La pregunta del millón




Sirios en el Líbano

Cada diez minutos nace un niño apátrida en un mundo conmovido por la legión de migrantes irregulares y refugiados que intentó arribar a Europa en el año, cuatro veces más que en 2014

Por Jorge Elías

Un millón de migrantes irregulares intentó arribar por tierra y por mar a Europa en 2015. Son cuatro veces más que en 2014. Murieron 3.600. La mayoría osó desafiar a las encrespadas aguas del Mediterráneo en embarcaciones precarias. Es la peor tragedia desde la Segunda Guerra Mundial. En un mundo convulsionado por guerras, atentados terroristas y crisis, cada 10 minutos nace un niño apátrida. Son 70.000 por año. Nutren una legión imprecisa de 10 millones. Las leyes de 27 países impiden que las mujeres transmitan su nacionalidad a los hijos en iguales condiciones que los hombres. Si el padre está ausente, el recién nacido carece de Estado.

El apátrida nace condenado a la discriminación y a la dificultad de acceder a la atención sanitaria y a la educación por no tener el documento de identidad en regla, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Nace condenado a la exclusión, como si fuera extranjero en su país. Carga con la misma cruz que los refugiados, esperanzados en ser acogidos fuera de casa. Hay excepciones. Los libaneses no ven en los sirios a refugiados, sino a desplazados. Los unen lazos fraternales. La pregunta del millón: ¿puede un país de 4,5 millones de habitantes cobijar a dos millones de refugiados?

La presión migratoria por los conflictos de Siria, Irak y Afganistán, así como la amenaza terrorista, ha puesto en tela de juicio en Europa una de sus máximas conquistas, la libre circulación de las personas. La palabra del año seleccionada por la Sociedad de la Lengua Alemana (GfdS) ha sido refugiado. Más allá de la xenofobia desatada por los innumerables contingentes, al igual que en Hungría y Eslovaquia por su aversión a los musulmanes y en Francia por los dos atentados de 2015, el gobierno de Angela Merkel ordenó traducir al árabe los primeros 20 artículos de la Constitución, referidos a los derechos básicos, para facilitar la integración.

En Nigeria y países vecinos como Camerún, Níger y Chad, la violencia provocada por el grupo terrorista Boko Haram, afín al Estado Islámico (EI) en su delirio de imponer la sharia (ley islámica), ha dejado a un millón de niños sin educación, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Debieron cerrar más de 2.000 colegios por ataques y saqueos, así como por el secuestro masivo de niñas y adolescentes. Muchos huyen. Los naufragios son cada vez más frecuentes. El de octubre de 2013 en las costas de Lampedusa causó consternación, así como la imagen del cuerpo inerte del pequeño Aylan Kurdi, hallado en Turquía.

La consternación duró poco, como la vida misma. Escribe el filósofo de la modernidad líquida Zygmunt Bauman: “Estos nómadas, que lo son no de forma voluntaria, sino por el veredicto de un destino despiadado, nos recuerdan de manera irritante la vulnerabilidad de nuestra posición y la fragilidad de nuestro bienestar. Es una costumbre humana, demasiado humana, culpar y castigar a los mensajeros por el odioso contenido del mensaje que transmiten, en lugar de responsabilizar a las fuerzas mundiales incomprensibles, inescrutables, aterradoras y lógicamente resentidas que sospechamos que son las culpables del angustioso y humillante sentimiento de incertidumbre existencial que nos arrebata la confianza y causa estragos en nuestros planes de vida”.

Los temores comprensibles se mezclan con los prejuicios adquiridos. ¿Quién llama a la puerta? El desconocido, el extraño, el incomunicado por naturaleza que, a los ojos occidentales, tiene aspecto de árabe, ha de ser musulmán y, por eso, tan solo por eso, tal vez esté dispuesto a morir matándonos, como en París, Estambul, Beirut, Londres, Madrid, Nueva York… La pregunta del millón es cómo vencer esos reparos detrás de una puerta cerrada, escrudiñando por la mirilla, o cómo abrirla de par en par. El aislamiento es recíproco. El miedo también.

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