Las dos vidas de Abraham

Abraham Sinai, antes Ibrahim Yassin, era un musulmán chiita que colaboraba con la inteligencia israelí en el Líbano y, después de ser torturado por Hezbollah, emigró a Israel y se convirtió en rabino




Abraham Sinai: "Alá es uno solo" | Foto de Gabriela Valle

JERUSALEN – El rabino Abraham Sinai quería ser el jeque Ibrahim Yassin. La conversión de identidad, religión y país de residencia respondió a un punto de no retorno: “Rociaron con querosén a mi hijo de ocho meses y lo prendieron fuego frente a mis ojos mientras me torturaban en un sótano en el que permanecí once meses y dos semanas sin ver la luz del día”. Eso ocurrió en la aldea del este del Líbano en la cual nació y de la cual emigró con su familia al sur del país primero y a Israel después. El autor de esa atrocidad, dice, fue el jefe de la inteligencia política de Hezbollah, Imad Mugniyah, muerto por la explosión de un coche bomba en Damasco en 2008.

Sinai señala a Mugniyah como autor intelectual del atentado contra la embajada de Israel en Argentina en 1992 y contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) dos años después. Lo escucha con atención un grupo de periodistas argentinos. Mugniyah, dice, “era el encargado de la ejecución de los atentados terroristas fuera del Líbano”. Deduce entonces, sin dar detalles, que Irán estuvo detrás de ambos ataques porque “Hezbollah no hace nada sin una orden” del régimen de los ayatollah. Hezbollah, o Partido de Dios, fundado en los años ochenta en el Líbano, tiene dos caras: la política y la paramilitar, considerada terrorista por Israel y Occidente.

Sinai, de 54 años, era musulmán. Respondía al credo chiita, minoritario en el mundo árabe. Vive ahora en Safed, al norte de Israel, con su mujer, Ziva, antes Diva, y sus nueve hijos. Lleva la barba tupida. Unta el labneh (queso de yogur) en el pan de pita con la mano derecha. Eso revela sus modales. La mano izquierda, entre los árabes, no se utiliza para comer. Su familia tenía buena relación con el Ejército Libanés del Sur , milicia aliada de Israel. A los 17 años comenzó a transmitirle información a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) sobre las actividades de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), el bastión de Yasser Arafat.

En los ochenta, Sinai le informaba al incipiente Hezbollah sobre las actividades de la milicia chiita Amal (Esperanza), contraria a los campamentos de refugiados palestinos en el sur del Líbano. “Vieron que podían confiar en mí y me ascendieron”, cuenta. Llegó a conocer al líder de la organización, Abbas Musawi, “el más sanguinario”, abatido por las FDI en 1992. Diez años antes, en 1982, Israel inició la operación Paz para Galilea, nombre de fantasía de la invasión del sur del Líbano con el fin de expulsar a la OLP. Fue en respuesta al intento de asesinato del embajador israelí en el Reino Unido, Shlomo Argov, por parte del grupo de Abu Nidal.

Entre otras informaciones, Sinai les advirtió a los israelíes sobre un coche bomba que se dirigía a la frontera. Entonces, “llamé directamente a mi contacto. Israel envió un helicóptero que le disparó y lo hizo volar en el camino. También le informé sobre los movimientos de Hezbollah. Eso es una parte de lo que hice. La otra sólo podrá ser revelada después de mi muerte”. Durante esos años, “sabía que mi conexión con los israelíes iba a quedar expuesta. Un día, un pariente vino a mi casa y me dijo que los sirios habían identificado mis conversaciones y mis lugares de reunión con los israelíes”. Era el principio del fin.

En cautiverio, Sinai era torturado diariamente. A los tres meses, Mugniyah apareció en su celda. Le habló con tono suave con el fin de que confesara. Otro miliciano llevaba a su bebé en brazos. “Lo tiró al piso, lo roció con querosén y lo quemó”, resume Sinai inclinando la mirada como si estuviera reviviendo aquella salvajada. Sinai sólo quería vengarse mientras atenuaba su dolor con la lectura del Corán. Cuando lo liberaron, recorrió entre 40 y 50 kilómetros a pie para pedirle auxilio a su contacto israelí. Su mujer estaba embarazada. Se mudaron al sur del Líbano. Huyó con ella y su familia en 1997, convencido por el Mossad de que corrían peligro.

En su libro A Martyr from Lebanon: Life in the Shadow of Danger (Un mártir del Líbano: vida a la sombra del peligro), Sinai enumera sus peripecias y las de su pueblo, así como la conexión entre el ejército libanés y el israelí. En Safed, donde le dieron “refugio, comida y sueldo”, no había ninguna mezquita. Un oficial israelí le presentó al gran rabino Shmuel Eliyahu. Decidió convertirse al judaísmo. “Alá es uno solo”, afirma. En el Líbano, Sulha primo de su padre y aún alto jefe de Hezbollah, medió para su liberación después de los tormentos. La sombra de aquellos días atroces persiste en sus ojos, oscuros y apagados. Testigos de dos vidas. La de Abraham y la de Ibrahim.

Jorge Elías
Twitter: @JorgeEliasInter



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