Cuentos chinos




Contra el abuso

Que una compañía sea de ese origen no significa que sus ejecutivos respeten la teoría marxista de la plusvalía ni el ideario de Mao, sobre todo fuera de sus fronteras

Cuando los guerrilleros maoístas de Sendero Luminoso supieron que una compañía china iba a explotar una mina de hierro en San Juan de Marcona, Perú, creyeron que tocaban el cielo con las manos. No era para menos: gente del venerado país de Mao, envuelta en la aureola de la Revolución Cultural instaurada en 1949, iba a darle una lección de comunismo puro y duro al vil capitalismo de Occidente. Los ejecutivos de la Corporación Shougang fueron recibidos con honores. Pronto supieron los trabajadores de la mina, fundada en los años cincuenta por capitales norteamericanos, que aquello era una ilusión. Y se rebelaron contra sus jefes, supuestamente maoístas. Supuestamente, digo bien.

Las protestas comenzaron en la década del noventa, cuando nacía Sendero Luminoso. Aún continúan. Son por los magros salarios, la contaminación ambiental, el trato poco amable a la población y las trabas de la compañía para la distribución de gas domiciliario e industrial, entre otros motivos. No se trata de una cuestión política, sino de las expectativas que pudieron haber sembrado las inversiones de la República Popular tanto en Perú como en otros países de América latina. Los sindicatos están habituados a lidiar con norteamericanos y europeos que, en principio, privilegian el lucro en desmedro de la mejora de las condiciones de vida del proletariado.

Por diferencias ideológicas, paradójicamente, las autoridades chinas clausuraron en estos días un sitio de internet de sesgo maoísta que difundía proclamas marxistas y leninistas, The East is Red (El Oriente es Rojo). De China, cuya población no goza de amplias libertades individuales, hablan mejor los no comunistas que los comunistas. En abril, los líderes europeos rindieron tributo al recorrido imperial por el continente del presidente Xi Jinping como si fuera el único capaz de reactivar las exportaciones. En su país, bendecido por un crecimiento excepcional a un costo humano lamentable, el Partido Comunista supervisa las reformas al cobijo del respeto al patriotismo, la preservación de las tradiciones y, cómo no, la dinámica del capitalismo. En ese experimento político, el mayor del siglo, ¿qué lugar ocupan los delirios de Sendero Luminoso o de cualquier otra banda terrorista? Ninguno.

En el antiguo distrito Jing’An, de Shanghai, conocí a los Shi en 2008. Era un matrimonio jubilado desde 1997. La única hija de ambos, Li, estudió diseño gráfico y formó familia en Washington, donde vivía con su marido: tenía dos hijos, algo inusual y prácticamente vedado en su superpoblado país de origen. “Quería ver cómo era el mundo”, me dijo la señora Xu Hong Jing, su madre. El marido, Shi Mei Huang, contador público retirado, estaba orgulloso de sus nietos, Amanda y Nezen, por más que él y su mujer no pudieran verlos a menudo. Viajaban una vez por año a los Estados Unidos.

En el departamento de los Shi, primer piso por escalera, el retrato de Li coronaba el salón. Era bella. Sonreía como su madre, con ojos vivaces y hoyuelos en las mejillas. Debajo del ventilador de techo había de todo: un televisor, un equipo de música, una heladera, un horno microondas, un modular, una mesa, un sillón de dos cuerpos y una computadora. Con ella, vía messenger, madre e hija se comunicaban a diario. De las paredes, percudidas por la humedad, brotaban cables de electricidad y tubos de gas. El piso, de listones de madera, revelaba la antigüedad del edificio, construido en 1917. Era un departamento pequeño, como la mayoría de las viviendas en China.

Hasta la revolución de 1949, sus propietarios eran los empleados del Banco de China, como el padre del señor Shi. Después, aquellos que quisieron permanecer en sus casas se vieron obligados a pagarle al Estado un alquiler de 15 dólares por mes. Los Shi cobraban 700 de jubilación, así que, según la señora Xu, prefirieron “hacer un esfuerzo” y no mudarse a otro distrito de Shanghai. Ese estilo de vida, casi calcado de la clase media occidental, es el reflejo de aquello que pretende transmitir el gobierno chino a 36 años del período de reforma y apertura, iniciado por Deng Xiaoping en 1978.

En esta etapa, la igualdad dejó de ser una prioridad y abrió paso al crecimiento económico y la riqueza material sin tanta injerencia estatal. El ambicioso plan de crear un “sistema de economía de mercado perfecto”, coordinado por miembros del Partido Comunista con cargos ejecutivos en el Comité de Desarrollo y Reforma, responde a la necesidad de profundizar el paso de la cerrazón a la apertura. ¿Comunista yo? En 2005 había sólo dos ciudadanos chinos con fortunas de más de mil millones de dólares. En 2013, según la revista Forbes, eran 168. Ninguno alza el puño ni canta La Internacional ni reparte su riqueza. Tampoco sabe si Sendero Luminoso es un movimiento guerrillero, una secta religiosa o, en el mejor de los casos, una banda de rock.



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