Titulares

Duro de domar

Con la fórmula de la mano de hierro, de la amenaza frecuente y del insulto fácil, el controvertido presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, goza de una enorme popularidad a pesar de ser acusado de violar los derechos humanos

Duterte, celoso de su imagen de matapang (valiente en tagalo)

Por Jorge Elías

El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, iba a reunirse el 5 de septiembre en Laos con su par de los Estados Unidos, Barack Obama. Un rato antes, lo tildó de “hijo de puta” por criticar su plan de lucha contra la droga. Obama canceló la cita. Idéntico piropo le había prodigado al papa Francisco por provocar atascos en la capital, Manila, en enero de 2015, después del peor tifón de la historia. Ocho de cada diez filipinos son católicos. Seis millones de fieles concurrieron a la misa. Fue un récord. No le importó. “Quería llamarle y decirle: Papa, tú, hijo de puta, vete a casa y no vuelvas nunca más”, exclamó Duterte. Era alcalde de Davao, en la isla de Mindanao.

Lo llaman “El Castigador”. Y se vale de ese mote, así como de los insultos y de las amenazas contra propios y extraños más allá de sus investiduras, para atesorar el 91 por ciento de imagen positiva, la más alta jamás recibida por un jefe de Estado de Filipinas. Durante la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), le había advertido a Obama: “Debes ser respetuoso, y no solo lanzar preguntas y comunicados. Hijo de puta, te voy a maldecir en ese foro”. Después descafeinó el agravio por medio de un comunicado oficial: “Lamentamos que hayan entendido [sus declaraciones] como un ataque personal hacia el presidente norteamericano”.

El presunto malentendido no hizo más que exaltar su fama, instando a la población a “matar a los narcotraficantes” sin medias tintas: “Esos hijos de puta están destruyendo a nuestros hijos. Si conoces a algún adicto, ve por él y mátalo tú mismo porque conseguir que sus padres lo hagan será muy doloroso”. De saber que alguno de sus cuatro hijos son drogadictos, agregó, “los mataría”. Su cabeza tiene precio para los narcotraficantes: un millón de dólares. Duterte, a su vez, alienta la justicia por mano propia: “Si están en tu barrio, no dudes en llamar a la policía o hazlo tú mismo si tienes una pistola. Tienes mi apoyo”. Los cadáveres son envueltos con cinta y etiquetados como “ladrón”, “traficante”, “camello” o “drogadicto”.

Sobre Duterte, de 71 años de edad, llueven las objeciones de organismos de derechos humanos e inclusive de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), tildada de “estúpida” por cuestionar las ejecuciones extrajudiciales. Con el embajador de los Estados Unidos en Filipinas, Philip Goldberg, no se mostró más refinado al tratarlo de “gay e hijo de puta”. Tampoco lo había sido al comentar con cinismo el crimen de una misionera australiana durante un motín en una cárcel al sur de Filipinas en 1989: “Estaba enfadado porque la violaron, pero era tan guapa… El alcalde tenía que haber sido el primero. ¡Qué desperdicio!”. El alcalde era él mismo, orgulloso de consumir viagra. Tarde, como siempre, se disculpó: “A veces me sale lo peor de mí por la boca”.

La boca le reporta adhesiones y reproches con beneficio de inventario. En febrero, durante la campaña electoral, dijo que iba a enfrentar los conflictos de Filipinas con Pekín sobre el Mar del Sur de China como si fuera Rambo: “Iré hasta allí con mi propia moto de agua, llevaré mi propia bandera y un palo y, una vez que desembarque, plantaré la bandera y gritaré a las autoridades chinas: ¡mátenme!”. Luego se calmó. En 1995 había quemado una bandera china para protestar por la ejecución de una mujer filipina en ese país al grito: “Son una guarnición que se cree un país”.

En lo que lleva de gobierno, desde el 30 de junio de 2016, murieron a manos de policías y civiles, llamados vigilantes, más de 2.000 personas, algunas de la cuales eran narcotraficantes o adictos. Les ofreció a los policías y los militares delatar a pares implicados en el negocio de la droga a cambio de una recompensa de 40.000 dólares. “Vendan a esos amigos”, los alentó. También está en pie de guerra contra Abu Sayyaf, rama del Estado Islámico (EI) que perpetró el 2 de septiembre un atentado en Davao. “Los comeré vivos, crudos –espetó Duterte–. Si los tengo delante, puedo comer humanos. Abriré sus cuerpos. Denme vinagre y sal, y los comeré”. Cuando era alcalde, según testificó un ex miliciano filipino ante el Senado, les ordenó a él y a otros miembros de un escuadrón de la muerte que mataran a delincuentes y rivales. Hubo más de 1.000 fallecidos.

¿Cuál es la clave del aparente éxito de Duterte? Un cuarto de la población de Filipinas vive con menos de dos dólares diarios. La fortuna de las 40 familias más ricas se ha triplicado desde 2010. Sólo en 2015, 2,3 millones de personas emigraron. La renta per cápita es de 3.000 dólares, igual que en la Franja de Gaza. Las dinastías políticas llevaban los apellidos Marcos, Aquino y Macapagal. Marcos ganó las elecciones en 1966, pero en 1972 declaró la ley marcial y se robó la democracia. Desde la revolución de 1986 hubo numerosas intentonas golpistas, fraudes electorales, ataques de movimientos islamistas y comunistas, asesinatos políticos, violaciones de los derechos humanos por parte del gobierno y escándalos de corrupción que forzaron la salida del presidente Joseph Estrada en 2001.

Nada justifica la violencia ni el léxico agresivo, pero refleja el estado de ánimo de la población. Duterte, celoso de su imagen de matapang (valiente en tagalo), se propone restablecer el orden a un precio altísimo, animando a violar los derechos humanos y cometer delitos de lesa humanidad. Una estrategia que lleva la tolerancia cero a confundir justos con pecadores e inocentes con maleantes.

Twitter @JorgeEliasInter y @Elinterin
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