Cachorros y perlas

Con la religión como excusa, los niños son entrenados por el Estado Islámico para morir matando en atentados suicidas mientras las niñas permanecen recluidas para aprender a cuidar a sus maridos




Inocencia interrumpida

Por Jorge Elías

En 2015, el Daesh o Estado Islámico (EI) difundió el video aterrador de un niño de 12 años de edad que ejecutaba a tiros a dos presuntos espías del servicio secreto ruso. En Kirkuk, Irak, un adolescente llevaba en agosto de este año un cinturón explosivo debajo de la camiseta número 10 del Barcelona, la de Messi. Lo detuvieron antes de que volara en mil pedazos y dejara un tendal de víctimas. Su hermano, también menor, se había inmolado un rato antes en una mezquita chiita. Lo hizo en nombre del Daesh, de raíz sunita. Otro niño cometió un atentado similar durante una boda en la ciudad turca de Gaziantep, cerca de la frontera con Siria. Mató a 52 personas. Más de la mitad eran niños.

Son los cachorros del califato, brigada de niños de 12 a 15 años de edad. Los reclutan, adoctrinan y entrenan para ir al cielo antes de tiempo con decenas de víctimas. ¿Por qué utilizan niños? “Porque generalmente tienen menos miedo que los adultos y no pueden analizar la situación sobre la base de vivencias previas”, explica la Fundación Quilliam, de Londres. Los niños son “pizarras en blanco”. Los someten a un rígido plan de estudios de formación jihadista. Las niñas, llamadas perlas del califato, deben permanecer veladas, ocultas y confinadas para aprender a cuidar de sus maridos, aunque también haya mujeres dispuestas a sacrificarse.

Son la otra cara de Omran Dagneesh, el niño sirio de apenas cinco años de edad, herido y polvoriento, cuya imagen dentro de una ambulancia en Alepo pasó a ser el espejo de su pueblo y de otros enzarzados en guerras. La de Siria comenzó en marzo de 2011. Cien mil niños viven al filo de la muerte en un país en el cual uno de cada tres ha nacido en guerra, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). En el mundo, la mitad de los refugiados son menores. La cantidad de niños en esa situación se duplicó entre 2005 y 2015. Entre refugiados (que viven en otros países) y desplazados (que debieron mudarse dentro del país) suman unos 50 millones.

Del total de niños bajo la protección del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur), un 45 por ciento procede de Siria y Afganistán. En la cuenca del lago Chad, África, un millón y medio de menores se vio obligado a abandonar sus hogares a raíz de la violencia de Boko Haram, afiliado al Daesh. El informe Children on the move, children left behind (Niños en movimiento, niños dejados atrás), de Unicef, refleja el efecto devastador del terrorismo en la población infantil de Nigeria, Camerún, Chad y Níger. Uno de cada cinco atentados fue cometido por niños “probablemente drogados” que portaban “chalecos cargados de explosivos” durante 2015.

Los niños refugiados tienen cinco veces menos probabilidades de asistir a la escuela que el resto de los menores. También son los más expuestos a morir ahogados en la travesía por el Mediterráneo, como el pequeño Aylan Kurdi, hallado boca abajo en una playa de Turquía. Era un niño sirio más que intentaba alcanzar la isla griega de Kos. Su familia pagó cerca de mil dólares a los traficantes por cada una de las plazas del bote. De seis sobrevivieron dos. Tres de ellos eran niños. El mar los ingirió de un trago y los escupió sobre la arena. Ninguno llevaba chaleco salvavidas. No sabían nadar. Tampoco sabían que su vida iba a ser tan mezquina y breve. O que, a esa corta edad, iba a ponerlos en el dilema entre ser refugiado o, peor aún, cachorro o perla.

 

Twitter @JorgeEliasInter y @Elinterin
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