La cumbre de las polémicas




La mayor presencia de España y la irrupción de China navegan en el mar de fondo de las discusiones entre mandatarios

Con la decisión de encabezar con los Estados Unidos y Gran Bretaña la cruzada contra el régimen de Saddam Hussein, el ex presidente español José María Aznar rompió con un prejuicio y con un paradigma. Rompió con el estigma de gobernar el país más antinorteamericano de Europa después de Turquía, más allá del recelo cultural de los franceses ante las amenazas imperialistas de Hollywood, McDonald’s y asociados.

Rompió Aznar de ese modo con un rencor arraigado entre los suyos por razones más históricas que histéricas: la Guerra Hispano-norteamericana, de 1898, por la cual España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas; el respaldo de los Estados Unidos a Franco después de la Guerra Civil (1936-1939); el Pacto de Madrid, de 1953, por el que se instalaron bases norteamericanas en la península; el escaso entusiasmo de los Estados Unidos por la transición democrática después de la muerte del generalísimo, en 1975, y el apoyo de Ronald Reagan a las dictaduras militares de América latina, según un estudio de la German Marshall Fund, preparado por William Chislett para el Real Instituto Elcano.

El envío de tropas españolas a Irak desbordó el vaso. El Partido Popular  de Aznar, no obstante ello, iba a ganar las elecciones del 14 de marzo de 2004. Tres días antes, una célula de Al-Qaeda había provocado 191 muertes en Atocha y precipitó la victoria del Partido Socialista. El nuevo presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, cumplió con su promesa de romper con la Coalición de los Dispuestos, gestada por su antecesor, George W. Bush y Tony Blair en las islas Azores.

El modus vivendi con los Estados Unidos, más frío, más distante, tal vez más realista, coincidió con el restablecimiento de las relaciones de la Unión Europea con Cuba, dañadas desde marzo de 2003 por las fechorías de Fidel Castro: encarceló a 75 disidentes y ejecutó a tres balseros. En ello, más allá de las afinidades familiares e idiomáticas, primó un factor determinante: España es el mayor inversor extranjero en la isla.

Coincidió el modus vivendi con los Estados Unidos, también, con la venta de 10 aviones de transporte C-295, cuatro corbetas de patrulla costera y cuatro patrulleras guardacostas al presidente bolivariano Hugo Chávez, enemigo declarado de los intereses norteamericanos a pesar de suministrarles petróleo a granel. Curiosamente, entre 2000 y 2003, el gobierno de Aznar había provisto de pistolas, granadas y equipo antidisturbios a Venezuela; no hubo reacción alguna de Bush and company.

Con España reinsertada en el patio trasero por el costado menos amable para los Estados Unidos, sumado a ello el vínculo de privilegio que otorgó Rodríguez Zapatero a su par argentino, Néstor Kirchner, más simpático con Chávez y con Castro que con Bush, otra irrupción, silenciosa, menos llamativa, comenzó a afectar el virtual equilibrio de la región: China. En 2004, Brasil, la Argentina, Chile, México, Perú, Venezuela y Costa Rica representaron el 95 por ciento de sus importaciones desde América latina.

Aznar sobrevivió a un intento de asesinato por parte de ETA en 1995. En el envío de tropas a Irak después de haber sido uno de los primeros en forjar la coalición contra el régimen talibán en Afganistán pudo haber influido ese trauma, así como en otro presidente aliado, Álvaro Uribe, ileso en un ataque terrorista; en su caso, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La mera sospecha de la identificación de Chávez con ellas, así como con las revueltas que rubricaron el réquiem de la presidencia de un incondicional de Bush como Gonzalo Sánchez de Lozada y pusieron en el primer plano del Altiplano a un adversario como Evo Morales, encendieron señales de alerta cerca del Salón Oval.

