América del Sur, líder en fragilidad




Venezuela hoy

La crisis económica por la caída del precio de las materias y del petróleo pasa factura política en Argentina, Venezuela, Brasil y Ecuador

Por Jorge Elías

El exceso de demanda en el pasado restringe la capacidad de maniobra en el presente. Traducido: la caída del precio de las materias primas y del petróleo golpea con fuerza a América del Sur, líder en fragilidad a los ojos del Banco Mundial. Los más afectados por su menor capacidad de reacción fiscal son Argentina, Venezuela, Brasil y Ecuador. Esos países mejoraron en los últimos años en inclusión social y desarrollo humano, pero también gastaron más de la cuenta a expensas del viento de cola de la economía y del “efecto espejismo” de las inversiones de China.

Ese factor y el desgaste de sus gobiernos, reflejado en el malhumor de parte de sus poblaciones, explica los cambios tras las elecciones presidenciales de Argentina y las legislativas de Venezuela. También explica el impeachment (juicio político) de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el escaso entusiasmo que provoca en Ecuador la luz verde de la Corte Constitucional para habilitar un referéndum que habilite un nuevo mandato del presidente Rafael Correa en coincidencia con las cuantiosas pérdidas humanas y materiales que ocasionó el reciente terremoto.

En los cuatro casos, aunados por haber arropado liderazgos de signos políticos afines, la polarización cala hondo. La clase media ve más asociados a las presidencias de los últimos años con el autoritarismo estatal que con el beneficio de las mayorías populares. Todo se resume, en sus críticas, en el reparto del dinero público entre capitalistas amigos y el derrame en las clases populares en medio de sospechas de corrupción. De ese modo, el papel del gobierno progresista se ha reducido al enriquecimiento de una minoría en lugar de la redistribución colectiva que declamaban socialistas, socialdemócratas, comunistas, bolivarianos y compañía.

En Argentina y Venezuela está clarísima la confusión entre la Sierra Maestra cubana y los barrios acaudalados de las capitales, como Puerto Madero en Buenos Aires o la Lagunita Country Club en Caracas. La supuesta izquierda que alza las banderas de los movimientos sociales sin romper con el capitalismo tilda peyorativamente a quien no piensa igual de derechista o de cosas peores. La derecha representa, en circunstancias más patológicas que políticas, una expresión de egoísmo asociada con intereses antipatrióticos y extranjeros.

La decisión del presidente venezolano Nicolás Maduro de instaurar durante dos meses el fin de semana de cinco días para los funcionarios públicos y de tres para el resto de los trabajadores por el colapso energético refleja su impericia para gobernar uno de los países más ricos del planeta en reservas de petróleo, más allá de la caída del precio del barril desde 2015. La impericia no responde a una ideología en particular ni es culpa del imperialismo u otro fantasma externo, como suelen machacar aquellos presidentes que, de pronto, se ven superados por la impotencia.

Entre sus seguidores, muchos de los que se arrogan el título nobiliario de progresistas jamás pertenecieron a la clase obrera (proletarios, en el léxico tradicional) ni se enrolaron en un sindicato. Si en Venezuela surgieron los boliburgueses gracias a Hugo Chávez, en Argentina se multiplicaron los que, enarbolando la Revolución Cubana y el socialismo del siglo XXI, abusaron de las dádivas del Estado.

La caída del precio de las materias primas y del petróleo, así como el acercamiento de los Estados Unidos a Cuba, coincide con una fenomenal crisis de confianza en la democracia. Por primera vez desde la Gran Recesión de 1929, la fe en los gobiernos, las empresas, los medios de comunicación y las ONG se sitúa por debajo del 50 por ciento en dos tercios de los países evaluados por la consultora de comunicación y relaciones públicas Edelman. Entre ellos se encuentran los Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania y Japón. En América latina, comenzando por Brasil y México, la situación no es mejor.

Sin confianza, las instituciones fallan, las sociedades tambalean y los líderes pierden crédito, aunque procuren inculcarles a sus sociedades que han vivido una fiesta inolvidable durante un rato. Apenas un rato en la historia.

Twitter @JorgeEliasInter y @elinterin
Facebook Jorge Elias
Suscríbase a El Ínterin



3 Comments

Deja un comentario