Cien años de soledad




El Interin de Jorge Elías
Photo credit: Fouquier ॐ / Foter / CC BY-NC

¿Cómo repercutiría dentro de un tiempo la tendencia de una región marcada por líderes enfrentados e intereses encontrados?

Era el 28 de julio de 2014, cumplía 60 años de edad y, frente a una multitud de boinas rojas en la Plaza Caracas, Hugo Chávez presenciaba una procesión fúnebre. Sonriente, con la piel tirante por la cirugía estética que había recibido como regalo de cumpleaños, sentía una íntima alegría mientras contemplaba el paso gracioso del sepulturero y, con fingido respeto, se apiadaba del llanto de las viudas al son de La Marcha Bolivariana. La interpretaba, en el fastuoso escenario protegido con vidrios blindados y coronado con una torre petrolera en cuya cúspide flameaban las banderas de Venezuela y de la Unión Latinoamericana (UL), el grupo folklórico Los Cañoneros.

El cortejo trasladaba en forma simbólica los restos de los partidos tradicionales de Venezuela: la Acción Democrática (AD), socialdemócrata, y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei), socialcristiano. Habían sido liquidados hacía 15 años y tres días, el 25 de julio de 1999, en la elección de la Asamblea Constituyente que reformó “esta moribunda Constitución” sobre la cual había jurado Chávez. Estaban heridos desde las presidenciales del 6 de diciembre del año anterior, pero, por la imperiosa necesidad de preservarlos con vida, no habían desaparecido. Aún no habían desaparecido. En otros ataúdes iban los restos de Fedecámaras y de algunos sindicatos, vanos sus intentos de tumbarlo en el golpe cívico-militar de 2002.

En poco más de siete meses, los adecos, los copeyanos y los otros opositores terminaron siendo víctimas de ese militar de prontuario golpista, delirios bolivarianos, discurso antiliberal y sesgo populista al estilo del primer Perón que, tras cuatro décadas de desgobierno y corrupción, iba a pintar la acuarela de una revolución en donde, en realidad, no hubo una revolución, sino un cambio radical del paradigma político.

En poco menos de siete años, el ex presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, golpeado al final de su primer turno por su entonces par de Bolivia, Evo Morales, también terminó siendo víctima de ese outsider (ajeno a la política) de tez cobriza, vozarrón estridente, lengua filosa y léxico necrófilo que, con el Che Guevara a mano, Fidel Castro a disposición y los Estados Unidos al acecho, invirtió sus petrodólares en despojarlo del liderazgo de la izquierda, primero, y de la región, después.

En una década y media, Chávez remozó el patrón del poder en América latina: un presidente fuerte, elegido por la vía democrática, con un parlamento afín, una justicia obediente y compañías estatales a sus órdenes; los cuatro poderes en uno, de modo de gobernar sin altibajos y, cuando el calendario apremiaba, modificar en beneficio propio la letra constitucional, como él en Venezuela o como Álvaro Uribe, más allá de haber sido su reverso, en Colombia.

El ejemplo cundió. En un momento, sin embargo, el barril de petróleo superó los 150 dólares. Traspuso la línea roja, tan roja como las boinas que halagaban a Chávez. El presidente de los Estados Unidos, Arnold Schwarzenegger, sucesor de Hillary Rodham (tan desencantada con Bill Clinton que se quitó el apellido) y de George W. Bush (tan desencantado con Condoleezza Rice que suspendió el arroz), ordenó el desplazamiento de sus tropas de Irán a Siria en defensa de Israel. No había podido deponer a Mahmoud Ahmadineyad, reelegido en dos ocasiones.

Osama ben Laden, nunca capturado, tenía su estatua en la plaza Al-Ferdaous, en el centro de Bagdad, en donde había quedado el pedestal de aquella de Saddam Hussein con el brazo en alto, demolida entre lágrimas y flores tras la invasión de 2003. El acto, transmitido por CNN antes de que Telesur monopolizara las pantallas latinoamericanas, era el final de la guerra que no concluyó. El país quedó dividido, como Yugoslavia después de la guerra de Kosovo; en su caso, por murallas que separaban a chiitas, sunnitas y kurdos.

