Titulares

El sincericidio de Trump

El inminente presidente de los Estados Unidos parece más preocupado por sus cuestiones personales que por los asuntos de Estado

Trump: "You're fired!"

¿Qué hace al filo de las seis y media de la mañana de un lunes el presidente electo de los Estados Unidos en una semana durante la cual brindará su primera conferencia de prensa en casi medio año y, a su vez, varios miembros de su gabinete desfilarán por el Senado para ser confirmados? ¿Duerme? ¿Medita? ¿Proyecta su inminente gobierno? Frío. Despacha furibundos tuits contra la actriz Meryl Streep en respuesta a un discurso de la noche anterior, durante la ceremonia de los Globos de Oro, en el cual se sintió aludido sin ser mencionado. Le reprocha ser “una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood” y “una lacaya de Hillary, que perdió de manera aplastante”.

Donald Trump continúa en campaña y, con el mismo tono grosero con el cual trata a los periodistas escépticos o enrolados en medios de comunicación críticos, echa mano de su juego favorito, Twitter, acaso como el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, muestra músculo lanzando misiles a diestra y siniestra. Es la era de los mandatarios envalentonados, como el de Rusia, Vladimir Putin; el de China, Xi Jinping; el de Turquía, Recep Tayip Erdogan, y el de Filipinas, Rodrigo Duterte, así como el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, y el de Hungría, Viktor Orbán, embanderados en una suerte de nacionalismo nostálgico que aboga por restaurar grandezas pretéritas.

Por la red social, Trump puede comunicarse con sus millones de seguidores sin intermediación alguna con igual facilidad que el cabecilla del Daesh, también llamado ISIS o Estado Islámico, reivindica un atentado terrorista o insta a los suyos a matar apóstatas y dañar los intereses de varios países. “Trump, madure, es hora de que crezca, es hora de ser adulto”, le aconsejó en vano el vicepresidente saliente, Joe Biden. De la agencia oficial china, Xinhua, también recibió una amonestación: “La obsesión de hacer diplomacia en Twitter es indeseable”. No pareció importarle, of course.

Tampoco pareció importarle que en los Estados Unidos rija desde 1967 una ley que prohíbe el nombramiento de familiares en puestos directos dentro del gobierno. Por Twitter anunció un gabinete compuesto por multimillonarios, generales e ideólogos, así como la designación de su yerno, Jared Kushner, el marido de Ivanka Trump, como alto consejero presidencial de la Casa Blanca en un flagrante caso de nepotismo. Lejos de los convencionalismos, Trump se jactó durante la campaña de haber evadido impuestos y de hacerse hueco para el gobierno como si fuera parte de sus negocios.

A contramano de la tradición del traspaso en los Estados Unidos, habitualmente cordial más allá de las diferencias políticas entre el presidente entrante y el saliente, Trump no tiene empacho en preguntarse en un tuit si “estamos viviendo en la Alemania nazi”, denostando a los espías de su propio país que deben velar por la seguridad nacional, o de insistir en tildar de “corruptos” a quienes “se oponen en un intento de menospreciar nuestra victoria con noticias falsas”.

El sincericidio de Trump contribuye al espectáculo brindado en la primera rueda de prensa después de su triunfo, regada con amenazas veladas contra las industrias farmacéutica y automotriz si no invierten en su país, la promesa de hacer pagar a México el muro con el cual tapiará la frontera, la admisión a regañadientes de la contribución de Rusia a su campaña con el pirateo informático de las cuentas del Partido Demócrata, el boicot contra determinados periodistas por trabajar en medios de comunicación que equipara con adversarios políticos y, quizá lo más irritante, el regodeo silencioso con los aplausos y los vítores de su claque. Si no, “you’re fired (estás despedido)!”.

Jorge Elías

@JorgeEliasInter | @Elinterin
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