Titulares

Gato por liebre

Mayor Stubbs: corrupción cero

La alcaldía de un pueblo de Alaska tiene la particularidad de ser regida por un gato en lugar de un ser humano, lo cual, aunque sea simbólico, es directamente proporcional con la ausencia de corrupción

Stubbs nació el 12 de abril de 1997. Lo encontraron en una caja con otros gatitos en una tienda de Talkeetna, Alaska, Estados Unidos. El dueño de la tienda se quedó con ellos. A los tres meses, el cachorro atigrado amarillo de rabo corto (de ahí su nombre) pasó a ser el alcalde del pueblo frente al descontento de la gente con los candidatos (humanos, todos ellos). Lo eligieron por amplia mayoría. Desde entonces, el gato Stubbs (más respeto: Mayor Stubbs) administra a puro maullido los destinos de ese distrito histórico cuya alcaldía es, en realidad, simbólica.

Su popularidad, tras casi dos décadas de hegemonía, continúa en alza. No cualquier alcalde va desnudo por la calle, duerme siestas interminables y se deja mimar impúdicamente por los contribuyentes. Los habitantes de Talkeetna, menos de 1.000, están felices de haber convertido a su alcalde en una atracción turística, aunque no todo haya sido color de rosas. En 2013, Stubbs resultó víctima de un atentado terrorista. Lo atacó un perro callejero que, con sus colmillos, le perforó un pulmón, le fracturó el esternón y le provocó un corte de 12 centímetros en uno de sus lados. Salió con vida de milagro.

Su ejemplo, igualmente, trascendió fronteras. En 2013 quiso imitar a Stubbs otro felino. Morris, apodado “El candigato”, saltó a la fama en Xalapa, capital de Veracruz, México. Su eslogan de campaña, interpretado como una falta de respeto por los otros candidatos (humanos, todos ellos), rezaba: “Ante la cantidad de ratas que acechan esos puestos, sólo un gato podrá poner orden. ‘El candigato’ no promete nada más que los demás candidatos: descansar y retozar”. Era, más que una burla, una señal de impotencia frente al descrédito de los políticos.

Un gato, precisamente, necesitaba el primer ministro británico, David Cameron. No para ser sucedido, en su caso. En la Cámara de los Comunes bien pudo haber descripto Cameron su espanto y perplejidad por haber visto delante de la puerta de su casa, el 10 de Downing Street, a una enorme rata negra, “…animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija […] alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida…”. En vez de apelar al despecho de Paquita la del Barrio, sacerdotisa mexicana del rencor contra los hombres hecho bolero, y quizá para evitar malentendidos con su mujer, Samantha, Cameron decidió contratar a un jefe ratonero.

El implacable Larry fue el último de una profusa lista de intrépidos gatos cazadores británicos. En 1989, Margaret Thatcher encomendó a Humphrey esa delicada misión: aniquilar a todo roedor que osara merodear en los alrededores de la emblemática residencia oficial de Londres, excepto a su ocasional inquilina. Fue tan eficaz y discreto que continuó en funciones con el siguiente primer ministro, John Major, hasta 1997. No por ser laborista sino por Cherie, su mujer, Tony Blair se vio obligado a deshacerse de él antes de quedarse sin cenar o cosas peores. Le concedió una jubilación generosa con la cual vivió con dignidad en la casa de uno de sus colaboradores hasta su muerte, en 2006.

Humphrey era el sucesor de Wilberforce, brazo derecho del primer ministro laborista Edward Heath en la década del setenta y de los siguientes. En 1986, Thatcher autorizó su retiro, pero antes, en un viaje a Moscú, se detuvo a comprarle una apetitosa lata de sardinas. Ese premio, acaso más importante que un título nobiliario, confirmó la importancia estratégica de la orgullosa saga, nutrida, entre otros, por “El Ratonero de Munich”, famoso por su tolerancia cero con los roedores durante los gobiernos de Neville Chamberlain y Winston Churchill.

Larry, como Mayor Stubbs, provenía de una casa protectora de animales. No alcanzó a conocer a Sybil, colaboradora de Alistair Darling, ministro de Hacienda entre 2007 y 2010. Sybil vivía en el 11 de Downing Street, pero, como no se adaptó al trajín de Londres, regresó al campo de su patrón en Escocia. Freya, la gata del sucesor de Darling, George Osborne, tuvo un altercado con Larry, que, a su vez, permitía que los roedores pasearan frente a sus narices. Finalmente, Cameron decidió echarlo por holgazán o, acaso, por dejarse sobornar por las ratas y los ratones. Sospecha habitual en otra especie (humanos, todos ellos) de la que no se salvaría ni mi gata, Jueves, que se llama así por estar siempre en el medio, como el día de la semana, y, supongo, sería capaz de cualquier cosa por una mordida (de atún).

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