La otra guerra de Irak




Muqtada al Sadr, exponente del fastidio social

Más allá de los atentados que comete el Estado Islámico, la población quiere terminar con una corrupción rampante que corroe a buena parte de su dirigencia política

Por Jorge Elías

De ser por los Estados Unidos y sus aliados occidentales, la prioridad en Irak debería ser derrotar al Daesh o Estado Islámico (EI), grupo sunita que domina parte del territorio y que, en los últimos días, ha cometido atentados atroces. La población, de mayoría chiita, piensa otra cosa. Prefiere presionar al denostado gobierno del primer ministro Haider al Abadi para terminar con la corrupción que corroe a su dirigencia política e impide crear fuentes de trabajo y mejorar los servicios públicos. Son las dos caras de un país que, tras su segunda guerra en poco más de una década y varios experimentos gubernamentales fallidos, no logra levantar cabeza.

En esta otra guerra de Irak, la doméstica, el clérigo chiita Muqtada al Sadr ha capitalizado la decepción popular con multitudinarias protestas callejeras que superaron las vallas de la antes inexpugnable Zona Verde de Bagdad, construida por las tropas norteamericanas tras la invasión de 2003. Sadr era el líder de la milicia armada Mahdi, obstinada en la resistencia violenta contra la ocupación extranjera entre 2004 y 2008. Ese año fue disuelta. En 2014, después de haber vivido tres años en un exilio voluntario en Irán, la coalición política de Sadr obtuvo 34 escaños en el Parlamento. Legitimó de ese modo su nueva faceta: la política, de fuerte prédica nacionalista.

Es, ahora, un reformista que, lejos de propiciar el derrocamiento del primer ministro Abadi, también chiita, procura atenuar la influencia de Irán, líder regional de esa rama del islam, y liquidar el sistema de cuotas que implantaron los Estados Unidos y sus aliados tras la guerra que comenzó en 2003. Por ese sistema, los chiitas, sunitas y kurdos comparten el poder, pero, en realidad, ha fomentado el clientelismo político en los cargos públicos. Nuri al Maliki, primer ministro entre 2008 y 2014, favoreció a la mayoría chiita en desmedro de la minoría sunita a la cual pertenecía el difunto Saddam Hussein. Esa discriminación llevó a muchos sunitas a enrolarse en el Daesh.

El gobierno de Abadi, dividido en facciones, perdió fuerza frente al poderío territorial del Daesh, iniciado en 2014, y la presión de los jefes tribales chiitas del Sur y los separatistas kurdos del Norte, cuyo brazo armado son los peshmergas. El fastidio social, sumado a la caída del precio del petróleo, alienta las manifestaciones, cada vez más numerosas. Las tropas iraquíes no superan el desánimo. La supuesta recuperación de Mosul, la segunda ciudad en importancia, de manos del Daesh, tras los bombardeos de la coalición occidental, no resultó tan contundente como quiso transmitirla Barack Obama.

Después de la guerra declarada en forma unilateral e irresponsable por George W. Bush, Obama se apresuró a cumplir con su promesa de retirar las tropas de Afganistán e Irak. Cuatro mil militares permanecen en Irak entrenando soldados. Sadr rechaza al Daesh con las llamadas campañas de paz, sucesoras del ejército Mahdi. Era “el hombre más peligroso de Irak”. Pasó a ser en la ciudad de Nayaf, a 160 kilómetros de Bagdad, el líder moderado de una transición que algunos llaman Primavera Árabe iraquí. Quizás esta otra guerra, la doméstica, sea la definitiva en un país que no logra vencer a su peor enemigo: la impotencia.

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