Memorias del fuego




Nada por aquí, nada por allá, los inspectores de la ONU aún no han hallado en Irak las evidencias que esperaba Bush

En guerra contra el mal, Bush dice que se deja guiar por el olfato. O, según admite en la entrevista hecha libro por Bob Woodward, «no me guío por las reglas escritas; me guío por mis instintos». Confía en ellos. Más que en otra cosa, dejándose llevar por los impulsos. Como si viviera al día. Al acecho de un enemigo capaz de herirlo de nuevo. Un fantasma llamado Osama ben Laden que, amenazante desde un agujero remoto, usa por control remoto a Saddam Hussein como virtual doble. Un títere, resaca 1991, en medio de la paranoia global desatada por el terrorismo.

En guerra contra sí mismo, Bush ejerce la presidencia como una experiencia religiosa: suele inaugurar con una oración las reuniones de gabinete. Sus miembros, a su vez, dedican tiempo libre a la lectura de la Biblia mientras él, según David Frum, ex redactor de algunos de sus discursos, «cada día se levanta sabiendo que ése será otro día sin una copa». De ahí que sea raro que se acueste después de las 9.30 de la noche, de modo de evitar las tentaciones. Y que sea raro, también, que abandone su programa de aerobismo y de gimnasia.

Metódico en las guerras, Bush responde a sus impulsos. Que, en el fondo, son más fuertes que los principios, por más que esa actitud esté reñida con los límites que conocía, y reconocía, la comunidad internacional. Semilla de los motes de arrogante, y neoimperialista, y dale que va, que se ha ido ganando por méritos propios en los foros más diversos, y variados, antes de que Frum, precisamente, reciclara la frase eje del mal (Irak, Irán y Corea del Norte) de la frase eje del odio (Alemania, Italia y Japón durante la Segunda Guerra Mundial).

De esa actitud, viviendo al día y en estado de guerra, se valió Bush para disimular los cracks corporativos desde Enron, vaciar el discurso de la oposición demócrata y encolumnar a los republicanos, en especial en vísperas de las elecciones de medio término que terminaron ganando en noviembre de 2002, mientras clavaba la vista en el terrorismo y hallaba en el derrocamiento de Saddam, la asignatura pendiente de su padre, la obsesión perfecta con tal de soslayar depresiones por la cacería vana del cabecilla de Al-Qaeda.

Ausente con aviso en el eje del mal por falta de entidad como país, por más que opere con sus gobiernos. En algunos casos, con mayor vigor que el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En otros, con mayor impunidad que otras bandas terroristas. Inmune, en todos los casos, a pesquisas inútiles, y desconcertantes, que, si fueran tan efectivas como pretenden la CIA y compañía, evitarían la desproporción por la cual los Estados Unidos gastan en defensa casi la mitad de lo que invierten en ella 191 países juntos.

Todo sea por la causa, folks, insiste Bush. O, quizá, por el olfato, el instinto y los impulsos del «tipo que siempre mete ruido para que haya discusiones», como se describió a sí mismo frente a la periodista televisiva Barbara Walters. Con ella, despojado de frases hechas, o armadas, dejó en claro que «entendimos que ahora nuestro país es un campo de batalla». Es decir, después del 11 de septiembre de 2001.

Y antes, tal vez, tildado Yasser Arafat de terrorista sin reparar en que la intifada (sublevación palestina), declarada antes de las elecciones presidenciales de 2000 en los Estados Unidos, iba a derivar en el desgaste del gobierno de Sharon, aliado obligado de Bush o de cualquier otro por una cuestión de supervivencia.

No de olfato, ni de instinto, ni de impulsos. Con ellos se entiende mejor Saddam, capaz de hacer vacilar al eje indefinido de Rusia, China y Francia, renuentes a los bombardeos por los bombardeos mismos, frente a la obsesión de Bush, codo a codo con Blair, de hacerlo caer en una ciénaga. Como cayó Milosevic, el mandamás serbio que apuró la guerra de Kosovo con su desprecio a los derechos humanos. Y como cayeron tantos.

Esta vez, a diferencia de 1991, sin invasiones estilo Kuwait. Esta vez, con países divididos en la Liga Arabe que no tienen capacidad de respuesta frente a la ampliación del eje del mal por sospechas de la CIA y compañía sobre arsenales de destrucción masiva, o la mera intención de poseerlos, en Siria (el único del área en el Consejo de Seguridad de la ONU, finalmente a favor de la resolución contra Irak), Libia y Sudán.

Con un presidente norteamericano más sensible que otros al petróleo y, por circunstancias fortuitas, más sensible que otros al terrorismo. Que, por la presunción de las armas ocultas por Saddam, ha visto en él un pionero potencial de la nueva, o remozada, doctrina de acción preventiva. Un neologismo reciclado, como el eje del odio. Infructuoso, sin embargo, mientras no haya pistolas humeantes frente a las narices de los inspectores de la ONU. Evidencias, folks, que vayan más allá de las sospechas. O del olfato, del instinto y de los impulsos de Bush.

Hondura cuasi unilateral que vino a legitimar el Consejo de Seguridad de la ONU con su resolución capicúa 1441. Más por insistencia que por convicción frente a la amenaza de Bush de guiarse, o de dejarse llevar, por el olfato, el instinto y los impulsos. Un riesgo: que no haya pruebas, o un delito flagrante, no significa que no haya guerra, tradujo el secretario de Estado, Colin Powell. Un capricho no consensuado ni convalidado, entonces: descargar toda la ira contra un Ben Laden muleto ante el paradero desconocido del Ben Laden real, de modo de preservar el estado de guerra.

El Ben Laden muleto, también guiado por su experiencia religiosa, no es el más chulo del barrio ni ostenta medallas por su respeto a las libertades y los derechos humanos. Razones del margen escaso de negociación para aquellos que han rechazado los bombardeos antes de que los inspectores de la ONU, frustrados en 1998, tuvieran certeza de las peores presunciones de Bush sobre las armas más mortíferas del planeta.

O, al menos, indicios un poco más contundentes que el olfato, el instinto y los impulsos de él. Las varas que miden, o dividen, la frontera del bien y del mal en este mundo desfasado, ninguneadas algunas soberanías nacionales gracias a los favores estratégicos de gobernantes antes dictatoriales, ahora democráticos, con tal de aplicar la inyección letal antes que la vacuna.

O, acaso, la receta del conservadurismo compasivo que pregona Bush desde su campaña electoral, desprovista de toda referencia pormenorizada de aquello que sucediera allende México, Canadá, el Atlántico y el Pacífico.

Soportes, y fortalezas, del olfato, el instinto y los impulsos, enfocados contra un eje del mal cada vez más grande, y odioso, en el cual Bush se maneja con el índice en alto, humeante. Por más que no tenga repuesto, déficit de toda guerra. En guerra contra el mal y, más que todo, contra sí mismo. En estado de guerra, en realidad. Cotidiano y permanente, como la fe.



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