La calle manda en Venezuela

La aplicación del Plan Zamora para movilizar la estructura militar, policial y civil contra la oposición fija con creces el camino sin retorno de Maduro




El reclamo popular frente a la cerrazón del gobierno

Después de la madre de todas las bombas, arrojada por los Estados Unidos en Afganistán, la oposición de Venezuela se proponía lanzar la madre de todas marchas. Era la premisa frente a los atropellos del gobierno de Nicolás Maduro, necesitado de enemigos para sostenerse. El resultado: dos civiles y un militar muertos que, parece, no suman en el inventario de un país desgarrado por la polarización y la violencia, desatada, también, un día después.

Fueron, en total, 20 muertos en tres semanas. Apenas circunstancias, como las tres personas que perecieron durante la incomprensible tentativa de sacar de circulación en un día los billetes de 100 bolívares u otras tantas que cayeron en protestas masivas ante una represión implacable.

La calle manda en Venezuela. Esta vez, después de haber denunciado infinitos planes desestabilizadores de la Organización de los Estados Americanos (OEA), del imperialismo y de otros ismos, Maduro culpó al presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, de orquestar un “intento de golpe de Estado” con luz verde de Washington. Detuvieron a un comando armado. El propósito, dijo Maduro, era “agredir a la movilización convocada por la derecha”. Era feriado por el primer grito independentista de Venezuela, el 19 de abril de 1810. La madre de todas las marchas terminó siendo la madre de todas las batallas.

Maduro había ordenado la noche anterior la ejecución del Plan Zamora. ¿En qué consiste? En movilizar la estructura militar, policial y civil para garantizar el “funcionamiento del país”. Vía libre para el terror en un ambiente hostil, caldeado por las muertes y las detenciones en marchas anteriores; la inhabilitación para postularse a cargos públicos durante 15 años de uno de los líderes de la oposición, Henrique Capriles, gobernador de Miranda, a la sombra de presos políticos como Leopoldo López; la censura; una inflación galopante, y la escasez de medicinas, alimentos y elecciones.

En su testamento político, Hugo Chávez dejó en manos de Maduro algo más peligroso que un país en quiebra por la baja del precio del petróleo. Dejó en manos de Maduro la Milicia Nacional Bolivariana. Un cuerpo civil de apoyo a las fuerzas armadas que debe “contribuir a la defensa del país”. Lo componen medio millón de miembros. “El pueblo en armas”, según Maduro. Piensa duplicarlo mientras el ejército, de menor dotación, dispone de mucho dinero gracias a la administración de la mitad del presupuesto nacional desde varios ministerios.

Después del vano experimento del Tribunal Supremo de asumir las competencias de la Asamblea Nacional, Maduro cargó contra su presidente, Borges, por llamar “abiertamente a un golpe de Estado a los funcionarios de la Fuerza Armada, al desconocimiento de sus líneas, de sus mandos y de su comandante en jefe”. Él. Todo por reclamar las elecciones de gobernadores y de alcaldes que debieron realizarse en 2016, así como el referéndum revocatorio previsto por la Constitución, y por denunciar ante el Tribunal de La Haya, máximo órgano de justicia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), un “caso de tortura” de dirigentes juveniles.

Los golpes de Maduro, blanco de huevazos y piedrazos mientras iba en un vehículo descapotado durante un desfile militar en un territorio supuestamente afín, zigzaguean entre el enemigo externo y el complot interno. Al enemigo externo, encarnado en Donald Trump, le aportó medio millón de dólares para su investidura por medio de Citgo Petroleum, la filial norteamericana de la petrolera paraestatal venezolana Pdvsa, según la Comisión Federal Electoral de los Estados Unidos. Al enemigo interno decidió convocarlo para cantarle sus “cuatro verdades” tras el fracaso de las mediaciones de tres ex mandatarios extranjeros y del Vaticano.

¿Puede un pueblo cambiar la historia en sus calles? La Marcha de la Sal de Gandhi, evocan algunos, comenzó con un puñado de personas y llegó a contar con más de 60.000 en las costas de Dandi. Fue el puntapié de actos pacíficos de desobediencia civil, llamados Satyagraha, que culminaron con la impensable independencia de la India del imperio británico en 1947. Siete décadas después, en otras latitudes y en otro contexto, la oposición venezolana, tan dividida como el oficialismo, apela al mismo recurso. La postal, en este caso, refleja más impotencia que fortaleza. De un lado y del otro de la calle.

Publicado en Télam

Jorge Elías
@JorgeEliasInter | @Elinterin
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