Chávez, familiarizado con asuntos externos, no siempre reparaba en que Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá no llegaron a componer la Gran Colombia que soñó Bolívar. Aprovechó la distracción, empero, y pactó un alto el fuego permanente con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), como el gobierno de España con ETA. Lo firmaron en Caracas. Objetó su validez el presidente de Colombia, Antanas Mockus, famoso, cuando era alcalde de Bogotá, por celebrar su boda en un circo, cantar rap, disfrazarse de superhéroe y bajarse los pantalones en público.

Le dolió a Chávez no haber sido reconocido por su gestión de paz. Después de sobrevivir a cuatro presidentes norteamericanos, nada en comparación con Castro, su mentor, trasladó a la política la cruz que cargaba en el amor. La cruz que confesó alguna vez: “Yo destruyó todo lo que toco”.

Seamos justos: no destruyó la Comunidad Andina de Naciones (CAN), ni el Mercosur, ni el Grupo de los Tres (Colombia, México y Venezuela), pero tampoco evitó que rodaran por el precipicio mientras capitalizaba los réditos políticos de los acuerdos comerciales de algunos de sus socios con Washington, traducidos en traiciones, y los desacuerdos entre presidentes vecinos por conflictos bilaterales, como aquel entre la Argentina y Uruguay por la instalación de las dos primeras plantas de celulosa (materia prima del papel) sobre la orilla oriental del río Uruguay.

En esos tiempos de sobresaltos, con un proyecto de integración que floreció y sucumbió por inercia propia e injerencia ajena, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la estrategia neoconservadora, o neocom, iniciada por Clinton, acentuada por Bush, continuada por Hillary y revitalizada por Schwarzenegger, pretendía asegurarles a los Estados Unidos el dominio del patio trasero. La estrategia tenía cuatro patas: la seguridad (garantizada por el Plan Colombia, repelente de la guerrilla y del narcotráfico), las inversiones (apuntaladas con las reformas de los ochenta y los noventa), el comercio (fomentado por los acuerdos bilaterales que estropearon las alianzas regionales) y la estabilidad (sostenida, en principio, por la democracia como único sistema posible tras la sangría provocada por las dictaduras militares).

La región, cual prolongación de México, prometía ser el reservorio de petróleo y de gas de los Estados Unidos una vez que se agotaran esos recursos en otras latitudes, más allá de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y de su brazo político, la UL. Confiaban los neocom, con paciencia más cercana a Oriente que a Occidente, que la retórica populista exaltada por Chávez e imitada por Morales iba a decaer. O, al menos, iba a pasar de moda.

En las sucesiones presidenciales, defraudados los nuevos por los viejos, estaba la clave, pero Schwarzenegger y sus predecesores no previeron la silenciosa cuña de China, con su respaldo a Brasil como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y sus compras de productos primarios a ese país, la Argentina y otros. Ni previeron la presencia de la UE después del puente que tendió España, más allá de la tensión que provocó Morales con la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos y con la decisión de favorecer las operaciones en su territorio de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), madre de Petrosur.

Fiel a su esquema, Chávez siempre necesitó enemigos. Los Estados Unidos, dependientes de su petróleo a falta de reservas y de sustitutos, no dejaron de ser su blanco predilecto desde el gobierno de Bush. Los Estados Unidos, hacia fuera, y el establishment venezolano, hacia dentro.

Después del cortejo fúnebre, en un discurso de apenas siete horas de duración, Chávez se ufanó de haber convertido a Caracas en la meca de la izquierda, apagada desde hacía tiempo la estrella de Lula. Y se ufanó, con los brazos en alto como el último Perón, de haber sentado las bases del socialismo del siglo XXI. Se ufanó, en el fondo, de cien años de soledad, pretéritos y futuros, saldo dudoso de la revolución que nunca fue y de la guerra que no concluyó.

Photo credit: Fouquier ॐ / Foter / CC BY-NC



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