La otra cara de la Luna

En ocasiones, personajes como Casanova pasan a la historia por haber hecho tal o cual cosa y, por omisión o ignorancia, quedan ocultos rasgos de su personalidad




La máscara de Casanova

Giacomo Casanova se describe a sí mismo como galante, caballeroso y amante fabuloso de 132 mujeres. Le lleva nueve años recordarlas, recordarse y recordarlo todo en sus memorias. Las escribe entre 1789 y 1798. Las termina, sin terminarlas del todo, en Dux (Duchcov, República Checa), a los 73 años de edad, en vísperas de su muerte.

En ellas, el viajero romántico, hedonista gentil y ciudadano del mundo, traductor de la Ilíada y presunto coautor del libreto de Don Giovanni, exalta la gracia de las españolas, que “son muy hermosas” y “arden en deseos y siempre están dispuestas a favorecer algún enredo para engañar a todos los seres que las rodean a fin de espiar sus intrigas”. Da, también, la primicia de su homosexualidad.

El nombre Casanova pasó a ser marca registrada y garantizada de conquista de mujeres. No viene al caso divinizarlo ni juzgarlo por sus inclinaciones sexuales, reservadas a la intimidad. En el imaginario popular, casanova con minúscula es sinónimo de seductor. Hasta tiene definición propia en el Diccionario de la Real Academia Española: “Hombre famoso por sus aventuras amorosas”. No aclara si esas aventuras son con mujeres, aunque hayan sido el fuerte y la suerte de Casanova, o con personas de su mismo sexo, lo cual cambiaría un poco la notoriedad que con tanto tesón se ha forjado el esmerado veneciano.

En ocasiones, algunos personajes pasan a la historia por haber hecho tal o cual cosa y, por omisión o ignorancia, quedan ocultos determinados rasgos de su personalidad. Los conservadores norteamericanos detestan al pornógrafo Larry Flynt, fundador de la revista Hustler, por haber revelado en su libro One Nation Under Sex que el presidente Abraham Lincoln “solía compartir su cama con hombres en las casas en las que se hospedaba” y que Elenonor Roosevelt, esposa del reverenciado presidente Franklin Delano Roosevelt, mantenía “relaciones lésbicas”.

Dolley, la mujer del presidente James Buchanan, no respetaba sus votos matrimoniales. Quizá porque su marido tenía un amante de su mismo sexo. Richard Nixon, tumbado por la investigación periodística del sonado caso Watergate, mantuvo una relación homosexual con el banquero Charles “Bebe” Rebozo, aparentemente conectado con redes mafiosas, según el libro Nixon’s Darkest Secrets: The Inside Story of America’s Most Troubled President, de Don Fulsom.

Pocos pueden imaginarlos en situaciones embarazosas, así como al prolífico Benjamin Franklin, inventor del pararrayos, las lentes bifocales, el cuentakilómetros y las aletas de nadador, entre otras cosas, en su papel de salvador de la revolución norteamericana. ¿Cómo? “Seduciendo a mujeres francesas”, al mejor estilo del abnegado y sufrido Casanova.

Jorge Elías
@JorgeEliasInter | @Elinterin
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