Rodríguez Zapatero retiró las tropas de Irak, pero reforzó el contingente en Afganistán. Quiso atenuar el impacto de su primera decisión. Los puentes transatlánticos, sin embargo, ya estaban tendidos. Y en la Cumbre Iberoamericana, previa a la Cumbre las Américas, Chávez obtuvo un triunfo en nombre de Cuba: logró que fuera condenado el bloqueo comercial norteamericano a la isla, remozado con las palabras sanciones económicas, y que fuera criticado el gobierno de Bush por no conceder a Venezuela la extradición de Luis Posada Carrilles, acusado de la voladura de un avión cubano en el que iban 73 personas a bordo en 1976, de atentados contra hoteles de La Habana en 1997 y de haber intentado asesinar a Castro en 2000.

Con ese precedente, Bush no esperaba la mejor acogida en el país más antinorteamericano de América latina, la Argentina, símil de España en Europa. Tampoco esperaba, empero, que el anfitrión atendiera las presiones de la calle, como supo definir el presidente de México, Vicente Fox, la anticumbre montada por Chávez, Morales, Diego Maradona y otros. De ahí, y del desplante de Kirchner por no concederle una reunión bilateral, su ofuscación.

Izó Fox la bandera del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en contraste con la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), con el pretexto del rédito que reportó a su país, desde 1994, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC). El Nafta (sus siglas en inglés) roció con nafta, precisamente, las discusiones entre los mandatarios, de las cuales Chávez difundió algunos tramos (no la reprimenda del presidente de Perú, Alejandro Toledo, por exaltar el populismo) en su programa  “Aló Presidente”. Conclusión: rompió con México.

Fox, tildado de “cachorro del imperio”, se vio en un aprieto. Sobre todo, en el “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, frente a un panorama generalizado de desencanto con las privatizaciones y con el capital extranjero. Buena parte de él, proveniente de España. En ello, los Estados Unidos predicaron el Consenso de Washington, pero, a la hora señalada, debieron compartir  beneficios con compañías europeas, primero, y asiáticas, después.

Chávez obtuvo otro triunfo en nombre de Cuba. Usó los métodos de Castro. Con él había tenido Fox un entredicho por haberle pedido que se fuera antes del final de la Conferencia de la ONU sobre el Financiamiento para el Desarrollo, realizada en marzo de 2002 en Monterrey, de modo de no incomodar a Bush. “Comes y te vas”, espetó. No sabía que el diálogo telefónico estaba siendo grabado y que su invitado iba a difundirlo a los cuatro vientos, de modo de hacerlo quedar en ridículo.

Así como los chinos jamás renunciaron al comunismo, pautado en plazos inauditos de siglos mientras transitan el estadio capitalista de la consolidación material, Castro y Chávez jamás renunciaron a la réplica. Por la ofensa, por un lado. Y, por el otro, por la competencia entre Venezuela y México tanto en la producción de petróleo como en el ingreso en el Mercosur, en donde uno desplazó al otro gracias, en parte, al vínculo con Lula y con Kirchner, y a las inversiones en sus respectivos países. A coro, entonces, todos se pronunciaron contra el ALCA, traducido, en la Argentina, contra Bush.

Lejos de Dios, y de la mano de Dios, Fox venía de un cortocircuito con Bush por no haber firmado un convenio bilateral para la inmunidad de los ciudadanos norteamericanos en México. Con ello ratificó su adhesión a la Corte Penal Internacional, posición compartida con la Argentina. La amenaza era un recorte de 11,5 millones de dólares en la ayuda que otorgan los Estados Unidos al sistema judicial mexicano para luchar contra el narcotráfico.

Más allá de las disputas regionales, aquello que antes era contra la globalización terminó siendo contra Bush y contra aquello que pregone, sea la lucha contra el terrorismo en Europa o el libre comercio en América latina y en Asia. Detrás de todo afloraron gritos contra la guerra. Y afloraron, también, intereses concretos, más guiados por la conveniencia que por el prejuicio y el paradigma, reciclados según la ocasión. La división, recordemos, siempre ha sido siempre la clave de los imperialismos.



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