Un fantasma recorre Europa

El presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, insiste en reclamar confianza en los partidos tradicionales, pero admite que la era de las certezas está llegando a su fin




Martin Schulz: “Las antiguas certezas están llegando a su fin”, así que “no nos hagamos ninguna ilusión”

Por Jorge Elías

En la Revolución Francesa, en 1789, el nacionalismo comenzó a ser una certeza en Europa. Cayó en desgracia después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. La semilla de la Unión Europea (UE), germinada en los años cincuenta con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, resultó ser el mejor antídoto contra catástrofes de esa magnitud. El Brexit (la salida del Reino Unido del bloque) vigorizó ahora el instinto de defender el interés nacional. La avalancha de crisis ha recreado un fantasma y, como dijo presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, “las antiguas certezas están llegando a su fin”, así que “no nos hagamos ninguna ilusión”.

Este mundo, parecido en apariencia al anterior a los grandes acuerdos, dista del mundo del siglo XVIII, cuando no había conciencia del Estado nacional, y del mundo del siglo XX, marcado por los extremos entre el fascismo y el comunismo. Es un mundo supuestamente más pacífico, aunque lidie con los horrores del terrorismo y de conflictos inconclusos como los de Siria, Irak, Sudán del Sur, Afganistán, Yemen y la cuenca del lago Chad. Su saldo, además de muerte y destrucción, son legiones de migrantes en busca de alivio.

Los retos globales, enumerados por Schulz durante una reunión con periodistas en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), son el cambio climático, la inmigración, el comercio y el control del sector financiero en un contexto en el cual el fantasma del nacionalismo, embrión de las peores calamidades del siglo XX, ha vuelto con un aspecto remozado. Obra como un muro ante los excesos del establishment, pero también erige su propio muro frente a la amenaza del terrorismo y del islamismo radical, confundidos adrede con los refugiados.

El nacionalismo, de nueva traza y tono populista, desconfía de las instituciones supranacionales, como el Parlamento Europeo, la Comisión Europea y el Tribunal de Justicia Europeo. Debe su crecimiento, en parte, a la debacle de la socialdemocracia, incapaz de ofrecer seguridad económica y proteger la identidad. Su arma favorita son los referéndums sobre diversos temas: desde la pertenencia de los países a la UE al estilo del Reino Unido hasta asuntos más específicos, como las cuotas de acogida y relocalización de refugiados. Por eso, sus líderes aprecian a Suiza, donde la mayoría de los temas son sometidos a consultas populares.

En Europa, la elite política tradicional se ve amenazada por partidos pequeños, de derecha y de izquierda, que desempeñan alguna función en los gobiernos de ocho de los 28 Estados miembros por medio de alianzas con partidos tradicionales y ocupan 1.329 escaños parlamentarios en 25 de ellos. “La confianza de la gente en los políticos ha quedado muy tocada en espera de respuestas”, señaló Shulz, miembro de la dirección del partido socialista alemán. La falta de respuestas de los partidos tradicionales, enfrascados en pujas internas, ha estrechado el puente que deberían tender hacia las sociedades.

Entonces, frente a un discurso circunstancial o vacío sobre los problemas cotidianos, esas personas que no se sienten representadas por los partidos tradicionales encuentran contención en aquellos que prometen “devolverle el poder al pueblo” por medio de una “democracia directa”. El Consejo Europeo de las Relaciones Exteriores (ECFR) identificó a 45 formaciones de ese tipo, llamadas “insurgentes”. Son “ampliamente escépticos con la UE e incluso anti UE; detestan intervenir en el exterior, particularmente en Medio Oriente; no les entusiasman las relaciones con los Estados Unidos, y aprecian la gestión de Vladimir Putin en Rusia”.

Los partidos no convencionales están ganando de ese modo elecciones locales, regionales, nacionales y europeas. Poco antes del Brexit, Donald Tusk, ex primer ministro de Polonia y actual presidente del Consejo Europeo, dijo en una reunión con líderes de partidos de centro derecha en Luxemburgo que los ciudadanos comunes no compartían el entusiasmo de algunos políticos por “una utopía de Europa sin Estados nación, una utopía de Europa sin intereses y ambiciones en conflicto, una utopía de Europa que impone sus propios valores al mundo exterior, una utopía de unidad euroasiática”.

En el Brexit, la grieta se ensanchó: ricos frente a pobres, ganadores frente a perdedores del comercio y la globalización, cualificados frente a no cualificados, personas con alta educación formal frente a personas con menor educación formal, jóvenes frente a maduros, lo urbano frente a lo rural y comunidades diversas frente a comunidades homogéneas, según el economista turco Nouriel Roubini, profesor de la Universidad de Nueva York. “Las mismas líneas divisorias están apareciendo en otras economías avanzadas, incluyendo las de los Estados Unidos y Europa continental”, agregó.

El Brexit también encendió alarmas. En España creció la aprehensión ante la renovada expectativa de independencia en Escocia como fuente de inspiración de los separatistas de Cataluña. En Irlanda, el resultado de la votación en el Reino Unido provocó inquietud por la resiliencia del acuerdo de paz de Irlanda de Norte. En Alemania temen que el partido ultraderechista Alternativa para Alemania, antieuropeo y xenófobo, gane por primera vez escaños en el Bundestag (Cámara de Diputados) en las elecciones de 2017.

En Italia, donde partidos “insurgentes” como el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte nunca han sido tan fuertes, el primer ministro, Mateo Renzi, corre el riesgo de naufragar si pierde un referéndum en octubre sobre reformas constitucionales que convertirían al Parlamento en una legislatura unicameral. En Francia, donde la impopularidad del presidente socialista François Hollande bate récords, la vuelta del ex mandatario conservador Nicolas Sarkozy como precandidato presidencial despierta menos expectación que la propuesta del ultraderechista Frente Nacional de Marine Le Pen de convocar a un Frexit (la salida de la UE).

En Europa central y oriental, a su vez, los gobiernos nacionalistas de Hungría y Polonia dejan entrever que la democracia, más que los políticos, está en tela de juicio. El primer ministro húngaro, Viktor Orban, convocó un referéndum sobre el rechazo de las cuotas fijadas por la UE para el asentamiento de los refugiados. Entre ellos prima una gran preocupación por la cooperación entre la UE y Turquía para solucionar la crisis. Veintidós de los 45 partidos rechazaron esa posibilidad, según el estudio de ECFR, así como una virtual ayuda a Turquía en el conflicto sirio.

El magro desempeño de partidos de la izquierda radical, como Podemos en España, o el descontento con el gobierno de Syriza en Grecia, así como el callejón sin salida del laborismo británico con la conducción de Jeremy Corbin, también son un síntoma del malestar. La derecha radical, más iracunda, no tiene empacho en amonestar el multiculturalismo y, como puede suceder en la repetición de las presidenciales de Austria, prevista para octubre, en celebrar la posibilidad de coronar a un presidente de ese extracto. “La democracia no sale del enchufe como la electricidad”, observó Schulz, intranquilo.

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