia no surgió en forma espontánea ni por arte de magia. Estaba lista para actuar antes de febrero de 2003. Necesitaba una excusa, la ocupación de los infieles, para recrear en un criminal como Al Zarqawi el rostro malvado de Ben Laden. Saddam era tan impopular para la mayoría de los iraquíes como para Al-Qaeda. Con su caída, Bush terminó haciéndoles un favor a ambos con la premisa, acaso ingenua para algunos, de imponer la democracia de saco y corbata con uniformes y botas militares.

En los primeros tres meses de la invasión, después de haber sido derribada la estatua de Saddam como símbolo del final de una era y el comienzo de otra, no hubo cambios en la táctica de la coalición. En especial, en la táctica de los generales norteamericanos. La insurgencia crecía y, mientras tanto, el reglamento dictaba métodos políticos y sociales como los aplicados en Japón y en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial.

Atado a su decisión, la estrategia de Bush dejó fuera de la vida pública a los miembros del Partido Baath, bendecidos por Saddam. Logró aquello que no quería. O, quizás, aquello que no imaginaba: que iban a encontrar cobijo en el terrorismo. No como células activas, capaces de inmolarse en venganza por la ocupación, sino como colaboradores en un territorio que conocían más que su enemigo y en el cual, valiéndose de la división entre chiitas, sunnitas y kurdos, Al Zarqawi iba a afianzarse en su afán de hablar en frío de lo ardiente. Y sin apuro.



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