Primavera Árabe, otoño de una ilusión

Siete años después de que aquella ola de fervor en gran parte de Medio Oriente y el norte de África, los jóvenes son los más desencantados




Las protestas en Irán: un desafío al régimen teocrático

Siete años después de la mecha que encendió la Primavera Árabe en Medio Oriente y el norte de África, la decepción por el aumento de la inflación, la falta de empleo, la corrupción crónica y los frágiles servicios públicos estalló en Túnez y en Irán. La caída del dictador tunecino Zine al Abidine Ben Alí en los albores de 2011 era la única historia aparentemente exitosa de aquel reclamo de democracia. Idénticos motivos desencadenaron en estos días las revueltas en Irán, exento entonces de aquellos avatares. Las protestas calaron ahora más hondo: desafiaron la autoridad del líder supremo de la revolución, el ayatolá Ali Khamenei.

La democracia en el mundo está en crisis, dice en su primer párrafo el informe anual sobre derechos políticos y libertades civiles Freedom in the World 2018, de Freedom House. ¿Está en crisis la democracia o las ilusiones derraparon frente a perspectivas prometedoras en algunos países, como Turquía, Venezuela, Polonia, Myanmar y Túnez, que se vieron demolidas por distintas razones? La mala influencia de China y de Rusia, así como el retroceso de Estados Unidos en la prédica de sus valores, agrega el informe, han dejado el terreno liberado para la protesta y la represión.

El demógrafo norteamericano Richard Cincotta, investigador del Stimson Center, de Washington, vaticinó en 2008 los cambios que iban a producirse en Túnez tres años después. Predijo que el país iba a tener una democracia estable antes de 2020. Lo atribuyó a una “tasa de fertilidad sostenida y cercana al nivel de sustitución”. Por la juventud de la población de Túnez, Cincotta dedujo que la falta de matrícula en las escuelas, la escasa inversión por alumno y la disputa por los escasos puestos de trabajo iban a fermentar un cóctel explosivo en demanda de cambios radicales.

Esa probabilidad, según sus estudios, se da en un 60 por ciento en un país cuya edad promedio ronda los 15 años, en un 80 por ciento si trepa a los 27 años y se disipa cuando la mitad de la población supera los 40 años. En Túnez, la edad promedio, de casi 30 años, es más o menos similar a la de Irán. En Egipto, donde fracasó en forma estrepitosa la Primavera Árabe, es de 24 años. Los países con poblaciones jóvenes (menos de 15 años) necesitan invertir más en las escuelas, mientras que los países con poblaciones mayores (de 65 años o más) necesitan invertir más en el sector de la salud.

Entre los jóvenes, la inestabilidad laboral se traduce en el temor al despido y la eliminación de las vacaciones o de las bajas por enfermedad. Las poblaciones de Túnez e Irán están envejeciendo. Los sub-25 encabezaron las revueltas. En respuesta, el régimen teocrático de Irán los amenazó con prohibir su arma predilecta: las redes sociales. Las protestas de 2018 han sido menos multitudinarias que las de 2009 contra la elección fraudulenta del presidente Mahmoud Ahmadinejad. Su sucesor, Hassan Rouhani, pareció entender la legitimidad de los reclamos mientras el régimen, fundado en 1979, invierte millones en sostener a sus aliados en Siria, Líbano, Irak, Bahréin y Yemen en abierta disputa con Arabia Saudita.

En Arabia Saudita, con una edad promedio parecida a la de Irán y a la de Túnez, la revolución no emana de la sociedad, sino de la monarquía. Una generación joven, la del príncipe sin corona Mohammed bin Salman, procura remozarse, más allá de que cultive la versión extrema del islam, conocida como wahabismo. La de los grupos radicalizados que cometen atentados allende sus fronteras. La modernización de la dinastía Al Saud, en el trono desde 1932, no responde a la convicción de que las mujeres conduzcan coches o concurran a estadios de fútbol, sino a la necesidad de atajar reclamos y de diferenciarse de Irán.

En Túnez, la inactividad lleva a muchos jóvenes a la depresión, al suicidio, al éxodo o a enrolarse en el terrorismo. En marzo de 2015, decenas de personas fueron asesinadas por hombres armados en el Museo Nacional del Bardo, de la capital. Tres meses después, otro atacante mató con un fusil a 38 turistas extranjeros en dos hoteles, “antros de fornicación, de vicio y de apostasía de la ciudad de Susa“, según el Daesh, ISIS o Estado Islámico. Fueron golpes duros en la quijada del turismo, recurso primordial de un país cuyo presidente, Beyi Caid Essebsi, no puede de ponerse en el lugar de los jóvenes. No por su edad, 90 años, sino por su cerrazón.

Publicado en Télam

Jorge Elías
Twitter: @JorgeEliasInter



7 Comments

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.